Ficciones sin registros fósiles

Ya hace años que un amigo me invitó a leer el blog de Sergio del Molino, un periodista de Heraldo de Aragón (entonces) que daba muestras de desparpajo, tenía pinta de haber leído mucho y escribía con ánimo de crearse un estilo propio. Se expresaba con rotundidad, dejaba escapar una mala leche tonificante y desde la llamada “periferia” reivindicaba que no toda la cultura tenía que pasar por la capital. A veces él, desde Zaragoza, caía en otro tipo de centralismo y miraba al resto de su región con una suficiencia que se podía hacer antipática, pero eso es otra historia.

Un día informó de que iba a ser padre, meses más tarde empezó a colgar fotos de su hijo y un tiempo después dejó caer la bomba: Pablo estaba enfermo de leucemia. Durante una larga temporada entrar en su blog tenía algo de indiscreto, con el temor de que las noticias no fueran esperanzadoras. Cuando parecía que todo había salido bien, que la enfermedad había remitido, llegó un post escueto y doloroso: la muerte había venido y no tenía ojos, parafraseando a Pavese.

De aquella experiencia salió “La hora violeta”, un libro que recibió elogios por todos los lados: se alabó su valentía, su emoción, la belleza que puede destilar el dolor, la voz personal de un autor joven que había “ficcionalizado” su tragedia personal para exorcizar fantasmas y tratar de superar el duelo. Nunca he sido capaz de leer este libro, que he tenido varias veces en mis manos sin osar siquiera a leer la solapa.

la hora violeta

En cinco años escasos ha publicado seis libros, ha dado el salto desde pequeños sellos a Random House, donde se estrenó precisamente con “La hora violeta”, se ha convertido en presentador de la tele aragonesa, ha participado en diferentes saraos literarios aquí y al otro lado del charco y va cultivando la amistad de autores más o menos conocidos (Rafael Reig, Leila Guerriero), que han valorado muy positivamente su obra. Todo esto se puede ver en ese blog donde exhibe una notable narrativa al tiempo que va construyendo su propio personaje.

Hace poco ha repetido en Random House con “Lo que a nadie le importa” (2014), que ha vuelto a recibir críticas elogiosas aunque en esta ocasión han sido más tibias, en línea con ese precepto de respetar la primera obra de un autor pero dejar la veda abierta cuando llega una segunda obra (al menos, en un sello importante y con más capacidad de llegar al público). Sergio del Molino ha vuelto a hacer literatura de sus propias vivencias, mirando hacia atrás, para retratar con un crudeza inusual a sus abuelos maternos.

lo que a nadie le importa_sergio del molino

El arranque es demoledor. “Calla, que de ti no quiero ni que me cierres los ojos”, le espeta el abuelo a su mujer en el lecho de muerte. A partir de aquí, el narrador va recordando los momentos compartidos con sus abuelos durante su estancia en Madrid para estudiar en la universidad, compartiendo piso con ellos, o rememora los breves periplos vacacionales en el pueblo de él, un lugar del seco Aragón casi despoblado en tiempos de la emigración y que luego ha recuperado población gracias a los que, como él, volvieron ya jubilados para reformar y reabrir las casas familiares. Recrea también cómo se conocieron sus abuelos, sus particulares luchas para superar la guerra y convivir con la dictadura. Va intercalando sus vivencias personales, desgrana sus lecturas, expone opiniones con la misma rotundidad que en el blog y, como señalaba Anotnio Iturbe en una reseña de Qué leer, hay en el libro algo que nos sugiere estar ante un escritor notable pero hay también algo que lo acaba empañando. No sé si es ese gusto por hacer patente todo lo que ha leído, o es la estructura de escenas con planteamiento circular que a veces las hace redundantes, o es la sensación de estar estirando un chicle que ha perdido ese sabor intenso del principio. Al final queda el regusto de un episodio amplificado cuyo interés se va diluyendo.

Los lectores, aunque sean esporádicos, del blog de Sergio del Molino tenemos la sensación de que eso ya nos lo había contado, de una manera u otra. Y que el estilo que el autor va cincelando, post a post, pierde fuelle en un relato de aliento largo. La demoledora frase del inicio se va haciendo inaudible, envuelta en otros ruidos que desvían demasiado la atención. “Estas páginas son ficciones sin registros fósiles”, dice el autor mediada la novela. Una muestra de esas frases brillantes que al final no se sabe si pretenden ser descriptivas, disuasorias o, sencillamente, epatantes.

Spin off

Una vez liberado del poder narrativo de “Si te dicen que caí”, con tantas historias cruzadas, tantos planos temporales entreverados y una miríada de personajes ofreciendo de manera simultánea tantos puntos de vista, pasear por “Ronda del Guinardó” (1984) se antoja un ejercicio liviano.

Ahora, colonizados también el mundo editorial por la terminología anglosajona, se podría decir de esta novela corta que es un spin off, como si uno de los personajes de la anterior obra de Marsé hubiera conseguido escapar de casa y hacerse independiente, dejar el rango de figurante para lograr el protagonismo que le era escamoteado en una fotografía de plano general.

ronda-de-guinardo

El inspector (así, innominado) que un día de agosto de 1945 va a buscar a Rosita al hospicio donde reside (y del que sale cada día para obtener unos magros ingresos para la institución) quiere que ella reconozca un cadáver que hay el depósito del Clínic de Barcelona, para comprobar si es el mismo que la violó años atrás, cuando aún era más niña. Esta parece toda la trama que desarrollarán las ciento y poco páginas de la novela. De manera lineal, el relato del inspector acompañando a Rosita avanza por esas calles de un barrio de perdedores mientras la chica se ocupa de su faenar diario e intenta con ello demorar cuanto pueda el cara a cara con el muerto.

Este paseo por las calles tortuosas de esa parte de Barcelona es un travelling por la miseria de una época: tullidos, tarados, pobres, vencidos, marginales, viudas, huérfanos… van apareciendo en la rutina cotidiana de Rosita: ahora limpiando una casa, luego recogiendo ropa para lavar, más tarde trasladando una hornacina de la Moreneta para que algunos puedan rezar (en català) y dejar unas pesetas en la ranura de la caja.

Es el día siguiente a la capitulación de Alemania en la Segunda guerra mundial. Los penares de un decrépito inspector de policía acompañando a una niña víctima de una violación dejan un poso de amargura y retratan unos años rancios en los que aún resonaba el eco de la derrota y era palpable la hipocresía de una sociedad que no iba a mejorar en décadas. Se permite Marsé pinceladas humorísticas, rayanas en la negritud, como la canción de un niño para conseguir limosna: “Caritat, caritat, senyora, / caritat pel meu germà / que va nèixer sense braços / i no se la pot pelar”.

Vendrán más novelas de Marsé que volverán a ocuparse de la época y ofrecerán personajes más perfilados y una estructura narrativa más compleja. Pero ese mundo de Marsé, el que retrata una posguerra tan dura como despreciable, se puede disfrutar en esta novela breve, pero no menor.