Periodismo sin prisa

Las normas que rigen para el nuevo periodismo que se ha de leer en la red fijan el uso de frases cortas, muchos saltos de párrafo, con atención privilegiada a las palabras clave y obsesión por los titulares llamativos, que inciten al clic inmediato y por tanto a un posible ingreso publicitario por mor de la visualización de algún banner.

Poco tendrían que hacer en estas circunstancias Indro Montanelli y tantos otros periodistas de esa estirpe de cronistas y maestros del retrato, ahora en franca retirada por culpa de los nuevos usos de la profesión y de la supuesta poca paciencia de los lectores, más acostumbrados a leer en diagonal en una pantalla parpadeante repleta de estímulos y ventanas emergentes. “Gentes del siglo” (Espasa) es una recopilación generosa de más de 400 páginas, con textos de Montanelli seleccionados por Arcadi Espada en 2006 a partir de dos libros que habían visto la luz en castellano en los lejanos 1966 y 1969. “Gente cualquiera” y “Personajes” fueron las traducciones de “Gente qualunque” y “Gli incontri”, con textos que arrancaban en 1939 y llegaban hasta finales de la década de 1960, y en los que se puede intuir una clara distinción entre personas anónimas y verdaderas personalidades del siglo, ya fuera de la política o las artes, de su Italia natal o de cualquier lugar del mundo, con especial querencia por los europeos.

gentes del siglo montanelli

La antología arranca, no podía ser de otro modo en Montanelli, hablando de sí mismo: “Me llamo Indro. Las razones por las que en la pila bautismal me fue impuesto ese nombre son harto complejas…”. Y el torrente acaba con un retrato poco amable de Ortega y Gasset, que tiene también un inicio que promete emociones fuertes: “Hace unos días, Ortega fue a ver a su amigo Salazar, de cuyo país es huésped y el cual lo aprecia mucho”. Semejante amistad con el dictador portugués condiciona todo lo que venga a continuación y Montanelli se despacha a gusto, de manera sutil, para dibujar a un personaje que se jacta de tratar de usted a Franco, que con afectada pedantería se vanagloria de dar lecciones de filosofía a medio mundo al tiempo que deja traslucir evidentes lagunas en los temas de actualidad. El periodista italiano es inmisericorde y, al cavar tan perfilado retrato, el lector tiene la sensación de que el Ortega que nos han vendido quizá tuviera mucho de ese “maestro en el erial” que con tanta ferocidad dibujó Gregorio Morán.

Montanelli se enfrenta a estos retratos cargado de prejuicios, y Arcadi Espada defiende en el prólogo de la obra acuda ante sus entrevistados (al contrario de lo que recomiendan en las facultades de Ciencias de la Información) con esos prejuicios activados, para que sea la charla la que los desactive o acabe de confirmar. En estos textos pueden intuirse algunas de las críticas más severas que siempre se le hicieron a Montanelli (sobre todo desde la izquierda) a raíz de sus veleidades fascistas de juventud, su mordaz anticomunismo, su dandismo o ese cultivo del ego que no podía ocultar ni el relumbrón de las estrellas de Hollywood ni la corona de un monarca. Todo esto se puede apreciar sin necesidad de rebuscar, pero nada empaña la calidad de los textos ni el compromiso de su autor con la libertad de expresión, que tan cara le costaría ya en su senectud a la hora de plantar cara al magnate Berlusconi, que quiso ser su patrón de última hora y se encontró con la férrea defensa de la independencia profesional que propugnaba Montanelli.

Son textos largos, fácil deducir que todos ellos irían a toda página en el formato sábado de su querido Corriere della Sera. Tienen una estructura reconocible, con un Montanelli que casi siempre entra en primera persona (“Una mañana de hace dos años y medio, hallándome…”, “Todas las mañanas al salir de mi hotel…”, “En Bangkok donde llegué…”, “No sé cómo aquella noche fui a parar a…”). Después se van estableciendo conexiones entre personajes, lugares, tiempos, estados de ánimo o lo que se tercie para conducir al lector irremisiblemente al objeto del relato: ya sea una historia de su aldea natal, una canción que oyó de labios de una mujer vasca en su tarea de corresponsal de la guerra civil española, el exilio del “héroe rojo” Valentín González El Campesino, las supuestas cortas entendederas del productor Samuel Goldwin, la vida del magnate de la prensa brasileña Asís Chateaubriand, una reunión con Golda Meir, las anécdotas de Alberto Sordi o la habilidad como cronista de Dino Buzzati.

De todos recuerda un detalle menor que los retrata mejor que media docena de adjetivos, subraya unos gestos que complementan sus declaraciones o describe el escenario de sus encuentros con una precisión y una riqueza que acaba incorporándolos a la radiografía de su entrevistado. Son, en todos los casos, artículos de varios miles de palabras que hoy estarían proscritos en la mayoría de redacciones, no digamos ya si se trata de un medio digital.

El poder evocador de la palabra, el gusto por las ideas bien hilvanadas, la descripción de ambientes, los “benditos” prejuicios hipnotizan a un lector del siglo XXI con hechos acaecidos ocho décadas atrás, con personajes pasto de los libros de Historia, con paseos por el árbol genealógico del propio Montanelli que son toda una lección de Historia de Italia. Son textos que rezuman el saber de un periodismo hecho sin prisa, libre de chismes que puedan dar pie a un destacado llamativo o un titular escandaloso, elaborados con paciencia, oficio y, por qué negarlo, una dosis de vanidad que forma parte del estilo. En algún momento, recurre Montanelli a ese adagio de que un periodista explica a los demás lo que él no entiende. En este caso, eso es lo de menos.

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