Más sexo y menos poesía

La expectación que levantó el tráiler de “50 sombras de Grey”, deudora del éxito planetario de la novela homónima (primera parte de una trilogía con más sombras todavía), hizo que las secciones de Cultura de muchos medios desempolvaran otros títulos de “nivel literario superior”. La etiqueta de “porno para mamás” con que despacharon los libros de E. L. James tenía que tener un contrapunto de calidad, con títulos clásicos firmados por autores consagrados, para que así quedara bien claro que mostrar el sexo en la literatura es tan antiguo como el andar a pie y que las historias procaces han existido desde que alguien quiso alardear con lo bien que se lo había pasado jugando con lo que nos cuelga.

En estas recomendaciones culturetas no faltaban referencias a las “1.000 y una noches”, a los “Trópicos” de Henry Miller, al Decameron, a “La lozana andaluza” y a otros hitos de eso que a veces llaman “libros para leer con una mano”. En esta variada panoplia de lecturas calientes solía aparecer “El amante de Lady Chatterley”, todo un clásico de la infidelidad en el que además se puede encontrar una crítica a esa aristocracia decadente, rentista, clasista e hipócrita así como cierta denuncia de la sociedad británica rural, con minas de carbón a punto de agotarse y miles de obreros malviviendo mientras los amos hacían gala de indolencia al tiempo que les salían unos cuernos del tamaño de un fémur.

el amante de lady Chatterley

“Somos un par de guerreros maltrechos”, le dice la Lady ardorosa a su amante enfebrecido después de uno de sus polvos reconstituyentes, en la cama de él, abandonadas las incomodidades de los encuentros furtivos en la caseta del guardabosque. Además de haber creado un arquetipo, si algo puede sorprender de esta novela es la frescura de los diálogos o las descripciones de los vaivenes amatorios. No hay metáforas ni circunloquios y, cuando Clifford introduce sus dedos en los agujeros más recónditos de Connie, es así como se explica. La hipocresía de la que hace gala el lord cornudo e impedido se reserva para las reuniones sociales, aunque reconozca, sin remordimientos, que “hemos envenenado a las masas con un poco de instrucción”, “lo que ahora necesitamos coger son látigos, no las espadas” o “decir que las masas pueden gobernarse por sí mismas no es más que una pura farsa”.

Un “mal follao” resumiría un castizo, por oposición a la rebelde Lady Chatterley. Ésta, cuando atisba lo endeble que es su cautiverio social, deja atrás los convencionalismos, se lía con el empleado de marido, finge un matrimonio de conveniencia con un pintor mojigato y espera ansiosa que llegue el momento de escapar a la caseta del guardabosque para recuperar el placer que descubrió en su juventud de estudiante en Alemania. Para acabarlo de arreglar, un padre putero y libre de remilgos, la anima a seguir por la misma senda por él transitada.

obras completas de Sally Mara

Con un componente mucho menos dramático (más bien todo lo contrario), Raymond Queneau jugueteó con el sexo en tres novelas que atribuyó a Sally Mara, una especie de seudónimo que le sirvió para establecer un juego metaliterario con algún que otro colega del OuLiPo. Los de Blackie Books han reunido con el genérico y poco comercial título de “Obras completas de Sally Mara” estos tres relatos desopilantes, cada uno de su padre y de su madre., que se titulan por orden de aparición “Diario íntimo”, “Siempre somos demasiado buenos con las mujeres” y “Sally íntima”. En el primero conocemos a esa Sally, que quiere aprender gaélico y se va dando de bruces con una variopinta serie de hombres (y alguna mujer) que sólo piensan en lo único. En una Irlanda católica y cafre, Sally cuenta sus encuentros con el sexo opuesto (muchas veces enhiesto) como si se cayera de un guindo, y es delirante ese contraste entre su supuesta ingenuidad y la cazurrería imperante. La segunda novela todavía es más gamberra. Allí es una funcionaria de Correos, Gertie, la que se va pasando por la piedra a los integrantes de un comando del IRA que ha asaltado las oficinas postales. En la tensa espera hasta que las tropas británicas remonten el río para tomar la estafeta (comandadas, para más inri, por el prometido de Gertie), los fluidos corporales se irán liberando en medio de una sucesión de situaciones esperpénticas. Los aforismos del último libro de la trilogía culminan tan estimulante obra. El crítico Santos Villanueva recogía en El Cultural el que quizá mejor defina este divertimento de Queneau: “el humor es un intento de lijar la gilipollez de los grandes sentimientos”.

Completa esta terna erótica una autora habitual de tales recopilaciones: Anaïs Nin. Dice en un prólogo firmado en 1976 que fue un coleccionista cuadro décadas atrás el que, a razón de un dólar la página, le pidió a Henry Miller que le escribiera cuentos eróticos. Pronto el famoso escritor hizo partícipe a Anaïs Nin del encargo, al tiempo que las dificultades económicas de ambos –dice el prólogo de esta edición de Alianza– hicieron el resto. Nin empezó a recopilar historias que había vivido, ella o sus amigos, y también rehízo otras que le habían contado. El coleccionista le pidió “más sexo y menos poesía” y la autora se rodeó de sus amigos para suministrar al misterioso protector “tal cantidad de satisfacciones perversas que nos mendigaba más”.

delta de venus

En una apostilla de la introducción, Anaïs Nin señala que al elaborar los relatos se dio cuenta de que “durante siglos sólo habíamos tenido un modelo para este género literario: los textos de autores masculinos”. Ella proporcionó un lenguaje de mujer, “viendo la experiencia sexual desde la perspectiva femenina”. La quincena de relatos de “Delta de Venus” toca todos los palos: voyeurismo, pedofilia, prostitución, infidelidades, sexo rápido, penes diversos y penetraciones variadas… y lo hace con un lenguaje explícito en el que hasta se puede rastrear la poesía desdeñada por el coleccionista. Ricos en detalles, sin gazmoñerías, con nalgas que se abren, entrañas ardientes, bocas hábiles y penes de antología, las fantasías del coleccionista quedan satisfechas al tiempo que los lectores seguimos agradeciendo aquellos dólares tan bien invertidos.

D. H. Lawrence, Raymond Queneau y Anaïs Nin levantaron obras libres, divertidas o frescas que siguen vivas casi un siglo de que se publicara la primera de ellas. Es seguro que no podrán decir lo mismo esas “sombras de Grey” que tantos palos han recibido: de los críticos, por su poca calidad literaria; de las feministas, por su imagen de mujer sometida; de los pornógrafos, por quedarse cortas sus fantasías… Los sellos editoriales que han arreglado sus balances anuales a cuenta de los cientos de miles de ejemplares vendidos no han abierto la boca todavía, ni para lanzar gritos de gozo.

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