La culpa fue de la lluvia

De un tiempo a esta parte sigo con fervor las recomendaciones que Juan Tallón hace en “Libros peligrosos” (Larousse Editorial), una peculiar revisión de lecturas que es en realidad una especie de novela (palabras del autor). Hasta ahora no me han defraudado los títulos que, como consecuencia de su peculiar loa, he buscado para comprobar si estaba o no de acuerdo con él. Había leído una treintena del centenar de títulos que comenta y de todos ellos había extraído aspectos con los que coincidía o que me habían pasado por alto pero me ofrecían ahora claves nuevas para recordar con agrado esas lecturas pretéritas.

En sus “Libros peligrosos” esboza Tallón un perfil de “A esmorga”, breve novela de un paisano suyo (el ourensano Eduardo Blanco Amor), que me puso enseguida sobre la pista de este libro, traducido al castellano como “La parranda”, pero cuya localización no fue posible. En catalán está poco menos que recién traducido por Jaume Silvestre Llinares con el título “La gresca”, y lo publicó en 2014 El Gall Editor, un pequeño sello de Pollença.

la gresca La gresca, El Gall Editor, 2014

Una vez más, he de agradecer a Tallón este descubrimiento: en tres páginas escasas destila la esencia de la novela, presenta a los tres protagonistas, apunta un breve resumen de lo ocurrido, argumenta la importancia de su autor en la época y lengua en que escribe… e impele al lector a saciar sin demora el interés que le ha despertado.

“A esmorga” tiene 3 protagonistas, un narrador en primera persona mediante un artificio que no por elocuente es menos efectivo, explica lo ocurrido durante veinticuatro horas escasas e incorpora un elemento al relato (la lluvia) que acaba siendo tan protagonista como los tres “esmorgantes o “parranderos” que sufrirán en sus carnes el fátum que se entrevé en las primeras páginas.

Milhomes, Bocas y Cibrán nacieron para martillos y del cielo les caen los clavos. En 130 páginas, Blanco Amor traza una historia que él dice que oyó contar que pasó cuarenta años atrás. Pone a Cibrán a relatarla en primera persona, en forma de una declaración ante un juez después de que hayan ocurrido todas las desgracias que pueden caber en un día de juerga pasada por agua. El juez no abre la boca: tipográficamente aparecen de vez en cuando unas mínimas líneas de puntos que se convierten en una pared ante la chocan los argumentos de Cibrán, las justificaciones con las que intenta hacer ver que él se sumó a la “parranda” de buena mañana, cuando la lluvia le impidió ir a trabajar después de dejar a su novia (una prostituta) en su miserable casa después de pasar la noche con ella y el hijo de ambos. Los otros dos ya llevaban horas o días haciendo las suyas (nos iremos enterando a medida que avanza el relato) y juntos los tres las harán todavía más gordas. El destino ha marcado en rojo esa noche y ninguno de ellos puede escapar a sus designios. La lluvia los va empujando, acompañando, condicionando… y ellos no se pueden defender. Cuando todas las desgracias acumuladas hagan imposible cualquier escapatoria, aún quedará un resquicio para la fatalidad.

Vertida al catalán con giros propios de Baleares, se hacen numerosas referencias en el texto al gallego en el que hablan sus protagonistas, con menciones al “castrapo”, un castellano trufado de galleguismos con el que los hablantes del gallego se dirigían a las autoridades (en este caso el juez) o que utilizaban para amagar su condición social. Un personaje explica que una de las prostitutas con las que se cruzan habla “castrapo” para hacerse pasar por española. En todo caso, la novela de Blanco Amor narra una historia ubicada en el siglo XIX que no tiene nada que ver con ese mundo onírico de Cunqueiro o con esas otras historias de Fernández Flórez o, más recientemente, de Manuel Rivas donde el gallego era sólo el vehículo de la narración. Aquí, la lengua es también la que dibuja mejor que mil descripciones la condición de los protagonistas y retrata de manera elocuente una manera de vivir apegada a la dureza de la tierra, el clima y el aislamiento. La novela no se pudo publicar en España hasta los años 70 y apareció en Argentina en 1959. Dejó dicho el autor que la historia le vino al recordar un episodio que había vivido en un Viernes Santo a sus cinco años, cuando una riña en medio de una procesión acabó con un navajazo y la víctima tuvo que huir sujetándose los intestinos que se le escapaban de la tripa.

Toda una advertencia de lo que se le viene encima al lector.

* La novela ha dado pie a un par de versiones cinematográficas. La más reciente compite en los Goya de 2015 después de haber sido un éxito de público. Es la primera película en gallego en obtener nominación a estos premios.

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