La culpa del superviviente

“Si salgo de esta no se me olvidará jamás el escozor de mi cobardía”. La confesión de Emili, el protagonista de esta obra testimonial, planea en casi todas las páginas de K. L. Reich (Libros del Asteroide, 2014), la novela en la que Joaquim Amat-Piniella recogió, nada más conseguir la libertad, su infierno de casi cinco años en los campos de exterminio nazis. Escribió el libro, “ficcionalizando” las desgracias que él y otros miles de republicanos soportaron después de haber perdido todas las guerras posibles, entre 1945 y 1946 aunque no vio la luz por primera vez hasta 1963.

“Me duele pensar –vuelve a poner en boca de uno de los protagonistas– que si sobrevivimos nos van a considerar como mártires, como héroes. Habremos sido prudentes, nada más”. La misma sensación de culpabilidad que sometió a Primo Levi tras haber salido con vida del infierno, esa desazón que le indujo al suicidio, ese sentimiento de que precisamente los supervivientes no habían sido los mejores, habían flaqueado en algún momento y eso era precisamente lo que les había permitido salvar el pellejo.

arton1258-ab2ed

“El egoísmo es la ley del campo, el veneno de nuestra existencia aquí, pero también es el único antídoto de que disponemos. Alguien tiene que quedar para exigir justicia”. Esta sensación ambivalente es la que les permite resistir su propia cobardía, si es que puede ser considerada tal. Es también el deseo de sobrevivir, una hora más, un día más, un mes más, un año más… para explicarle al mundo qué había pasado en esos campos de la muerte donde la mano de obra parecía infinita, la iniquidad de sus organizadores siempre tenía un capítulo más abyecto por escribir y la maldad humana se enfrentó a sus propios límites. Se cita a Adorno con frecuencia por esa frase que ya parece apócrifa de si sería posible la poesía después de Auschwitz. La lectura de Primo Levi, de Mariano Constante, de Francesc Boix, de Neus Català, de Jorge Semprún, a pesar de los diversos registros en que elaboraron sus libros, ha dejado constancia de aquel horror. Y como dice Ignacio Martínez de Pisón, en el prólogo del libro de Amat-Piniella, es difícil salir indemne de su lectura.

“«¿Qué soy? », se preguntó. «¿Por qué vivo?» Sintió su ánimo desfallecer al pensar que cuatro años de campo de concentración solo le servían para tener la certidumbre de su mediocridad”. La novela está a punto de acabar, con la liberación del campo a cargo de las tropas estadounidenses, que no pueden reprimir su estupor por el espectáculo dantesco que descubren desde la altura de sus tanques, y Emili vuelve a cuestionarse por haber sobrevivido. Ha visto morir por una inyección de gasolina a su mejor amigo en el campo, en un gesto de los responsables médicos del campo para eliminar rápidamente a los que no tenían salvación posible. Ha sufrido su ascenso y caída dentro del organigrama caprichoso del campo, se ha valido de su habilidad con el lápiz para dibujar estampas pornográficas que aliviaban la dureza que sí sufrían otros compañeros, su cuerpo ha superado la dureza del trabajo extenuante que ha acabado en cambio con la vida de más de 5.000 compatriotas suyos, ha vivido durante más de cuatro años con el olor a carne quemada que arrojaban las chimeneas de los hornos (y que le perseguirá durante toda su vida), ha visto a los antiguos jerarcas que se suicidaban junto a sus familiares cuando la derrota alemana en la guerra era más que inevitable, ha descendido a niveles de vileza que desconocía y ha practicado una solidaridad que en ocasiones ha salvado una vida o postergado una muerte, pero que muchas otras veces no ha servido para nada. Todas estas vivencias, al hacer el balance en la hora próxima de la libertad, le dejan la sensación de ser un mediocre. Regusto muy parecido al que dejaba la trilogía de Primo Levi, cuando reconocía sin ambages que fueron los peores los que lograron vivir para contarlo.

Después de una temporada de lectura casi febril de testimonios de los supervivientes de los campos, dejé durante años de asomarme a estos tratados del horror humano. Estas piezas testimoniales herían por la certeza de los pequeños detalles, por la capacidad de los reclusos para buscar la belleza en una partitura en medio de tanto horror, por el deseo de los españoles de llevar a semejante lodazal sus disputas partidistas y seguir afirmándose como anarquistas o comunistas incluso en el momento de luchar como un solo cuerpo contra el salvajismo nazi. Semejantes lecturas sobrecogían y uno no acaba por entender cómo el calificativo “nazi” se aplicaba con tanta frivolidad para definir disputas actuales que parecen peleas de patio de colegio. Leer este K.L. Reich (enigmático título que a pocas páginas del final adquiere significado) me ha vuelto a sacudir. He acompañado a Emili en su particular viaje al infierno, hasta que el campo ha quedado sumido en la oscuridad después de que hayan ardido muchos de sus barracones. “Una oscuridad que separa un pasado de horrores y un futuro de esperanzas”.

 

 

Anuncios

Un comentario en “La culpa del superviviente

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s