Clap clap

Los quintos de Kiko Amat, aunque no hayamos leído tanto como él, tenemos la vista lo suficientemente cascada como para no poder leer (ni con gafas) los textos de los chistes que encabezan cada capítulo. Creo que es el único pero que he sabido encontrarle a un libro como “Chap Chap”, peculiar título de esta “antología confesional” donde, como dice la solapa, hay “artículos, listas, diatribas, columnas varias, piezas inéditas, piezas rechazadas y panegíricos escritos entre 1987 y 2014”.

Una vez descrito objetivamente el contenido, es hora de pasar a las sensaciones, que son variadas y muy gratas. Este tocho de casi 500 páginas editadas primorosamente por Blackie Books no está reñida la tapa blanda y solapas con un libro bien elaborado y mejor parido) tiene también un índice onomástico muy útil y se organiza en capítulo simplemente numerados, entre los que se intercalan “pruebas” de títulos elocuentes: “9 insultos gratuitos”, “9 insultos merecidos”, “los 6 peores artículos de mi carrera” y “osados preámbulos que no veían a cuento”.

Chap_Chap

La prosa torrencial de Kiko Amat, sin vergüenza alguna para ridiculizarse a sí mismo, llena todo lo demás. Está tan seguro de poseer un estilo propio, y de saber defenderlo y cultivarlo con gracia, que hasta se permite dar las claves para hacer un buen artículo.

Conocedor de los gustos de su público, los hace partícipes de su pasión por algunos grupos británicos (también hay grupos de Barcelona como los Brighton 64 o los experimentos de su adorado Miqui Puig) y da rienda suelta a una erudición en absoluto impostada. Por la misma razón, porque sabe cómo recibirán sus seguidores una columna firmada por él si aborda a determinados personajes, se chotea de un concierto de Julio Iglesias, hace una extravagante entrevista a Miguel Bosé, visita al clan de los Pujol en su retiro de Queralbs tras reconocer el patriarca que no había encontrado el momento de declarar unos milloncejos o justifica su delirante enganche a una serie escrita con los pies como “Al salir de clase”, todo un fenómeno en su momento que todavía hoy parece imposible que se llegara a grabar más allá del episodio piloto.

Con el mismo aplomo que utiliza para poner a parir a The Style Council luego es capaz de argumentar a su favor, elabora un desopilante decálogo de cosas que no puedes hacer desde que tienes hijos (cagar tranquilo, por ejemplo) y otro de las que sí puedes hacer con ellos (hacer el imbécil en público, sin ir más lejos), y va entrando en aparentes contradicciones: juzga severamente su pasado cafre de chico de extrarradio para poco después reconocer que fue ese pasado lo que lo llevó (o lo trajo) hasta donde está hoy: desde el suburbial Sant Boi al Passeig de Sant Joan barcelonés, en pleno Eixample, al lado de la cada vez más pijotera Gràcia.

Son textos muy variados, en todos los sentidos: más largos o más cortos, más o menos insultantes, mejor o peor concebidos, con mayor o menor carga de erudición, para fanzines de corta circulación o para el suplemento cultural del diario del Conde, publicados o censurados, cargados de admiración o desprendiendo una mala baba que pocos articulistas destilan con tanta gracia. No es por ello este un libro desigual: el nivel medio es más que alto, la personalidad de Kiko Amat ejerce de argamasa y los casi 30 años transcurridos desde el primer texto publicado y el más reciente muestran, más que una evolución, una reafirmación en una manera muy personal de hacer periodismo cultural, de manera que los últimos evidencian oficio y acopio de lecturas y canciones pero no se puede decir que sean mejores. Aquel operario de la SEAT, que también repartió cartas, atendió en la FNAC, encuestó y preparó concentrado de frutas (impagables páginas 371 y ss.), quería vivir de escribir y lo consiguió.

No es que el libro se lea de un tirón, es que no hay manera de dejarlo. He trasnochado durante una semana por culpa de Kiko Amat. Ahora, cuando me encuentro esporádicamente su firma en Babelia o en el Culturas, tengo la sensación de rencontrarme con un viejo conocido y me pregunto qué tal estará su pelirroja familia, si habrá conseguido colar su último texto o qué estará escuchando en este momento, mientras intenta hacerse una paja evitando las escrutadoras miradas de sus hijos desde las fotos que hay desperdigadas por esas estanterías repletas de libros y discos.

Éste es el grado de cercanía que uno alcanza cuando lee de un tirón un libro tan absorbente como “Chap Chap”. Una puta maravilla.

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