El relato de una investigación frustrante

“Hemos encontrado cosas tremendas que no esperaba encontrar y no hemos encontrado otras que sí esperaba encontrar”. Una veintena de palabras donde se repite cuatro veces el verbo “encontrar” en las que se reconoce el frustrado intento de demostrar la hipótesis inicial. Aparece en el epílogo de un libro de 450 páginas, enriquecidas por otras 50 de notas y bibliografía. Se titula El marqués y la esvástica (Anagrama) y lo firman Rosa Sala-Rose y Plàcid García-Planas.

El propósito inicial del libro, haciéndose eco de una denuncia que dejaba caer Eduard Pons Prades en su libro Los senderos de la libertad, es demostrar que el escritor César González Ruano estuvo implicado en el asesinato en Andorra de judíos cuando huían de la persecución nazi. La minuciosa investigación que ambos autores ponen en marcha, y que se narra en paralelo a las vicisitudes de la vida de González Ruano, les proporciona hallazgos insospechados, que verifican la catadura moral del biografiado y le despojan de una máscara de escritor brillante aunque de ética dudosa, que obliga a los lectores a cuestionar si esa supuesta brillantez no es más que pirotecnia que deslumbra al tiempo que impide poner el foco en los detalles de lo narrado.

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Las dos historias que discurren en paralelo permiten vislumbrar detalles que no se hacen explícitos: arranca la investigación en una cena en el Palace de Madrid donde se entrega el premio de periodismo que precisamente lleva el nombre de González Ruano y se describen los oropeles de un galardón cuyos premiados desconocen quién es el que da nombre. Normal en un país como el nuestro tan lleno de desmemoria. Las pesquisas de Rosa Sala (ella es la parece llevar el peso en esta obra) se encuentran con archivos militares o civiles que en España no permiten acceder a los historiadores debido a la “cercanía” de los hechos y biografías investigados, a pesar de que han pasado 80 años de esto. Tampoco en Europa las cosas están mucho mejor: los expedientes de la Gestapo no son fácilmente accesibles, muchos de ellos fueron destruidos, y en otros archivos la pista de las oscuras acciones de González Ruano se pierde entre un exceso de burocracia o la escurridiza personalidad del personaje. Cuando el libro se centra en las andanzas del escritor metido a diplomático, el relato es por momentos descorazonador: un tipo que cultiva la amistad del depuesto Alfonso XIII con el fin de ganarse su simpatía y hacerse con un título nobiliario, un sableador sin escrúpulos que se arrima a un magnate para financiar su costoso tren de vida, un crápula que mantiene como puede una pareja (con hijo incluido) al tiempo que se proporciona solaz ahí donde encuentra oportunidad de bajarse los pantalones.

González Ruano aparece como un hombre sin escrúpulos que robó, delató, engañó, burló a amigos y enemigos, acabó con la paciencia de los nazis, encabronó a los fascistas italianos y paseó su cara dura por las capitales europeas antes de recalar en Madrid y Sitges, donde aún es glosado como el inventor de la palabra “chiringuito”. Algunos de sus amigos y admiradores españoles, algunos de ellos declarados “progresistas”, juzgan menores algunos de estos episodios poco aclarados de la biografía de Ruano e incluso prefieren ignorarlos. Y recientemente, así lo recoge el libro en sus últimas líneas, la Fundación Mapfre ha decidido retirar su nombre del premio de periodismo que otorga anualmente.

A medio camino entre la defensa del personaje y la crítica del libro, repartiendo a diestro y siniestro, una reseña de la Revista de Libros (ahora solo en versión online) fue de las pocas visiones negativas que la obra ha tenido entre la crítica especializada. En ella, la propia autora llega a escribir un comentario para zanjar la polémica que el reseñista parece suscitar con sus duras palabras. Y es una pena, porque a pesar del vitriolo que destilan sus palabras el reseñista pone el dedo en la llaga y no le falta razón al afirmar que la investigación acaba reconociendo que no ha podido demostrar lo que insinuaba al principio.

Rosa Sala Rose es una germanista que ha dado ya varias obras de notable importancia y que mantiene un blog igualmente interesante. Plàcid García-Planas es periodista de la sección de Internacional de La Vanguardia y sus crónicas se leen con gusto por el rigor del que hace gala y, cosa cada vez más extraña en los medios impresos, por la calidad narrativa de sus textos. Ambos proporcionan con esta obra un ensayo que en ocasiones es más interesante por el proceso de investigación descrito que por los avatares del sinvergüenza al que siguen los pasos. La decepción que supone comprobar al final que sus esfuerzos han sido, en cierto modo, vanos no empaña lo que el libro tiene de fresco de una época, en la que los arribistas con contactos se hicieron con las riendas de un oficio como el periodismo, hasta el punto de dar su nombre a uno de los premios más destacados.

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