Obabakoak, una relectura

La rentrée literaria de 2004 alimentó las habladurías de las camarillas que todavía rigen (aunque en franco retroceso) la actividad libresca en este país. El crítico de Babelia Ignacio Echevarría publicó una incendiaria reseña de la novela El hijo del acordeonista, en la que aprovechó para ajustar cuentas casi personales con el autor. En “Una elegía pastoral”, que es como tituló Echevarría su diatriba, se deslizaban descalificaciones (“beatitud, maniqueísmo, inopia, bobería, sentimentalidad jurásica”…) que venían enfatizadas por la cubierta del propio suplemento literario de El País, en donde se apreciaba la bonhomía pública de Atxaga enmarcada por una ventana rodeada de plantas, en lo parecía un caserío de su tierra natal. El conjunto se antojaba una enorme burla, aunque nadie lo hubiera previsto así.

Si el asunto adquirió tintes casi surrealistas algo tuvo que ver el despliegue mediático que en las semanas siguientes hizo El País, que encargó a diferentes autores de renombre que glosaran las virtudes de la novela de Atxaga para tratar de frenar la cascada de críticas negativas que siguieron a la de Echevarría. Y es que en la rechifla general que provocó “el affaire Echevarría” mucho tuvo que ver que la novela del escritor vasco era una de las apuestas del año de Alfaguara, poderoso sello entonces del no menos robusto Grupo Prisa (de eso hace diez años), editor a su vez del también por aquella época potente diario independiente de la mañana.

A resultas de tan curioso episodio, Echevarría nunca más escribió una reseña en Babelia, con el tiempo acabó en la competencia (El cultural, de El Mundo), y quedó en evidencia el trapicheo de críticas no tan críticas en los medios que tenían intereses en las novelas que reseñaban, aunque en este caso fuera una excepción.

Me he acordado de este curioso incidente, que generó una catarata de cartas al director, desmentidos del defensor del lector, intercambios de puyas entre escritores y críticos y muchas sonrisas maliciosas al releer otra novela de Atxaga: Obabakoak, la que dio a conocer al mundo ese territorio mítico de Obaba donde precisamente también se desarrollaba en parte la novela vituperaba por Echevarría.

Obabakoak apareció en la década de 1980 y rápidamente fue un éxito de crítica y público, en su aparición en euskera y en su rápida traducción al castellano y luego a una gran cantidad de lenguas. Convirtió a Bernardo Atxaga en un renovador de la literatura vasca y rápidamente desde la capital del centro lo erigieron en uno de los autores periféricos, acompañado de Quim Monzó para la lengua catalana y Manuel Rivas para la gallega. Monzó, sobre todo, ha hecho coña de esta condición de “periférico” que le endilgan los que catalogan desde el supuesto centro.

obabakoak

Leí Obabakoak, si hago caso de la fecha de la página de los créditos, a principios del nuevo milenio. Me gustó descubrir ese territorio mítico, me sedujo esa sucesión de relatos aparentemente independientes que luego enlazaban casi todos en una especie de obra mayor. Hubo finales en algunos de estos textos que me sorprendieron por su originalidad y hubo planteamientos en ellos (el chaval que aprende alemán enviando cartas a una novia idealizada de Hamburgo, por ejemplo; o el miedo a que un lagarto se pueda introducir por la oreja y volver tonta a su víctima a base de devorarle el cerebro) que me obligaron a devorar páginas y páginas en pos de una resolución.

Al releer ahora Obabakoak (una novela que he recomendado varias veces), me he acordado en parte de la crítica de Echevarría. No porque crea que Atxaga es un autor bobalicón o un sentimentalista jurásico, pero sí que creo que es una novela que no está envejeciendo bien, o que no soporta segundas lecturas así como así. Ha habido textos que, una vez superada el recuerdo de la sorpresa de un desenlace original, rechinan en su desarrollo. De igual manera, el artificio de colocar varios cuentos atendiendo a que serán los que se leerán en una velada literaria se antoja poco elaborado.

El epílogo del propio Atxaga (al menos en la 12ª edición de bolsillo que publicó “Punto de lectura”) puede aclarar un poco este carácter arcádico que supuran algunos de los relatos. Viene a decir que poco a poco está desarrollando una carrera literaria en una lengua que tenía escasa tradición (el euskera) y compara ese lento caminar con una partida del juego de la oca, donde hay casillas temibles que te pueden llevar a la cárcel, a retroceder varios puestos o incluso a volver al punto de partida. Atxaga venía de publicar en 1984 Bi anai, la mejor de las que le he leído (que han sido casi todas) y con Obabakoak logró el favor del público.

Es una buena puerta de acceso al mundo de Obaba, a su mundo. Quizá al lugar donde fuiste feliz no siempre haya necesidad de volver.

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