Una lección de dignidad

Souto Menaya “Botas” es un delantero centro, suplente de Zarra, que llega al Athletic después de triunfar en el equipo de Getxo, su pueblo. Abandona su trabajo de albañil, cobra una ficha de 2.000 pesetas y se llevará una buena prima por cada partido que gane su Athletic, aunque él no pise el campo. Se convierte en un triunfador a su pesar, colma los anhelos de su padre, que desde los siete años le llevaba a las gradas de madera de San Mamés, pero no renuncia al amor de su vida, Irune, hija de un caserío cercano que cada día baja a Getxo para repartir leche por el vecindario. Es un amor sin aspavientos, casi sin palabras, cimentado en la regularidad con la que Irune pasa cada mañana por su casa para dejar las tres medidas de leche que se sirven de desayuno Souto y sus padres.

En la final de Copa de 1943, ante el Madrid, en la capital y ante las narices del “Generalísimo”, los leones le birlan el trofeo a los merengues, y Souto –titular por una lesión de Zarra– marca el gol de la victoria con la cabeza, la mano “o el culo”. Poco durará la alegría del delantero, porque una patada criminal lo dejará seco, lesionado de por vida, con el fémur roto y la pierna convertida en un guiñapo. No podrá volver a trabajar, si no es sentado, y sumido en la depresión rompe el noviazgo con Irune y se rebaja a trabajar ensobrando cromos, sufriendo la humillación añadida de tener que ver la estampa con su cara en una colección de la Liga, a pesar de no volver a ser futbolista.

Todo esto, salvo detalles menores, se adelanta en el texto de la contra de «Aquella edad inolvidable», de Ramiro Pinilla, en una edición de Tusquets. El lector está, pues, avisado de lo que va descubrir el relato. Las páginas del libro le reservan las descripciones, la ambientación, tramas menores con alguna importancia en el devenir de la historia, pero lo verdaderamente sustancioso ya lo conocemos sin abrir el libro. Incluso se anticipa en este paratexto que Souto recibirá una “tentadora propuesta” de parte de un periodista.

aquella edad inolvidable

«Aquella edad inolvidable» (2012) fue una de las últimas obras que publicó Pinilla (muerto en 2014) y recibió por ella el Premio Euskadi de literatura en castellano (en euskera se lo llevó Ramón Saizarbitoria por una novela enorme titulada «Martutene»). Encuadrada en su amplia obra, puede parecer un divertimento al lado de novelas de tan largo aliento como la trilogía «Verdes valles, colinas rojas» o la desasosegante historia basada en hechos reales «Antonio B. el Ruso, ciudadano de tercera». Puede parecer una obra menor que, no obstante, vuelve a poner en primer plano los rasgos idiosincráticos de lo vasco: la defensa de lo propio, la amenaza que llega de fuera, el respeto reverencial a los símbolos (aquí, el Athletic), sin olvidar las contradicciones internas de una sociedad tan particular, donde la guerra civil dejó a muchas víctimas cargando con una doble derrota, por ser vascos y por ser pobres y hasta de izquierdas.

Está especie de fábula va precedida de una frase elocuente: “Aunque el autor pide perdón por algunas licencias, este relato parte de una inmarchitable realidad”. En la línea de lo que confesó a Enric González en una exhaustiva entrevista en Jot Down, cuando explicaba que “todos necesitamos contarnos de alguna forma. Los que no hablamos, los que no vamos a tertulias, luego en casa tenemos que meternos a escribir para contarnos cómo somos”, esta novela en apariencia menor deviene en un canto a la dignidad, con desenlace fulgurante, en contra de la lógica morosa con la que se ha desarrollado el relato, reiterativo en los detalles, rutinario en la acción, como si la monotonía de la vida de Souto lesionado hubiera contagiado al narrador.

Un divertimento de Pinilla, sí, pero con el aliciente de resucitar, como si de una coda se tratara, aquella saga de los Baskardo que levantó en su obra cumbre, toda una historia de Euskadi en los dos últimos siglos.

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