Spin off

Una vez liberado del poder narrativo de “Si te dicen que caí”, con tantas historias cruzadas, tantos planos temporales entreverados y una miríada de personajes ofreciendo de manera simultánea tantos puntos de vista, pasear por “Ronda del Guinardó” (1984) se antoja un ejercicio liviano.

Ahora, colonizados también el mundo editorial por la terminología anglosajona, se podría decir de esta novela corta que es un spin off, como si uno de los personajes de la anterior obra de Marsé hubiera conseguido escapar de casa y hacerse independiente, dejar el rango de figurante para lograr el protagonismo que le era escamoteado en una fotografía de plano general.

ronda-de-guinardo

El inspector (así, innominado) que un día de agosto de 1945 va a buscar a Rosita al hospicio donde reside (y del que sale cada día para obtener unos magros ingresos para la institución) quiere que ella reconozca un cadáver que hay el depósito del Clínic de Barcelona, para comprobar si es el mismo que la violó años atrás, cuando aún era más niña. Esta parece toda la trama que desarrollarán las ciento y poco páginas de la novela. De manera lineal, el relato del inspector acompañando a Rosita avanza por esas calles de un barrio de perdedores mientras la chica se ocupa de su faenar diario e intenta con ello demorar cuanto pueda el cara a cara con el muerto.

Este paseo por las calles tortuosas de esa parte de Barcelona es un travelling por la miseria de una época: tullidos, tarados, pobres, vencidos, marginales, viudas, huérfanos… van apareciendo en la rutina cotidiana de Rosita: ahora limpiando una casa, luego recogiendo ropa para lavar, más tarde trasladando una hornacina de la Moreneta para que algunos puedan rezar (en català) y dejar unas pesetas en la ranura de la caja.

Es el día siguiente a la capitulación de Alemania en la Segunda guerra mundial. Los penares de un decrépito inspector de policía acompañando a una niña víctima de una violación dejan un poso de amargura y retratan unos años rancios en los que aún resonaba el eco de la derrota y era palpable la hipocresía de una sociedad que no iba a mejorar en décadas. Se permite Marsé pinceladas humorísticas, rayanas en la negritud, como la canción de un niño para conseguir limosna: “Caritat, caritat, senyora, / caritat pel meu germà / que va nèixer sense braços / i no se la pot pelar”.

Vendrán más novelas de Marsé que volverán a ocuparse de la época y ofrecerán personajes más perfilados y una estructura narrativa más compleja. Pero ese mundo de Marsé, el que retrata una posguerra tan dura como despreciable, se puede disfrutar en esta novela breve, pero no menor.

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