¿Lo peor queda atrás?

Durante años los medios cultivaron la imagen de Javier Marías como un escritor que más que lectores buscaba cómplices. Su tratamiento moroso del tiempo narrativo, la ironía, la querencia por versos de Shakespeare para titular sus libros o para estructurar toda una novela en torno a ellos, la incorporación de personajes que viajaban de una novela a otra desvelando nuevas aristas, su gusto por indagar en el pasado dejando caer pistas que establecían guiños con los lectores más perseverantes de su obra… fueron algunas de las claves que acabaron fraguando en una personalidad pública cincelada por medios afines (todos los de la órbita de El País más algunos críticos que lo idolatran), en las que unos días se erigía en simbólico Rey de Redonda (con una corte de intelectuales apabullante), otras veces cultivaba un elitismo con acento oxoniense y en ocasiones aparecía como defensor acérrimo de la literatura de Juan Benet, crítico implacable de los desafueros de la alcaldía de Madrid o como madridista desaforado que no se despeinaba al defender que el fútbol también podía ser cosa de intelectuales.

Desde hace unos años, es también “firme candidato al Nobel de literatura”, como lo debieron de ser en su época Cela, Borges o Vargas Llosa, y ese cliché ha ido calando hasta tal punto que, llegado octubre, entra en las apuestas y se le pregunta por las posibilidades reales que él mismo considera que tiene de lograrlo. Críticos menos piadosos prefieren buscar en otro lado menos amable y ponen de relieve su pedantería, su elitismo o su afán de notoriedad.

La morosidad de sus tiempos narrativos (llega a dejar una espada en alto durante un centenar de páginas en su celebrada trilogía “Tu rostro mañana”) fue pareja durante años de cierta lentitud a la hora de entregar nuevas obras a sus fieles lectores. Algo parece haber cambiado últimamente: en poco tiempo han aparecido dos novelas que además se han convertido en relativos éxitos de ventas. Hace tiempo que su obra se publica en Alfaguara (lejos queda su fidelidad a Anagrama, donde se fijó esa aureola de escritor de culto). Estas últimas novelas le han permitido ganar lectores (seguro), han limado en cierto modo esa imagen arisca que gustaba cultivar, con la mirada displicente en las fotos acompañado del sempiterno cigarrillo, casi siempre cerca de su biblioteca personal, rodeado de millares de volúmenes.

los enamoramientos

“Los enamoramientos”, su penúltima novela, fue celebrada por la crítica (no podía ser de otro modo) y hasta se llevó el premio de los lectores de la revista Qué leer. Una historia de amor contada desde un punto de vista femenino, en apariencia una historia como tantas otras. Marías la hacía suya y le inyectaba en su justa medida algunas de las constantes de su literatura: digresiones, reflexiones en torno a la poderosa fuerza de las casualidades, algún que otro guiño a la actualidad y la presencia del profesor Rico como protagonista, en una combinación, más caricaturesca que en ocasiones anteriores, de pedantería, frivolidad y una impostada salacidad atenuada por su saber enciclopédico.

En su última novela, “Así empieza lo malo” (otro verso de Shakespeare por título), este profesor Rico se llega a hacer estomagante, no tanto por las características del personaje o las situaciones que el narrador le hace vivir, como por la sensación de que es un recurso impostado, un guiño al lector (y al propio Rico) que se acaba convirtiendo en una mueca exagerada y hace chirriar al propio relato hasta casi convertirlo en una parodia.

asi empieza lo malo

La historia que se trae entre manos Marías no es en absoluto ramplona, e incluso el inesperado giro final viene a redondear un argumento que avanza con ritmo (sin evitar esas digresiones marca de la casa ni las habituales alusiones a Jess Franco, al delator de Julián Marías en la posguerra u otros recursos presentes en las novelas más ambiciosas del autor) y se lee con gusto.

Marías es un maestro en la creación de ambientes, en la construcción de escenarios. Su oficio narrativo está fuera de toda duda y con un mínimo de recursos argumentales es capaz de embastar una historia que se antoja ambiciosa, que tiene su sello personal y que proporciona algo más que entretenimiento a los lectores. No obstante, sus dos últimas obras rozan por momentos lo caricaturesco, la autoparodia, en lo que algunos consideran una concesión en busca de un público más amplio del que hasta hace pocos años podía autoconsiderarse estar a la altura de sus profundas obras.

“Thus bad begins and worse remains behind”, dice el verso shakesperiano que da nombre a la novela. “Lo peor queda atrás”, sería la continuación de “Así empieza lo malo”. Es sólo un apunte de lo que encierra la novela: las vilezas del pasado, que si en un momento dado alguien quiso conocerlas, luego prefiere enterrar, como si olvidándolas fueran a desaparecer. Es también una metáfora de nuestra sociedad actual, y también un resumen del pensamiento dominante: “aquí se cometieron muchas vilezas, durante muchos años. Pero en qué época no, en qué sitio no”.

¿Cambia Marías de rumbo?

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