“La ciudad que se añora a sí misma”

Acabo de volver de Roma y ya estoy suspirando por volver. Es mucho más lo que dejé de ver que lo que pude visitar. Pisar espacios por los que había viajado tantas veces a través del cine o los libros de arte proporcionaba una sensación única que se mezclaba con el temor de no volver a vivir esa experiencia. Intenté cruzar mi mirada con los ojos del Moisés, me asomé desde el centro del Panteón al ojo que lleva dos mil años alumbrándolo, la compañía de miles de personas me impidió emocionarme en la Capilla Sixtina, intenté a empujones lograr una buena vista en algunas de las estancias de Rafael, dejé volar mi imaginación por las gradas del Coliseo, paseé como pude por la atestada Piazza Navona, me asomé casi en solitario a la Pietà de Miguel Ángel en la basílica de San Pedro y bajé por las escaleras de la Piazza Spagna.

panteon

No logré ver ni el David de Bernini, ni los frescos de Il Gesu ni el éxtasis de Santa Teresa. Me encontré rodeada de andamios la Fontana de Trevi y pasé apresuradamente por la Columna Trajana, gocé desde Villa Borghese de la perspectiva que ofrece la Piazza del Popolo y recorrí muchas veces la Vía del Corso, errando sin más por una calle que se parecía a cualquier zona de compras de cualquier ciudad europea con una diferencia sustancial: bastaba con torcer a izquierda o derecha y uno volvía a pisar adoquines que han vivido historias durante cientos de años.

minerva                 coliseo

Iba buscando por Roma algo que era imposible encontrar: el aroma de un tiempo que ya pasó pero con el que llevaba conviviendo en las últimas semanas, leyendo lo que en su momento debió de ser una guía de viaje antes de que el turismo de masas tomara por asalto cualquier rincón romano con motivos para ser visitado. Para visitar la capital italiana leí con fruición un libro que se escribió cuando Italia no existía tal como la conocemos hoy. Lo escribió un francés y lo organizó como una especie de diario, aunque fuera escrito en la distancia. Roma se convirtió así en un enorme decorado, muy vivo, sobre el que fue volcando sensaciones, prejuicios, muchas lecturas anteriores y las vivencias de más de un año de estancia en la “ciudad eterna”, que perdurará mientras quede un lector curioso y deseoso de dejarse conducir.

“La Cloaca Máxima (…) Qué pasión por lo útil tenían los primeros romanos.” “El Concilio de Trento ha creado la religión tal como la conocemos hoy. Los papas comenzaron a temer los escándalos causados por los cardenales y no metieron, en general, en el Sacro Colegio más que a los imbéciles de alto linaje. Ahora todo va mejor.” “Es casi imposible escribir sin recordar, al menos indirectamente, verdades que ofenden mortalmente al poder.” “Clemente XII era un papa que tenía dinero; le propusieron hacer el muelle del Tíber desde la Porta del Popolo al Ponte Sant’Angelo pero prefirió embellecer su catedral.” “En el Sacro Colegio la piedad era rara y el ateísmo bastante corriente.” Son cientos las frases lapidarias que aparecen en los «Paseos por Roma» de Stendhal. Tengo el libro lleno de subrayados, esquinas dobladas y anotaciones destacadas. Lo difícil es escoger unas cuantas que atrapen lo que ofrece esta obra: erudición, pasión por la belleza, devoción por el arte, ironía, comparaciones odiosas con su Francia natal, voluntad de servicio a los lectores… Esta edición de Alianza, en realidad una selección a cargo de Daniel García López, va acompañada de una breve introducción y una cronología que ayuda a entender esa devoción stendhaliana por Roma, donde vivió en diferentes etapas. Así pudo empaparse de la ciudad y sus habitantes y hablando con ellos dar alas a su vocación de errabundo que traslada magníficamente a sus páginas, más de 500 en esta edición.

paseos por roma  Paseos por Roma, Alianza, 2007

Esta peculiar guía llena de digresiones, cargada de vitriolo cuando habla de los muchos Papas que en Roma han sido, abundante en recomendaciones hoy imposibles de seguir –casi dos siglos después de que fuera escrita– es sobre todo un libro excepcional , que recoge plenamente aquel propósito de Richard Ford cuando incluyó en el título de una de sus obras a sus propios destinatarios: “los viajeros en casa”. Un libro para volver eternamente a él, como a Roma.

Fiel a un estilo bien diferente, el que su autor se labró en otras historias de Londres o Nueva York, Enric González hace un somero repaso a su etapa como corresponsal de El País en la capital italiana y reúne también unas «Historias de Roma», dado el éxito de sus columnas en el que entonces era su diario y los miles de lectores que rieron al tiempo que planeaban sus viajes por las ciudades donde González había ido ejerciendo sus corresponsalías. Publicadas por RBA y mucho más breves que las entregas dedicadas a otras ciudades, el registro de González no tiene nada que ver con el de Stendhal, pero tampoco es frívolo ni superficial. La habilidad del cronista para dotar a sus textos de eso que en el oficio se llama “ambiente” se combina con un estilo directo, fresco, cargado de ironía y con devoción por las historias cercanas, de personas normales y corrientes que siempre tienen algo qué explicar. Esta peculiar guía de González, leída por desgracia a la vuelta de Roma, mezcla anécdotas de Coppi y Bartali con chismes sobre Berlusconi, esboza la aterradora historia de Anna Fallarino (donde también acaba apareciendo Il Cavaliere), aborda la rivalidad entre la Lazio y la Roma, descubre el local que ofrece el mejor café del mundo, desgrana recuerdos de Alberto Sordi, detalla el lugar donde fue asesinado Aldo Moro, glosa la habilidad de Paloma Gómez Borrero para moverse por el Vaticano, relaciona las oscuras finanzas del Banco Ambrosiano con la trama que aparece en la tercera entrega de El Padrino… Sazona sus “historias de Roma” con pequeñas cuitas cotidianas, explica su condición de inquilino en un palacio y el lector devora en un suspiro un libro que se antoja muy corto, con muchos hilos que podrían haber seguido enredándose para disfrute del respetable.

historias de roma Historias de Roma, RBA, 2010

No terminaré aquí mi viaje a Roma. Me espera, y lo postergo con el propósito de alargar este estado de encantamiento, el libro que acaba de publicar otro ilustre viaje: Javier Reverte. Tiempo habrá para hablar de él.

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