Complaciente

Tiene que ser muy difícil contar en público la vida de un amigo, y más si éste se presta a ello y abre su archivo particular y además accede a charlar durante horas sobre ello. Debe de ser complicado biografiar a alguien que está vivo, con el añadido de saber que no suele escatimar críticas si la imagen que le devuelve el espejo no acaba de ser la esperada. Y no ha de resultar sencillo sentar cátedra sobre disputas que llevan años coleando sin que al atizar las brasas puedan avivarse fuegos que acaben quemando más que calentar o iluminar.

El reto que se impuso Josep Maria Cuenca al intentar atenuar “el endémico y preocupante déficit de biografías literarias del que infortunadamente adolece la cultura hispánica” no es menor si tenemos en cuenta que la vida que quería contar era la de Juan Marsé, “uno de los más brillantes retratistas literarios de la última posguerra española”. Después de 750 páginas, con 70 de notas, 40 de bibliografía y otras tantas de índice onomástico, Cuenca puede darse por satisfecho.

La vida de Juan Marsé ya podía intuirse en sus novelas, lo que aquí queda patente. Salvando las distancias es una sensación similar a la que podía experimentar un fervoroso lector de García Márquez al leer sus memorias o las voluminosas biografías que le dedicaron en vida Dasso Saldívar o Gerald Martin. Pequeños detalles de la infancia y juventud de Marsé fueron “reaprovechados” por el narrador para pintar paisajes de sus historias o configurar rasgos de sus personajes más famosos (Teresa, el capitán Blay, el Pijoaparte…). Algunos de ellos fueron saltando incluso de novela en novela, para deleite de sus seguidores más fieles, en una especie de rompecabezas infinito en el que quedaba retratada la Barcelona de posguerra así como los logros, anhelos o frustraciones de unas generaciones que aspiraban a salir de la dictadura para lograr algo bien diferente, sin que lo acabaran consiguiendo.

Esos niños que imaginaban aventis para dibujar un mundo más optimista se hicieron grandes y comprobaron que había que seguir escribiendo para que todo aquello no quedara en el olvido y para certificar que no acababa de gustarles “todo esto”. El propio Marsé apelaba a la “memoria” delante de los reyes al recoger el premio Cervantes, que coronó una amplia panoplia de galardones donde no faltaban desde los más prestigiosos (el Juan Rulfo mexicano) hasta los más comerciales (el Planeta, de cuyo jurado formó parte más tarde y dimitió, y de cuya jugosa tramoya deja constancia también este libro).

bio de juan marse

“Mientras llega la felicidad” (así se titula esta biografía publicada por Anagrama) es minuciosa, rica en anécdotas, asentada en miles de documentos, en muchos casos de carácter íntimo, y con numerosas declaraciones o hechos contrastables mediante entrevistas personales, acceso a archivos oficiales o consultas con todo tipo de prensa. Como Marsé es poco dado a prodigarse en los medios (recientemente lo entrevistaron Javier del Pino y Josep Martí Gómez en la SER en una charla que supo a muy poco), el lector agradece el acceso a tanta información de primera mano. Sabido es también que el escritor barcelonés no rehúye las polémicas y aquí las hay de sobra, notablemente documentadas: su acendrada animadversión hacia Baltasar Porcel y su obra, sus desencuentros con Vicente Aranda, Fernando Trueba o Andrés Vicente Gómez por las desacertadas o fallidas adaptaciones al cine de sus novelas, su franca oposición al nacionalismo que reparte “diplomas” de catalanidad… Han sido chismes de más o menos nivel intelectual que durante años han circulado por los corrillos literarios y que aquí quedan para la posteridad, todos reunidos, en los que emerge la figura de Marsé y queda declarado “vencedor por KO”.

Donde la biografía, no obstante, gana altura es cuando aborda su formación autodidacta como escritor, cuando se va retratando en sus lecturas y lo imaginamos sudando tinta china para compaginar su vocación literaria con su trabajo alimenticio en el taller de una joyería. Atrás han quedado, al menos en parte, las vicisitudes de un niño adoptado en plena guerra civil, su convivencia en la posguerra con su nueva familia lejos de Barcelona, la evocación de una infancia rural que se disipa cuando sus padres adoptivos se trasladan a la capital y topa con la tristeza y el miedo a la dictadura.

Marsé ya no es Faneca (el apellido de su padre biológico) cuando empieza a cartearse con Paulina Crusat, poeta catalana asentada en Sevilla. Y merced a ese intercambio epistolar (del que sólo conocemos las cartas de ella a él) vemos cómo se van forjando las lecturas del futuro escritor, conocemos la temática de sus primeros textos, se van tejiendo los primeros contactos, asistimos a sus primeras y tímidas publicaciones en revistas de prestigio y pocos lectores y hasta descubrimos los primeros concursos en los que participa, algunos con reconocimientos menores. Es la parte más deliciosa del libro, por la delicadeza con que Crusat lo alecciona, por los ánimos que le infunde, por la jubilosa receptividad de Marsé, que encuentra en su mentora un refuerzo a su pasión por escribir.

Vienen después capítulos que desmenuzan los años de la gauche divine, los problemas con la censura, la configuración de una generación brillante donde refulgían Manuel Vázquez Montalbán, Barral, García Hortelano, el Perich, Gil de Biedma, la Regàs… así como la amistad con Joan de Sagarra, la estancia en París, los primeros premios o su vida personal. Y la sensación de que este magnífico cronista de una Barcelona muy personal nace de aquel perseverante cruce de cartas con Paulina Crusat.

Aquel joven cargado de ambición, con no poca confianza en su capacidad de trabajo, aquel autor deseoso de una voz propia vive ahora centrado en sus nietos, sin dejar de escribir pero relativamente aislado de la actualidad, revisando películas (su otra gran pasión) y atendiendo los requerimientos de su biógrafo. Queda la sensación de que el libro, absolutamente interesante, se rinde por momentos a la complacencia.

Quizá sean los riesgos de la cercanía.

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¿Lo peor queda atrás?

Durante años los medios cultivaron la imagen de Javier Marías como un escritor que más que lectores buscaba cómplices. Su tratamiento moroso del tiempo narrativo, la ironía, la querencia por versos de Shakespeare para titular sus libros o para estructurar toda una novela en torno a ellos, la incorporación de personajes que viajaban de una novela a otra desvelando nuevas aristas, su gusto por indagar en el pasado dejando caer pistas que establecían guiños con los lectores más perseverantes de su obra… fueron algunas de las claves que acabaron fraguando en una personalidad pública cincelada por medios afines (todos los de la órbita de El País más algunos críticos que lo idolatran), en las que unos días se erigía en simbólico Rey de Redonda (con una corte de intelectuales apabullante), otras veces cultivaba un elitismo con acento oxoniense y en ocasiones aparecía como defensor acérrimo de la literatura de Juan Benet, crítico implacable de los desafueros de la alcaldía de Madrid o como madridista desaforado que no se despeinaba al defender que el fútbol también podía ser cosa de intelectuales.

Desde hace unos años, es también “firme candidato al Nobel de literatura”, como lo debieron de ser en su época Cela, Borges o Vargas Llosa, y ese cliché ha ido calando hasta tal punto que, llegado octubre, entra en las apuestas y se le pregunta por las posibilidades reales que él mismo considera que tiene de lograrlo. Críticos menos piadosos prefieren buscar en otro lado menos amable y ponen de relieve su pedantería, su elitismo o su afán de notoriedad.

La morosidad de sus tiempos narrativos (llega a dejar una espada en alto durante un centenar de páginas en su celebrada trilogía “Tu rostro mañana”) fue pareja durante años de cierta lentitud a la hora de entregar nuevas obras a sus fieles lectores. Algo parece haber cambiado últimamente: en poco tiempo han aparecido dos novelas que además se han convertido en relativos éxitos de ventas. Hace tiempo que su obra se publica en Alfaguara (lejos queda su fidelidad a Anagrama, donde se fijó esa aureola de escritor de culto). Estas últimas novelas le han permitido ganar lectores (seguro), han limado en cierto modo esa imagen arisca que gustaba cultivar, con la mirada displicente en las fotos acompañado del sempiterno cigarrillo, casi siempre cerca de su biblioteca personal, rodeado de millares de volúmenes.

los enamoramientos

“Los enamoramientos”, su penúltima novela, fue celebrada por la crítica (no podía ser de otro modo) y hasta se llevó el premio de los lectores de la revista Qué leer. Una historia de amor contada desde un punto de vista femenino, en apariencia una historia como tantas otras. Marías la hacía suya y le inyectaba en su justa medida algunas de las constantes de su literatura: digresiones, reflexiones en torno a la poderosa fuerza de las casualidades, algún que otro guiño a la actualidad y la presencia del profesor Rico como protagonista, en una combinación, más caricaturesca que en ocasiones anteriores, de pedantería, frivolidad y una impostada salacidad atenuada por su saber enciclopédico.

En su última novela, “Así empieza lo malo” (otro verso de Shakespeare por título), este profesor Rico se llega a hacer estomagante, no tanto por las características del personaje o las situaciones que el narrador le hace vivir, como por la sensación de que es un recurso impostado, un guiño al lector (y al propio Rico) que se acaba convirtiendo en una mueca exagerada y hace chirriar al propio relato hasta casi convertirlo en una parodia.

asi empieza lo malo

La historia que se trae entre manos Marías no es en absoluto ramplona, e incluso el inesperado giro final viene a redondear un argumento que avanza con ritmo (sin evitar esas digresiones marca de la casa ni las habituales alusiones a Jess Franco, al delator de Julián Marías en la posguerra u otros recursos presentes en las novelas más ambiciosas del autor) y se lee con gusto.

Marías es un maestro en la creación de ambientes, en la construcción de escenarios. Su oficio narrativo está fuera de toda duda y con un mínimo de recursos argumentales es capaz de embastar una historia que se antoja ambiciosa, que tiene su sello personal y que proporciona algo más que entretenimiento a los lectores. No obstante, sus dos últimas obras rozan por momentos lo caricaturesco, la autoparodia, en lo que algunos consideran una concesión en busca de un público más amplio del que hasta hace pocos años podía autoconsiderarse estar a la altura de sus profundas obras.

“Thus bad begins and worse remains behind”, dice el verso shakesperiano que da nombre a la novela. “Lo peor queda atrás”, sería la continuación de “Así empieza lo malo”. Es sólo un apunte de lo que encierra la novela: las vilezas del pasado, que si en un momento dado alguien quiso conocerlas, luego prefiere enterrar, como si olvidándolas fueran a desaparecer. Es también una metáfora de nuestra sociedad actual, y también un resumen del pensamiento dominante: “aquí se cometieron muchas vilezas, durante muchos años. Pero en qué época no, en qué sitio no”.

¿Cambia Marías de rumbo?