Javier Cercas es Enric Marco

“Una novela de no ficción”, así es como Javier Cercas define en varias ocasiones el libro que se trae entre manos, una obra híbrida en la que a menudo el lector asiste aturdido al juego de espejos en el que se confunden el Cercas escritor, el Cercas protagonista del libro en tanto que escritor, el Cercas personaje público por su condición de articulista, el Cercas generador de opinión dada su faceta de escritor, el Cercas padre que establece con su hijo guiños de lector…

Una sobredosis de Javier Cercas en esta historia basada en hechos reales, construida a la manera de un documental exhaustivo, trufada de opiniones personales (no podía ser de otra manera con tanto Cercas disputándose el protagonismo) y que hace del proceso de documentación y escritura mismos uno de los hilos argumentales de “El impostor” (Random House Mondadori, 2015), una obra que desenmascara a Enric Marco, el hombre que se hizo pasar por deportado de los nazis y que se construyó una biografía a “mayor gloria propia” a lo largo de toda su vida.

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La por momentos tediosa introducción de por qué Cercas, finalmente, decide escribir este libro ya aventura esta apoteosis del yo, una de las debilidades de la obra. Tras autojustificar por varias vías la decisión, varias veces postergada, de enfrascarse en la elaboración del mismo, Cercas enumera las “presiones” amistosas que recibió de su entorno, tanto en un sentido como en otro, para abordar la figura de Marco. Suena a jactancia la narración de una cena en la que Vargas Llosa y Martínez de Pisón, por diferentes razones, lo consideraron la persona idónea para esta tarea. Sobra la inclusión de su hijo Raül en el proceso de documentación, con escenas impostadas en las que alecciona a su hijo sobre los textos de Primo Levi. Están de más las autocitas a su obra anterior para justificar, al final de todo, por qué Cercas se atrevió con semejante tarea. Y hay muchos momentos en los que el Cercas personaje parece abducir al Cercas escritor-documentalista-padre y no sé cuántas facetas más.

Además de este autojustificativo introito, al libro le sobran muchas páginas: hay escenas cortadas a cuchillo que vuelven a aparecer, con redundancias incluidas; se repite hasta la saciedad definiciones extemporáneas tipo “rock star” o “campeón de la memoria histórica” para referirse a Marco, se rompe constantemente el hilo narrativo de la azarosa y adornada historia del biografiado y el conjunto adolece de un desorden que no parece premeditado.

El libro además destila pequeñas “maldades” que uno no acaba de entender: tras argumentar que “memoria histórica” es una especie de oxímoron porque la primera es individual y selectiva mientras que el adjetivo aspira a la objetividad y tiene un componente comunitario, habla con desdén de la “industria de la memoria histórica”, en lo que se puede interpretar como una manera poco elegante de hablar al tún tún de miles de personas que gracias a ese “falso supuesto” pueden aspirar a hacer justicia a sus muertos y poder enterrarlos y así cerrar el duelo. ¿De verdad cree Cercas que hay un lucrativo negocio en la “memoria histórica”?

Otro detalle curioso es el de castellanizar topónimos catalanes como Montjuich o las calles del Peligro o Torrente de las Flores cuando, por el contrario, hace ostentación de la diéresis en que catalaniza el nombre de hijo Raül. ¿Exceso de celo del corrector?

La vida de Enric Marco, que es lo que en definitiva aborda este libro, está llena de impostura. Y por sí misma proporciona una auténtica novela (de ficción). La gracia está en que, precisamente, Marco fue capaz de darle visos de realidad y hacerla pasar como tal. Con materiales tan ricos (y esa especie de enfermedad narcisista y fabuladora del protagonista) se antojan superfluos los desvelos del autor para convertirse él también en protagonista de una historia donde no hace más que añadir reflexiones que unas veces enlazan con el Quijote, otras con autocitas, las más de las ocasiones con detalles familiares absolutamente prescindibles.

soldados de salamina

Este batiburrillo de realidad ficcionalizada (o al revés, que tanto da) supuso en su momento el espaldarazo de Cercas con “Soldados de Salamina” (2001). Su editor, de Tusquets, cuando iba ya por la vigésimo y pico edición, no supo qué responder a la pregunta de un grupo de periodistas que hacían un curso de posgrado para ser críticos literarios. Sólo querían saber las razones del éxito. “La gente desea conocer la Historia” acabó argumentando. La habilidad narrativa de aquella novela, que huía del maniqueísmo, podía ser otra de las razones de tantas decenas de miles de lectores. Ayudó también la potente foto del miliciano de la cubierta, más rotunda aún en el marco negro de la colección de Tusquets. No era una gran novela, pero era eficaz. Y sintética.

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Tras su salto a la fama, Cercas “ficcionalizó” en “Anatomía de un instante” (Random House, 2009) por qué Carrillo y Suárez no se echaron cuerpo a tierra en el 23-F, en el fragor de las metralletas. Aquí echó mano de su padre para justificar el libro, en una especie de homenaje a esa generación y al sacrificio y los silencios que acunaron la paz de la llamada “transición”. Hubo voces críticas que acusaron a Cercas de bailar el agua a los inmovilistas y de justificar las sombras de la Transición.

El libro sobre Enric Marco peca de redundancias circulares (en las que no caía una novela tan concisa como “Soldados de Salamina”) e incide en un personalismo mucho más acusado y en una serie de apriorismos que ya se intuían en el estilo del libro sobre el 23-F. Con una historia tan rica en detalles, sin necesidad alguna de novelar, parece que Cercas se ha creído de verdad que “él es Enric Marco” (como tituló un artículo en El País) y ha preferido ser protagonista y no mero escribidor.

Clap clap

Los quintos de Kiko Amat, aunque no hayamos leído tanto como él, tenemos la vista lo suficientemente cascada como para no poder leer (ni con gafas) los textos de los chistes que encabezan cada capítulo. Creo que es el único pero que he sabido encontrarle a un libro como “Chap Chap”, peculiar título de esta “antología confesional” donde, como dice la solapa, hay “artículos, listas, diatribas, columnas varias, piezas inéditas, piezas rechazadas y panegíricos escritos entre 1987 y 2014”.

Una vez descrito objetivamente el contenido, es hora de pasar a las sensaciones, que son variadas y muy gratas. Este tocho de casi 500 páginas editadas primorosamente por Blackie Books no está reñida la tapa blanda y solapas con un libro bien elaborado y mejor parido) tiene también un índice onomástico muy útil y se organiza en capítulo simplemente numerados, entre los que se intercalan “pruebas” de títulos elocuentes: “9 insultos gratuitos”, “9 insultos merecidos”, “los 6 peores artículos de mi carrera” y “osados preámbulos que no veían a cuento”.

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La prosa torrencial de Kiko Amat, sin vergüenza alguna para ridiculizarse a sí mismo, llena todo lo demás. Está tan seguro de poseer un estilo propio, y de saber defenderlo y cultivarlo con gracia, que hasta se permite dar las claves para hacer un buen artículo.

Conocedor de los gustos de su público, los hace partícipes de su pasión por algunos grupos británicos (también hay grupos de Barcelona como los Brighton 64 o los experimentos de su adorado Miqui Puig) y da rienda suelta a una erudición en absoluto impostada. Por la misma razón, porque sabe cómo recibirán sus seguidores una columna firmada por él si aborda a determinados personajes, se chotea de un concierto de Julio Iglesias, hace una extravagante entrevista a Miguel Bosé, visita al clan de los Pujol en su retiro de Queralbs tras reconocer el patriarca que no había encontrado el momento de declarar unos milloncejos o justifica su delirante enganche a una serie escrita con los pies como “Al salir de clase”, todo un fenómeno en su momento que todavía hoy parece imposible que se llegara a grabar más allá del episodio piloto.

Con el mismo aplomo que utiliza para poner a parir a The Style Council luego es capaz de argumentar a su favor, elabora un desopilante decálogo de cosas que no puedes hacer desde que tienes hijos (cagar tranquilo, por ejemplo) y otro de las que sí puedes hacer con ellos (hacer el imbécil en público, sin ir más lejos), y va entrando en aparentes contradicciones: juzga severamente su pasado cafre de chico de extrarradio para poco después reconocer que fue ese pasado lo que lo llevó (o lo trajo) hasta donde está hoy: desde el suburbial Sant Boi al Passeig de Sant Joan barcelonés, en pleno Eixample, al lado de la cada vez más pijotera Gràcia.

Son textos muy variados, en todos los sentidos: más largos o más cortos, más o menos insultantes, mejor o peor concebidos, con mayor o menor carga de erudición, para fanzines de corta circulación o para el suplemento cultural del diario del Conde, publicados o censurados, cargados de admiración o desprendiendo una mala baba que pocos articulistas destilan con tanta gracia. No es por ello este un libro desigual: el nivel medio es más que alto, la personalidad de Kiko Amat ejerce de argamasa y los casi 30 años transcurridos desde el primer texto publicado y el más reciente muestran, más que una evolución, una reafirmación en una manera muy personal de hacer periodismo cultural, de manera que los últimos evidencian oficio y acopio de lecturas y canciones pero no se puede decir que sean mejores. Aquel operario de la SEAT, que también repartió cartas, atendió en la FNAC, encuestó y preparó concentrado de frutas (impagables páginas 371 y ss.), quería vivir de escribir y lo consiguió.

No es que el libro se lea de un tirón, es que no hay manera de dejarlo. He trasnochado durante una semana por culpa de Kiko Amat. Ahora, cuando me encuentro esporádicamente su firma en Babelia o en el Culturas, tengo la sensación de rencontrarme con un viejo conocido y me pregunto qué tal estará su pelirroja familia, si habrá conseguido colar su último texto o qué estará escuchando en este momento, mientras intenta hacerse una paja evitando las escrutadoras miradas de sus hijos desde las fotos que hay desperdigadas por esas estanterías repletas de libros y discos.

Éste es el grado de cercanía que uno alcanza cuando lee de un tirón un libro tan absorbente como “Chap Chap”. Una puta maravilla.

Más sexo y menos poesía

La expectación que levantó el tráiler de “50 sombras de Grey”, deudora del éxito planetario de la novela homónima (primera parte de una trilogía con más sombras todavía), hizo que las secciones de Cultura de muchos medios desempolvaran otros títulos de “nivel literario superior”. La etiqueta de “porno para mamás” con que despacharon los libros de E. L. James tenía que tener un contrapunto de calidad, con títulos clásicos firmados por autores consagrados, para que así quedara bien claro que mostrar el sexo en la literatura es tan antiguo como el andar a pie y que las historias procaces han existido desde que alguien quiso alardear con lo bien que se lo había pasado jugando con lo que nos cuelga.

En estas recomendaciones culturetas no faltaban referencias a las “1.000 y una noches”, a los “Trópicos” de Henry Miller, al Decameron, a “La lozana andaluza” y a otros hitos de eso que a veces llaman “libros para leer con una mano”. En esta variada panoplia de lecturas calientes solía aparecer “El amante de Lady Chatterley”, todo un clásico de la infidelidad en el que además se puede encontrar una crítica a esa aristocracia decadente, rentista, clasista e hipócrita así como cierta denuncia de la sociedad británica rural, con minas de carbón a punto de agotarse y miles de obreros malviviendo mientras los amos hacían gala de indolencia al tiempo que les salían unos cuernos del tamaño de un fémur.

el amante de lady Chatterley

“Somos un par de guerreros maltrechos”, le dice la Lady ardorosa a su amante enfebrecido después de uno de sus polvos reconstituyentes, en la cama de él, abandonadas las incomodidades de los encuentros furtivos en la caseta del guardabosque. Además de haber creado un arquetipo, si algo puede sorprender de esta novela es la frescura de los diálogos o las descripciones de los vaivenes amatorios. No hay metáforas ni circunloquios y, cuando Clifford introduce sus dedos en los agujeros más recónditos de Connie, es así como se explica. La hipocresía de la que hace gala el lord cornudo e impedido se reserva para las reuniones sociales, aunque reconozca, sin remordimientos, que “hemos envenenado a las masas con un poco de instrucción”, “lo que ahora necesitamos coger son látigos, no las espadas” o “decir que las masas pueden gobernarse por sí mismas no es más que una pura farsa”.

Un “mal follao” resumiría un castizo, por oposición a la rebelde Lady Chatterley. Ésta, cuando atisba lo endeble que es su cautiverio social, deja atrás los convencionalismos, se lía con el empleado de marido, finge un matrimonio de conveniencia con un pintor mojigato y espera ansiosa que llegue el momento de escapar a la caseta del guardabosque para recuperar el placer que descubrió en su juventud de estudiante en Alemania. Para acabarlo de arreglar, un padre putero y libre de remilgos, la anima a seguir por la misma senda por él transitada.

obras completas de Sally Mara

Con un componente mucho menos dramático (más bien todo lo contrario), Raymond Queneau jugueteó con el sexo en tres novelas que atribuyó a Sally Mara, una especie de seudónimo que le sirvió para establecer un juego metaliterario con algún que otro colega del OuLiPo. Los de Blackie Books han reunido con el genérico y poco comercial título de “Obras completas de Sally Mara” estos tres relatos desopilantes, cada uno de su padre y de su madre., que se titulan por orden de aparición “Diario íntimo”, “Siempre somos demasiado buenos con las mujeres” y “Sally íntima”. En el primero conocemos a esa Sally, que quiere aprender gaélico y se va dando de bruces con una variopinta serie de hombres (y alguna mujer) que sólo piensan en lo único. En una Irlanda católica y cafre, Sally cuenta sus encuentros con el sexo opuesto (muchas veces enhiesto) como si se cayera de un guindo, y es delirante ese contraste entre su supuesta ingenuidad y la cazurrería imperante. La segunda novela todavía es más gamberra. Allí es una funcionaria de Correos, Gertie, la que se va pasando por la piedra a los integrantes de un comando del IRA que ha asaltado las oficinas postales. En la tensa espera hasta que las tropas británicas remonten el río para tomar la estafeta (comandadas, para más inri, por el prometido de Gertie), los fluidos corporales se irán liberando en medio de una sucesión de situaciones esperpénticas. Los aforismos del último libro de la trilogía culminan tan estimulante obra. El crítico Santos Villanueva recogía en El Cultural el que quizá mejor defina este divertimento de Queneau: “el humor es un intento de lijar la gilipollez de los grandes sentimientos”.

Completa esta terna erótica una autora habitual de tales recopilaciones: Anaïs Nin. Dice en un prólogo firmado en 1976 que fue un coleccionista cuadro décadas atrás el que, a razón de un dólar la página, le pidió a Henry Miller que le escribiera cuentos eróticos. Pronto el famoso escritor hizo partícipe a Anaïs Nin del encargo, al tiempo que las dificultades económicas de ambos –dice el prólogo de esta edición de Alianza– hicieron el resto. Nin empezó a recopilar historias que había vivido, ella o sus amigos, y también rehízo otras que le habían contado. El coleccionista le pidió “más sexo y menos poesía” y la autora se rodeó de sus amigos para suministrar al misterioso protector “tal cantidad de satisfacciones perversas que nos mendigaba más”.

delta de venus

En una apostilla de la introducción, Anaïs Nin señala que al elaborar los relatos se dio cuenta de que “durante siglos sólo habíamos tenido un modelo para este género literario: los textos de autores masculinos”. Ella proporcionó un lenguaje de mujer, “viendo la experiencia sexual desde la perspectiva femenina”. La quincena de relatos de “Delta de Venus” toca todos los palos: voyeurismo, pedofilia, prostitución, infidelidades, sexo rápido, penes diversos y penetraciones variadas… y lo hace con un lenguaje explícito en el que hasta se puede rastrear la poesía desdeñada por el coleccionista. Ricos en detalles, sin gazmoñerías, con nalgas que se abren, entrañas ardientes, bocas hábiles y penes de antología, las fantasías del coleccionista quedan satisfechas al tiempo que los lectores seguimos agradeciendo aquellos dólares tan bien invertidos.

D. H. Lawrence, Raymond Queneau y Anaïs Nin levantaron obras libres, divertidas o frescas que siguen vivas casi un siglo de que se publicara la primera de ellas. Es seguro que no podrán decir lo mismo esas “sombras de Grey” que tantos palos han recibido: de los críticos, por su poca calidad literaria; de las feministas, por su imagen de mujer sometida; de los pornógrafos, por quedarse cortas sus fantasías… Los sellos editoriales que han arreglado sus balances anuales a cuenta de los cientos de miles de ejemplares vendidos no han abierto la boca todavía, ni para lanzar gritos de gozo.