Cómo se escribe una novela (dos lecciones)

Debe de ser que el oficio de novelista proporciona a quien lo desempeña con brillantez algunas habilidades extra, como para ser capaz de desmenuzar sus relatos por partes y volverlos a presentar, incluso enseñando las costuras, como si fueran piezas acabadas en las que hasta los pespuntes son dignos de admiración.

Hace poco, en su sección semanal en el suplemento literario del diario en catalán Ara, Eva Piquer despachaba en tres palabras la “Operación Dulce” (Anagrama, 2013) de Ian McEwan como una “novela de espías”. O no tenía más espacio para poder matizar o no había caído en todo lo que contiene esta novela, sí, de espías ambientada en plena Guerra Fría, en la que una meritoria del MI5, Serena Frome, debe reclutar escritores con futuro para escribir obras que puedan ser leídas como propaganda anticomunista.

operacion dulce

Es verdad que el relato se perfila como una operación secreta, que se describen con cierto detalle algunas fases del reclutamiento de miembros del MI5 y que en la trama se suceden episodios que parecen salidos de una película de James Bond. En realidad, el de espía no es más que un disfraz con el que McEwan se presenta en una fiesta literaria a la que nos invita, y de la que a veces nos enseña hasta la tramoya o el cuarto de las escobas.

El juego literario se presenta desde la primera línea (“Me llamo Serena Frome y hace casi cuarenta años me encomendaron una misión secreta del Servicio de Seguridad británico”), donde el autor se trasmuta en una narradora que además lo hace en primera persona. El artificio está servido y pronto se irá desplegando una gran variedad de recursos con el propósito de mostrar las vacilaciones que provoca el acto creador, poner en evidencia las entretelas de los premios y otros elementos promocionales de un autor casi desconocido, homenajear a las personas “normales” que acompañan al escritor en su proceso creador y hasta dar consejos sobre cómo abordar un bloqueo creativo. Selecciones de noticias, reseñas y críticas literarias, cartas cruzadas entre los protagonistas, fragmentos de la novela que escribe el autor reclutado por Serena, recuerdos envueltos, todos ellos, en un relato que es de por sí un recuerdo de cuatro décadas atrás… Como ha señalado oportunamente Javier Aparicio Maydeu en otro libro imprescindible a pesar de su desorden y desmesura, “la metaficción como anfetamina de la creación”. Y dejemos la categoría de “novela de espías” para el que solo se queda en la superficie, deslumbrado por la brillantina del disfraz.

Tampoco son novelas negras las tres que publicó Ramiro Pinilla otorgando el protagonismo a su librero convertido en detective privado. Y eso que responden a los cánones del género casi al pie de la letra: el muerto está ya en la primera página, los sospechosos más evidentes son al final más inocentes que el lector, el detective fuma Lucky, viste abrigo y va tocado con sombrero y los títulos no pueden ser más admonitorios: “Sólo un muerto más”, “El cementerio vacío” y “Cadáveres en la playa”. Publicadas por Tusquets en 2009, 2013 y 2014, poco antes de la muerte de Pinilla esta última, ha sido Círculo quien las he recopilado en una llamada “Trilogía Samuel Esparta”.

trilogia samuel esparta

Ya de buen comienzo Pinilla pone las cartas sobre la mesa y crea un detective que evoca indefectiblemente al Sam Spade de Dashiell Hammet. El seudónimo de Samuel Esparta lo elige el librero de Getxo Sancho Bordaberri, que cambia de nombre para cambiar de actividad y dejar la librería Beltza en manos de su ayudante Koldobike mientras él inicia las pesquisas que le llevarán a resolver misterios y, sobre todo, le permitirán escribir novelas que nos son más que el relato fidedigno de todo el proceso investigador, sin dejar nada en el tintero. Sabemos cómo avanza la investigación porque estamos leyendo la novela que se inspiró en ella y tenemos acceso a la novela porque hay una investigación en marcha.

Sancho Bordaberri, cansado de su fracaso como escritor de novela negra ambientando sus historias en Nueva York, decide mirar hacia su propio pueblo y ponerse a investigar un crimen ocurrido años atrás en la playa. Dos hermanos fueron encadenados en la playa y uno de ellos murió con la subida de la marea, el otro se salvó. Son los años de la posguerra y Getxo acoge, además de a la nobleza del hierro y el carbón vizcaínos, a muchos perdedores que lo son por partida doble: por vascos y por rojos. En medio del silencio impuesto por la dictadura Bordaberri/Esparta salda con éxito su primer caso y su fama, para bien o para mal, permitirá que los getxotarras lo contraten en el futuro para desenmascarar otros crímenes de enjundia.

Algunos de los protagonistas de las dos nuevas novelas se saben inmersos en una narración que un día será publicada y establecen con el narrador (el propio Esparta) juegos metaficcionales que al autor Pinilla le sirven para guiñar el ojo a sus lectores. Quejas sobre lo poco que se leía (y se lee) en este país, comentarios sobre las buenas ventas de “Cien años de soledad”, quejas sobre los editores y los distribuidores (que a buen seguro festejarán los libreros) y otros muchos detalles que a veces tienen de autoparodia una serie de novelas que pueden parecer un divertimento pero que los lectores de Pinilla sabemos que se tomaba muy en serio.

Son tres libros en absoluto menores que, sobre todo en el caso del primero, se podrían entender como subtramas de “Verdes valles, colinas rojas”, la monumental trilogía que a tantos lectores encandiló y que sacó del ostracismo a Pinilla. No en vano, aparecen mencionados Roque Altube, Madia o Magda (sigue sin aclararse el nombre), Ella, el maestro… Y está omnipresente Getxo, y el miedo que siguió a la guerra, y la situación paupérrima en que quedó el país en todos los sentidos, y las características tan definitorias de lo vasco que hemos visto en toda la obra de Pinilla…

Son tres novelas fabulosas por el juego metaliterario con el que están trenzadas y son muy entretenidas, acercando el género negro a los caseríos de la margen derecha de la ría del Nervión y sustituyendo los problemas de alcohol, drogas o discriminación debido a cuestiones de raza por deseos de venganza que alimentan varias generaciones de una familia vasca, agravios surgidos de la guerra civil o supersticiones atávicas de un cementerio que se vacía por debajo, horadado por las olas que quieren que dos amantes enterrados al lado el uno del otro viajen abrazados sobre el agua por toda la eternidad.

Dice Sancho Bordaberri, totalmente metido en un papel de Samuel Esparta en un momento de la segunda novela: “No soy un justiciero, sólo rastreo realidades para engarzar una trama”.

Koldobike, su ayudante (que llega a teñirse de rubia cuando Esparta se pone en acción para así estar más a tono con las novelas de Chandler o Hammet) le die pocas líneas más adelante: “La novela está llena de elecciones tuyas. ¿Cómo te las arreglas para engañarte creyendo que la novela baila sola? ¡Tú eres también la realidad!”.

Dan ganas de aplaudir.

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