Una hermosa peluca rubia

Llego a “Si te dicen que caí” impelido por la biografía de Juan Marsé y lo sé casi todo sobre la novela: cómo se gestó durante casi tres años, los 10.000 dólares con los que fue premiada en México, la rocambolesca historia de su aparición en España tres años después de que circulara por América Latina gracias al galardón mexicano, las peleas con la censura, su condición de best seller cuando finalmente vio la luz tras la desaparición del tirano, las opiniones unánimemente elogiosas de la crítica…

Salgo de ella fascinado, aturdido, desarbolado, con el deseo de pasear por esas calles de una Barcelona imposible, “sonambulizado”, como era el deseo de Marsé al invitarnos a pasear por este laberinto de espejos con el que intenta (y logra, absolutamente) viajar a su infancia y hacernos más comprensible la época de la gran pesadilla.

Ha dicho Marsé, entre otras muchas cosas, que la novela es “el vómito de un niño-adulto que intenta librarse del miedo y el asco, la suciedad física y espiritual, moral, de unos determinados años”. Y ha explicado de una manera muy lírica (porque toda la novela es profundamente lírica aunque parezca que lo narrado no invita a ello) que “Si te dicen que caí” se articuló sobre un sueño privado: “volver a pasear –bajo la lluvia, a ser posible– por el barrio de mi infancia”. Este paseo se desarrolla siguiendo un itinerario complejo, en palabras del propio autor: “voces diversas, contrapuestas y hasta contradictorias, voces que rondan la impostura y el equívoco, tejiendo y destejiendo una espesa trama de signos y referencias y un ambiguo sistema de ecos y resonancias cuya finalidad es sonambulizar al lector”.

si te dicen que cai

Una novela “especialmente compleja en su armazón –como explica Ana Rodríguez Fischer en la imprescindible edición de Cátedra (2010)–, poliédrica y polifónica en los puntos de vista y en las voces que se escuchan y se alternan y combinan y funden (confunden)”. Este dibujo de ondas en expansión requiere del lector una intervención fundamental, ya desde el primer párrafo, cuando se ponen las bases para este viaje en el tiempo desde el depósito de cadáveres del Hospital Clínic de Barcelona. Un celador y una monja, al reconocer al matrimonio que les ha llegado víctima de un accidente de coche, van rememorando sus vidas, y con ellos las de sus vecinos del barrio, y por extensión las de miles de personas derrotadas por la guerra y la victoria.

Se sucede desde entonces a lo largo de más de 400 páginas “una serie de planos que se entrecruzan, se corresponden, se contradicen a veces y se complementan siempre”. La influencia cinematográfica (las películas son una de las pasiones de Marsé) es innegable y se hace patente en esas “aventis” que son consustanciales a la obra del escritor barcelonés. Le explica Ñito a sor Paulina en los sótanos del Clínic que esas “aventis” son “un juego bonito y barato que sin duda propició la escasez de juguetes”. En esta novela son casi un personaje más, porque ellas vehiculan algunas de las historias supuestamente menores que aparecen, porque sirven para trazar con más detalle los rasgos de los personajes que las cuentan, porque llegan a ser narraciones que también describen, porque dibujan estados de ánimo y a veces difuminan la frágil frontera entre el propio autor, sus personajes y los narradores de esta historia servida de manera sincopada.

Hay imágenes recurrentes (imposible olvidar esa araña negra que evoca el yugo y las flechas), fragmentos de canciones (el propio título es un verso del “Cara al sol”), traslaciones de personajes cinematográficos, películas reales que entrecruzan su argumento con las “aventis”… cientos de referencias que esta edición de Cátedra ayuda a desentrañar merced a centenares de notas al pie y que hacen patente la maestría del autor al concebir una novela prodigiosa, que se enmarca en el experimentalismo de la época en que fue concebida con la brillante diferencia de que en este caso esa narración fragmentada y múltiple está por completo al servicio de lo contado. Después de una relectura, otro escritor tan interesante como Rafael Chirbes dijo que estaba escrita “entre escombros y con escombros, desde una descarnada voluntad de trabajar con los derribos”.

Algo parecido debió de intuir la censura, aunque de manera mucho menos sutil, que la prohibió reiteradamente con argumentos tan rotundos como que la novela era “una pura porquería” o que “su contenido entero es absolutamente denegable”. Y basaba tan solemnes sentencias en que había “insultos al yugo y las flechas, escenas de torturas por la Guardia Civil, obscenidades y escenas pornográficas, irreverencias graves…”.

Fue, no obstante, Manuel Vázquez Montalbán (amigo de Marsé y compañero de fatigas periodísticas) quien verdaderamente supo sintetizar la obra: “una hermosa peluca rubia para un terrible calavera”.

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