¿Dónde está Gabi?

Desnudándose desde la primera página, Gabi Martínez consigue confundirse (y confundir) al lector, que se queda sin escapatoria en este juego de realidad ficcionalizada.

Voy es la última propuesta de un autor que explora aquí los límites de la novela como hizo antes con los libros tradicionales de viajes. Aquí, mediante las pesquisas de un periodista chileno que busca al Gabi Martínez personaje (que se perdió en Nueva Zelanda buscando un pájaro que nadie puede asegurar que haya visto), el Martínez literato pone buena parte de su basura personal –la de verdad– sobre la mesa. Y va trazando el perfil de un periodista, con lo que crea una especie de personaje en busca de autor al que le hace entrevistar a personas que convivieron con él, para así poner en boca de otros sus propias neuras y feroces autocríticas.

En este juego de cajas chinas –con el que ya han experimentado autores como Auster o Coetzee (al que en esta novela no se deja de aludir, como si quisiera Martínez dejar claro su voluntad de jugar a plagiar también) – las conversaciones del periodista con Elsa, Tina, Ella (todas ellas exparejas sentimentales del Martínez personaje), con Wang (el intérprete que el acompañó en unos de sus viajes por China), con Jose, Harry y otros personas que compartieron andanzas por lejanas tierras africanas o parajes más cercanos de Andalucía. Todas estas charlas van mostrando a un Gabi mezquino a veces, egoísta en muchas más ocasiones, tacaño, tierno al evocar a sus hijo, desconfiado cuando viaja sin rumbo fijo, obsesivo en sus búsquedas, amable cuando quiere y con un punto de rencor hacia los que en la vida han partido en una posición ventajosa respecto de sus orígenes humildes de un hijo de pintor nacido en L’Hospitalet de Llobregat.

Desnudándose así, decía al principio, tiene al lector ganado, y va alimentando el morbo con indiscreciones íntimas, alcahueteríos nocturnos, de modo que uno no puede cerrar el libro así como así, necesitado como está el lector de saber hasta dónde es capaz de llegar en su egoísmo, de averiguar si su desaparición en los antípodas la provocó un absurdo accidente en pos de un pajarraco mítico o fue una huida de sus responsabilidades la que lo llevó hasta un escondite en la otra punta del mundo.

Todas las entrevistas del periodista erigido en narrador involuntario son en formato pregunta-respuesta (con las acotaciones habituales del género para informar de gestos, risas, caras de extrañeza y otros tópicos descriptivos). Sólo una vez, en lo que parece una victoria del autor de libros de viajes sobre el artificio narrativo, el texto discurre a modo de crónica viajera, cuando Tina explica cómo conoció a Gabi en una escapada en moto por el País Vasco en la que él iba de paquete.

Muy pocas veces en esta peculiar mezcla de novela en busca de autor y libro de viajes encubierto rechinan los diálogos que establece el periodista con sus entrevistados. La naturalidad con la que discurre el intercambio de pareceres, hasta que el propio periodista acaba desnudando el motivo de la búsqueda de Gabi, está lograda. También aporta verosimilitud al relato la aparición de una semi-celebrity (Agustín Villaronga), mencionado por una de als entrevistadas a propósito de un viaje que compartieron desde las fuentes del Nilo hasta el delta, con peligros incluidos durante la travesía.

El juego metaficcional se sostiene con solvencia y sólo algunas opiniones menores (alusiones a la crisis, al boom inmobiliario, a los gobiernos de la derecha…) pueden provocar que el libro no envejezca tan bien como merece.

En el trasfondo, porque hay pequeños detalles que proporcionan mucha información al lector avisado, se entrevén además la crisis del periodismo tradicional, la precariedad de sus trabajadores, la incertidumbre que se abate sobre los autores literarios en este mundo en febril cambio.

Todo un artefacto literario, de los que juegan a romper las costuras que intentan encerrar en un género lo que no es más que buena literatura, que se lee a una velocidad de vértigo y deja un regusto amargo. El lector llega a empatizar tanto con ese Gabi desaparecido que daría algo por saber dónde puede haberse escondido. Y por qué.

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Mansa chatarra, los sueños de Ferrer Lerín

En uno de sus peculiares libros, Enrique Vila-Matas rastreó las biografías de escritores que un día habían hecho mutis. El “preferiría no hacerlo” del personaje de Melville fue el “leit motiv” de una espléndida colección de relatos que dio en llamar Bartleby y compañía (Anagrama). Allí descubrí a un personaje curioso que por azares más o menos perseguidos se fue de Barcelona para recalar en la localidad de Jaca, en el Pirineo aragonés, estudiando a las aves necrófagas al tiempo que silenciaba una voz poética que había cosechado admiradores y hasta había sido considerada como una de las “novísimas” de Castellet.
Este casi desconocido “bartleby” pareció salir de ese ensimismamiento al tiempo que Vila-Matas daba detalles de su singladura. Hasta tal punto que en la última década ha publicado una amplia y variada cantidad de textos, con sellos bien distintos (algunos tan conocidos como Galaxia-Gutemberg o Tusquets); ha cosechado elogios de la crítica, ha provocado sorpresas en no pocos lectores y hasta ha sido galardonado con alguno de los muchos premios que pueblan la esfera literaria de este país.
Su reaparición se ha visto refrendada con un blog muy particular, donde combina textos de desigual intensidad con imágenes curiosas y/o familiares y comentarios de todo tipo, muchas veces con una potente carga onírica y una voz muy personal. Precisamente son los sueños, y sus derivados, lo que ha recogido ahora en un libro singular, por muchas razones. Se llama Mansa chatarra, como uno de los breves textos de esta recopilación que ha hecho el profesor José L. Falcó. Lleva unas semanas en las librerías, ha sido reseñado con bastante buena acogida en algunos suplementos literarios y, como va anunciando Ferrer Lerín en su blog, está girando por tierras aragonesas a la espera de torear en plazas más grandes.
El libro como objeto es delicioso, en una muestra más del buen hacer de sus editores (Jekyll and Jill). Una tipografía sobria y elegante, en una edición a la antigua con sobrecubierta y papel ahuesado, que se completa con un detalle (como casi siempre en las obras de este pequeño pero exigente sello) que seguro agradará a los lectores. Corran a comprarlo para descubrirlo.
Los textos de Ferrer Lerín que componen Mansa chatarra tienen variada procedencia, como señala en el prólogo el profesor Falcó, y el conjunto de la obra quizá se resienta de ello. Ello no es óbice para que muchos de ellos brillen y evoquen a Borges, al que Ferrer Lerín ha dicho admirar. Son textos breves, rara vez alcanzan las cuatro páginas, cargados de un lirismo que no suena ampuloso ni estridente. Atesoran imágenes de gran belleza. La fantasía rica en detalles y giros sorprendentes lleva al lector a volver al inicio y a dejarse llevar por esa imaginación desbordada. Los lectores del Bestiario que publicó Galaxia Gutemberg en un bello libro enseguida reconocerán algunos de los seres que entonces y ahora sorprendían con su monstruosa apariencia. Los que frecuenten su blog también recordarán algunos de sus apuntes casi surrealistas.
En un conjunto de aspecto tan atractivo, en el fondo y en la forma, le sorprende a uno la coz que Ferrer Lerín le suelta a la lengua que en algún momento de su vida barcelonesa le debió de acompañar. De una manera ciertamente enrevesada se refiere (y cito de memoria) a “una lengua destinada al vulgo que ahora algunos se empeñan en elevar a un rango superior”. ¿Forma parte de alguna pesadilla este ataque? ¿Es posible que textos de tan serena belleza puedan quedar empañados por un comentario que resulta extemporáneo?

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Linea clara para una guerra sucia

Es una buena noticia que Salamandra extienda su olfato y buen hacer al campo del cómic. Acaba de inaugurar “Salamandra Graphic” con una cuidada edición (marca de la casa), austera pero eficaz, cuidadosa con los detalles tipográficos y hasta con el papel utilizado.

Sento, un autor de amplio recorrido que incluye paradas en El Víbora, Cairo y El Jueves, recurre a la historia familiar para elaborar Un médico novato, o lo que es lo mismo, el paso fugaz por la medicina de un estudiante recién salido de la facultad que en el verano de 1936 Cae en un pueblo de La Rioja (Rincón de Soto) poco antes del estallido de la Guerra Civil. Sus ideas avanzadas –como se decía entonces– le llevan directo a la cárcel, donde asiste desconcertado a las sacas, a la indignidad de los nuevos dueños del poder y, en definitiva, despierta a la vida acechado por la sombra perenne y arbitraria de la muerte sin sentido.

un medico novato_interiorEn glorioso B/N con sutiles apoyos bitono, Sento narra la historia de un familiar de su mujer y alimenta la cosecha de obras recientes como las memorias ilustradas que Miguel Gallardo dedicó a su padre en Un largo silencio (2012) o el libro El arte de volar (2009), en el que el guionista Altarriba explica la historia del suyo mediante los dibujos de Kim. Sin grandes alardes en la planificación pero sí variando la puesta en página al servicio de la narración o generando el dinamismo que la sucesión monótona de días en la cárcel pretende evitar, la línea clara de Sento va arrojando luz sobre las tinieblas de aquel negro verano del 36.

El gusto por los detalles, el trazo fino, los personajes cercanos trazados con el cariño que debe de inspirar el roce familiar configuran esta historia con final feliz (porque así fue en la realidad en este caso concreto). A modo de remate, un breve apéndice final reproduce correspondencia y fotografías de las personas reales que inspiraron la narración.

Pablo Uriel, como se llamaba el médico protagonista, es homenajeado por su descendiente político, inmerso en una saga de médicos que queda patente en los agradecimientos finales.

un medico novato

Un médico novato

Salamandra Graphic, 2014

Muchos de los elogios y comentarios anteriores se pueden aplicar a otro cómic que lleva ya un par de ediciones, con escasos meses en las librerías, y que firma el ya célebre Paco Roca tras el éxito que cosecharon sus “arrugas”, en el papel y en las pantallas. Los surcos del azar homenajea desde el título a los perdedores de la guerra, con esa alusión a los versos de Antonio Machado “¿Para qué llamar caminos / a los surcos del azar?”. Publicado por Astiberri en un grueso volumen de más de 300 páginas, Paco Roca despliega una ambiciosa historia que avanza en paralelo con dos subtramas: la investigación del autor sobre un “héroe” de la Resistencia que desparece de un día para otro pocas horas después de liberar París, tras haber perdido la guerra en España, haber sobrevivido a los batallones de trabajo en África y haber logrado echar a los nazis de la Francia ocupada, y la propia historia de este anciano, instalado en Francia desde el fin de la II Guerra Mundial, donde montó un taller de coches y se dedicó a cultivar la memoria de Estrella, su compañera de los años de la Resistencia.

Las dos historias avanzan en paralelo, enfatizado el cambio temporal narrativo por detalles que no se hacen estridentes (B/N y trazo fino, sin marcos para la historia presente: la visita de Paco Roca al antiguo guerrillero; y color, con otro trazo un pelín más grueso y viñetas enmarcadas para el flash back).

La calidad del guión se complementa con el arte gráfico, hasta conformar una historia rotunda, que reivindica a los luchadores que prefirieron pasar desapercibidos cuando vieron que sus expectativas de un mundo más justo morían en los despachos de las cancillerías internacionales y arramblaban con los esfuerzos e ideales de varias generaciones de combatientes.

En la contracubierta del libro, un breve texto de Javier Pérez Andújar agradece a Paco Roca “por devolverme al país al que pertenezco”. Todos los premios que ha recibido ya (y han sido unos cuantos) quedan en poco ante el halago de Pérez Andújar.

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Los surcos del azar

Astiberri, 2013

Obabakoak, una relectura

La rentrée literaria de 2004 alimentó las habladurías de las camarillas que todavía rigen (aunque en franco retroceso) la actividad libresca en este país. El crítico de Babelia Ignacio Echevarría publicó una incendiaria reseña de la novela El hijo del acordeonista, en la que aprovechó para ajustar cuentas casi personales con el autor. En “Una elegía pastoral”, que es como tituló Echevarría su diatriba, se deslizaban descalificaciones (“beatitud, maniqueísmo, inopia, bobería, sentimentalidad jurásica”…) que venían enfatizadas por la cubierta del propio suplemento literario de El País, en donde se apreciaba la bonhomía pública de Atxaga enmarcada por una ventana rodeada de plantas, en lo parecía un caserío de su tierra natal. El conjunto se antojaba una enorme burla, aunque nadie lo hubiera previsto así.

Si el asunto adquirió tintes casi surrealistas algo tuvo que ver el despliegue mediático que en las semanas siguientes hizo El País, que encargó a diferentes autores de renombre que glosaran las virtudes de la novela de Atxaga para tratar de frenar la cascada de críticas negativas que siguieron a la de Echevarría. Y es que en la rechifla general que provocó “el affaire Echevarría” mucho tuvo que ver que la novela del escritor vasco era una de las apuestas del año de Alfaguara, poderoso sello entonces del no menos robusto Grupo Prisa (de eso hace diez años), editor a su vez del también por aquella época potente diario independiente de la mañana.

A resultas de tan curioso episodio, Echevarría nunca más escribió una reseña en Babelia, con el tiempo acabó en la competencia (El cultural, de El Mundo), y quedó en evidencia el trapicheo de críticas no tan críticas en los medios que tenían intereses en las novelas que reseñaban, aunque en este caso fuera una excepción.

Me he acordado de este curioso incidente, que generó una catarata de cartas al director, desmentidos del defensor del lector, intercambios de puyas entre escritores y críticos y muchas sonrisas maliciosas al releer otra novela de Atxaga: Obabakoak, la que dio a conocer al mundo ese territorio mítico de Obaba donde precisamente también se desarrollaba en parte la novela vituperaba por Echevarría.

Obabakoak apareció en la década de 1980 y rápidamente fue un éxito de crítica y público, en su aparición en euskera y en su rápida traducción al castellano y luego a una gran cantidad de lenguas. Convirtió a Bernardo Atxaga en un renovador de la literatura vasca y rápidamente desde la capital del centro lo erigieron en uno de los autores periféricos, acompañado de Quim Monzó para la lengua catalana y Manuel Rivas para la gallega. Monzó, sobre todo, ha hecho coña de esta condición de “periférico” que le endilgan los que catalogan desde el supuesto centro.

obabakoak

Leí Obabakoak, si hago caso de la fecha de la página de los créditos, a principios del nuevo milenio. Me gustó descubrir ese territorio mítico, me sedujo esa sucesión de relatos aparentemente independientes que luego enlazaban casi todos en una especie de obra mayor. Hubo finales en algunos de estos textos que me sorprendieron por su originalidad y hubo planteamientos en ellos (el chaval que aprende alemán enviando cartas a una novia idealizada de Hamburgo, por ejemplo; o el miedo a que un lagarto se pueda introducir por la oreja y volver tonta a su víctima a base de devorarle el cerebro) que me obligaron a devorar páginas y páginas en pos de una resolución.

Al releer ahora Obabakoak (una novela que he recomendado varias veces), me he acordado en parte de la crítica de Echevarría. No porque crea que Atxaga es un autor bobalicón o un sentimentalista jurásico, pero sí que creo que es una novela que no está envejeciendo bien, o que no soporta segundas lecturas así como así. Ha habido textos que, una vez superada el recuerdo de la sorpresa de un desenlace original, rechinan en su desarrollo. De igual manera, el artificio de colocar varios cuentos atendiendo a que serán los que se leerán en una velada literaria se antoja poco elaborado.

El epílogo del propio Atxaga (al menos en la 12ª edición de bolsillo que publicó “Punto de lectura”) puede aclarar un poco este carácter arcádico que supuran algunos de los relatos. Viene a decir que poco a poco está desarrollando una carrera literaria en una lengua que tenía escasa tradición (el euskera) y compara ese lento caminar con una partida del juego de la oca, donde hay casillas temibles que te pueden llevar a la cárcel, a retroceder varios puestos o incluso a volver al punto de partida. Atxaga venía de publicar en 1984 Bi anai, la mejor de las que le he leído (que han sido casi todas) y con Obabakoak logró el favor del público.

Es una buena puerta de acceso al mundo de Obaba, a su mundo. Quizá al lugar donde fuiste feliz no siempre haya necesidad de volver.