Una enorme “intempestiva”

Hubo una época en la que las “Intempestivas sabatinas” de Gregorio Morán en La Vanguardia eran uno de los pocos reclamos que tenía para mí el diario de Godó. Las seguía con unción porque me identificaba con esa mala leche abrumadoramente argumentada que destilaban esos artículos largos, a dos anchas columnas, a los que había que dedicar muchos más minutos de lo habitual en otros opinadores. Muchas veces disentía de sus contundentes textos pero se apreciaba conocimiento de causa y voluntad de cabrear a tirios y troyanos.

Al poco tiempo de morir Eduardo Haro Tecglen le dedicó una “sabatina” que tuvo mucho de intempestiva, adentrándose en terrenos personales que rozaban el chismorreo y aportaban escasos argumentos en ese propósito de desenmascarar al que se había convertido con los años en santo y seña de un republicanismo entonces poco habitual en la prensa española. La sensación que quedaba era que “a moro mueto, lanzón” y que ese debate hubiera sido más interesante y sobre todo más honesto hacerlo con Haro Tecglen vivo.

Desde que en octubre se confirmó que Planeta censuraba el nuevo libro de Gregorio Morán por negarse a retirar unas páginas sobre la RAE (con especial mención para Víctor García de la Concha), el periodista ha sido presencia habitual de los medios (con explicables ausencias, todo sea dicho) y los malpensados pueden deducir que ha logrado una campaña de marketing que bien pocas editoriales se podrían permitir. Del interés suscitado por un volumen de más de 800 páginas se ha beneficiado finalmente Akal, que ha aprovechado la coyuntura para rematar un trabajo de 10 años (Moran dixit) y ha colocado el libro en las listas de los más vendidos de las últimas semanas.

«El cura y los mandarines» es el título de esta obra que va acompañado de dos subtítulos, cada uno en su estilo: «Historia no oficial del Bosque de los Letrados» (carga de profundidad) y «Cultura y política en España (1962-1996)» (mucho más descriptivo). Un nombre tan completo es desde luego elocuente de esta enorme “intempestiva” que Gregorio Morán ha montado merced a una profusa documentación, recuerdos selectivamente recuperados y la mala leche de la que se enorgullecía en una reciente entrevista en la revista Qué leer.

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El cura y los mandarines. Akal, 2014

Utiliza Morán al último Duque de Alba, el antes cura Jesús Aguirre, como hilo conductor. Un personaje que pasó de congregar a una fiel parroquia en sus sermones dominicales a dirigir la editorial Taurus, ser compañero de viaje de cierta oposición de izquierda al franquismo, escritor de prólogos, traductor, marido de Cayetana de Alba, académico de la Lengua y una especie de perejil de casi todas las salsas. Muy meritorio teniendo en cuenta que se encumbró en la capital siendo un hijo de madre soltera procedente de la periferia santanderina. No escatima Morán críticas, sarcasmos y alusiones a la homosexualidad de Aguirre, todo bien adobado con datos objetivos, profusión de citas y muchas notas a pie de página. En torno al cura se articulan los capítulos más sucintos, entreverados con otros más extensos donde se explica en qué ambiente medran los mandarines, a quiénes otorgan o deben favores, cómo ocultan o maquillan su pasado los demócratas sobrevenidos y de qué manera se va formando la charca en la que a todos los niveles chapotea la sociedad española actual.

El libro parece en demasiadas ocasiones un ajuste de cuentas, donse salen escarnecidos el citado Haro Tecglen, Julián Marías, Aranguren, Vidal Beneyto, Bergamín, Alfonso Sastre, Ortega padre e hijo, José Carlos Mainer y muchos otros. Con argumentos más poderosos se quita la máscara a Laín Entralgo, Cela y algún otro impostor oportunista, y no salen bien parados tampoco ni el “intelectual colectivo” (nombre que hizo fortuna para referirse a El País) ni los chanchullos de la RAE, donde reciben prácticamente todos: desde el “textil” Lázaro Carreter al omnipresente García de la Concha. Las famosas 11 o 13 páginas sobre la RAE que provocaron que Planeta se negara a publicar el libro (para no entorpecer el supuestamente enorme negocio que proporcionan los diccionarios académicos a Espasa) no son más acidas que las muchas planas que dedica al diario de Prisa y su intrahistoria o los sublimes garrotazos que se llevan las élites socialistas y su política cultural, basada en el pesebrismo y la compra más o menos descarada de voluntades.

Juan Benet, Josep Maria Castellet, Javier Padrera, Juan García Hortelano, Luis Martín Santos… también reciben estopa, en muchas ocasiones con alusiones a su vida personal que entran de lleno en el terreno del chisme y alimentan el morbo del lector, en busca –ya de paso– de sonadas borracheras, infidelidades y otras flaquezas humanas más propias de otro tipo de investigación.

Este libro denso, en absoluto carente de interés, adolece de otros fallos que parecen impropios de una investigación tan dilatada, seguro que sometida a más de un proceso de lectura y corrección: hay reiteraciones que a veces no pasan de anécdotas (las referencias ridiculizadoras a la doble denominación de Fuenterrabía / Hondarribia o Santander / Cantabria) pero que también –otras redundancias– se dejan notar en episodios de mayor calado y piden a gritos una labor de edición más atenta.

No sé cuántos de los muchos lectores potenciales del libro llegarán hasta el final. Me temo que el trabajado índice onomástico provocará que muchos tomen atajos y sólo acudan a aquellas páginas en las que este o aquel reciben su “merecido”. De cualquier manera, es Gregorio Morán en estado puro, por su acidez, beligerancia y minuciosidad. Una fuente de información apreciable para entender en qué aguas tan turbias bebe la cultura de este país.

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