Ellos también fueron a la EGB

La lectura de “Campo rojo” es desasosegante. Cómo tuvo que ser su escritura. La crueldad de la infancia en el tránsito a la adolescencia es la dueña absoluta de esta obra con toques de fatalismo, ambiente de periferia y olor a fábrica de arrabal. Van apareciendo numerosos detalles, poco a poco, como pequeñas pinceladas puntillistas que acabarán mostrando un paisaje, que nos permiten ubicar la historia en aquellos años ochenta que hoy evocan con nostalgia tantos libros y series de televisión. La de esta novela es la cara oculta de la EGB, la oscuridad de una época donde el bullying no era más que “cosas de críos”; el sexo se descubría con una mezcla de terror, estupefacción y absoluto desconocimiento, y muchos padres, de ambos sexos, se deslomaban pensando que con cultura las nuevas generaciones vivirían mejor que ellos.

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Mazinger, las lecturas del Senda, la enciclopedia temática Maravillas del saber, la propia EGB son algunas de las migas que van marcando el camino que traza Ángel Gracia, un autor nacido en 1970 en una Zaragoza muy parecida a la que se evoca en este libro, aunque nunca se cite. Palabras tan aragonesas como “arguellada” o “farute”; topónimos como Candanchú o el cuartel de San Gregorio, menciones a comercios tan arraigados en la capital aragonesa como Gay… proporcionan verosimilitud a los lectores que compartimos escenarios con Ángel Gracia, pero la historia que narra es universal, descubre la España que bostezaba después de la dictadura y muestra una crueldad y un odio que no querríamos ver relacionados con la infancia.

La dictadura de los más fuertes de la clase, de los más guapos, de los ricos (aunque sea una riqueza muy de andar por casa) se impone sin titubeos a aquellos que no pueden aspirar más a ser admitidos en este selecto club de los excluyentes. Esa manera de reír las gracias del poderoso, de humillarse ante el que tiene éxito, de pisar para no ser pisado, de vivir permanentemente avergonzado es el día a día del Gafarras, el cuatroojos que ejerce el protagonismo de esta novela narrada en presente y en una peculiar y eficaz segunda persona. Él es uno de los humillados: inteligente sin ser el primero de la clase, con una familia de escaso poder económico que no le permite ir vestido a la moda ni veranear más allá del pueblo de los abuelos, sin ningún atributo físico destacable más allá de llevar unas gafas que hay que cambiar cada poco tiempo, que se deslizan sobre la punta de su nariz y que pesan endemoniadamente.

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La novela es un discurrir cadencioso e inmisericorde por las desgracias de un grupo de niños que han caído en desgracia. Las va mostrando el Gafarras al tiempo que sufre en sus carnes algunas de ellas y se acumula una mezcla de odio e inexplicable admiración, sazonada con un permanente resentimiento, que no invitan a pensar en nada bueno. Semejante salvajismo pronto se aleja del humorismo que podía encerrar una historia juvenil como la que narró Louis Pergaud en “La guerra de los botones” para caer en la desesperanza que infundía otra historia “con niños” muchas veces reeditada: “El señor de las moscas” de William Golding.

Una novela oscura, sobre la que planea el acojone que acompaña a su protagonista. Dice Sergio del Molino en los textos de la contraportada, y que ha aprovechado sabiamente Candaya en la promoción, que Ángel Gracia ”se abre paso a machetazos por el país de la infancia, destruyendo en el camino su imagen de territorio feliz y complaciente”.

Es el resumen perfecto de esta novela que se lee con angustia, hasta descubrir que de todo aquello no podía salir nada bueno, que en semejante caldo de cultivo la escalada de violencia termina por hacerlo estallar todo en pedazos.

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Autobiografía

Es un clásico del mundo del periodismo. Preguntar cuánto tiene de autobiográfico una novela, un cuento, un poema, una canción, una película… lo que sea que haya hecho el personaje al que uno va a entrevistar. No importa lo famoso que sea el entrevistado (o el periodista), La tentación es demasiado poderosa. No hace mucho el guionista Santiago García, que acaba de sacar a la calle un cómic con el elocuente título de “García” decía que como a alguien se le ocurriera hacerle esa pregunta lo enviaba a freír espárragos, más que nada porque la pregunta vendría a significar que el periodista de turno no se habría dignado a abrir volumen. Porque es verdad que el protagonista se apellida García, igual que el autor, pero es que la historia se ocupa de un García muy peculiar, una especie de superhéroe trasplantado a la realidad actual después de ser congelado durante varias décadas, viajando desde el franquismo de entonces a esto que tenemos ahora.

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Viene a cuento tan largo introito porque Antonio Altarriba temblará si alguien le hace la pregunta de marras para abordar su libro “Yo, asesino”, una historia que ha escrito para que Keko la recreara magistralmente en imágenes. El asesino protagonista es un profesor de la Universidad del País Vasco, como el propio Altarriba; que viaja a congresos dentro y fuera de España, que pugna con sus compañeros de departamento y hasta de especialidad de diferentes universidades por hacerse con una posición meritoria en su disciplina y que, como Altarriba y como todo hijo de vecino, lidia cada día con los imponderables que van surgiendo: un día es una amante, otro es una amenaza del terrorismo de ETA y otro cualquiera es una ponencia en un congreso internacional. Todo muy normal, vamos (en la vida de Altarriba).

Ese título tan personalísimo de “Yo, asesino” viene después de que el propio Altarriba contara en “El arte de volar” otra historia, que se encargó de ilustrar Kim, y en la que explicaba la vida de su padre, articulada en torno a un flashback descomunal que arrancaba con el suicidio de su progenitor para ir explicando después los avatares de la guerra y la ignominia que hicieron recaer después sobre los vencidos. Por eso, puede que más de uno tiemble al imaginar a Altarriba echando mano de la realidad para después poder contarla en el cómic.

Muchos son los méritos que atesora la “Yo, asesino”, galardonada por doquier. El dibujo expresionista de Keko, en un glorioso B/N que sólo se ve herido por un rojo refulgente, el color de la sangre vertida, es uno de ellos, si no el principal. Hay algunos planos generales, en especial de lugares fácilmente reconocibles como la madrileña calle Preciados o la plaza Mayor de Salamanca, que están hechos con el esmero de un grabado de Rembrandt. Hay escenas íntimas de un enorme poder evocador y continuamente aparecen páginas que son todas ellas un juego de claroscuros y un prodigio de planificación. El recurso del color rojo se usa con una solvencia sublime y hay escenas que quedan definitivamente heridas, como el personaje que sufre la ira del protagonista.

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La historia tiene un punto sádico, en un crescendo que va dejando sin aliento, con ligeras concomitancias con los pecados capitales cometidos por Brad Pitt en “Seven”. La crueldad en el arte es el señuelo que pone en circulación Altarriba, para servir de hilo conductor a la historia de unos mediocres profesores universitarios que recelan tanto de los méritos de sus colegas como de su propia habilidad para ocultar la medianía en la que viven inmersos. Son páginas que leemos sin pausa, temiendo que el proceso que ha puesto en marcha el protagonista sea demasiado castigo para que lo que no son sino pecados veniales, o ni eso: la desconfianza, la sensación de fracaso ante el triunfo del prójimo, un punto de lascivia o unas dosis de mentira y prepotencia. Errores humanos solventados de un plumazo, al estilo de la ira de los dioses antiguos.

Factores extracomiqueros o extraliterarios hacen de este cómic (y de otros títulos de Altarriba) una obra singular. La web del guionista permite, entre otras muchas cosas, asistir al proceso de creación, leer sin trabas el guión, opinar, descubrir cómo es una página desde el primer boceto (teniendo en cuenta que también hemos podido leer antes la descripción en el guión) hasta el entintado final y, en definitiva, participar de la materialización de una idea que pasa al papel y adquiere el rango de obra de arte, por momentos.

La generosidad de Altarriba no sólo es digna de aplauso sino que será de gran utilidad para todos aquellos que como el propio autor saben qué dibujarían pero no son capaces de hacerlo. “No sé realizar las imágenes que me vienen a la mente. Soy un minusválido de la plástica y, para compensarlo, busco dibujantes, fotógrafos, pintores… Tengo que agradecerles que hayan dado forma y color, expresión y sentido a mis guiones. Sin ellos mis historias seguirían siendo sueños. Dependo muy estrechamente de mis realizadores porque, en mi caso, los argumentos suelen surgir de imágenes.”

Con Kim en su multipremiada obra anterior, con Keko en esta otra no menos reconocida, Altarriba reivindica el papel de los guionistas, justifica la necesidad de buenas historias y proporciona a sus compañeros de aventuras un vehículo para el lucimiento de sus lápices. Que la historia sea o no autobiográfica, en este caso, es mejor no saberlo. Ni siquiera preguntarlo.

Vistas del Pagasarri

Pocas veces un libro con tantos señuelos con los que sentirme identificado ha sido también una lectura de la que huía precipitadamente, avanzando en diagonal por sus páginas en pos de un capítulo más, de un episodio menos.

“La isla del padre”, de Fernando Marías, es una obra de difícil catalogación que ha sido galardonada con el premio Biblioteca Breve en 2015 y publicada por ello en Seix Barral. Ambientada en Bilbao, con el Pagasarri como macguffin casi omnipresente, aborda la difícil relación que el autor mantuvo con su padre, no tanto por las tiranteces (que las pudo haber) como por la incapacidad de ambos para comunicarse, para intercambiarse afecto, para pedirse cariño o, sencillamente, para construir una relación más profunda a partir de un conocimiento mutuo más espontáneo. Sale a relucir también la marcha del hogar por parte del hijo, la salida a otra ciudad en pos de un sueño, de una carrera de cineasta que parecía más fácil construir en la capital que en su Bilbao natal. Se habla además de casas que se cierran y de sonidos de puertas que, al cerrarlas por última vez, suenan como un punto y aparte en la máquina de escribir, como un salto de carro en la vida. Se evocan lecturas nocturnas a la luz de un flexo, con el silencio ensordecedor de una madrugada en la ciudad que invita a la melancolía y hace más rotundo el sentimiento de soledad, de pérdida. Suena el rumor del mar, las historias de marinos, los secretos familiares sepultados a puñetazos contra un saco de boxeo en las bodegas de un carguero en alta mar.

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Todos son elementos que, por las razones más diversas, me han resultado cercanos, familiares, íntimos. Por encima de todos sobrevuela la muerte, narrada con un detalle que hiere y me traslada a experiencias demasiado recientes, cercanas y dolorosas. Son lacerantes la sensación de pérdida, la imposibilidad de llevar a cabo proyectos inconclusos, el deseo imposible de decir palabras siempre calladas por discreción, timidez o sentido exagerado del ridículo.

Un libro con tantas emociones desbordando sus páginas, que se antojan estrechas para albergar tantas imágenes imperecederas es, sin embargo, frío. Distante, como construido al desgaire, pintado a brochazos sin preocuparse siquiera de ocultar los trazos de lápiz que habría que contornear un pincel más fino. Parece escrito con la prisa que a veces provoca la necesidad de atrapar una emoción antes de que se evapore; a veces incurre en urgencias propias del que avanza sin ruta definida, tocando de oído una melodía en la que no acaba de reconocerse. Aparecen, y desaparecen, familiares llamados a dar empaque al relato y que hacen mutis al tiempo que muestran la tramoya del relato. Y hasta el cierre circular, con el Pagasarri volviendo al primer plano, es una sucesión de frases como pensamientos sincopados que, a la postre, se convierten en el mejor resumen de este experimento confuso no exento de emociones: “Inicio el descenso. Sin prisa, sin miedo. Contar es cerrar. Excepto cuando contar es abrir”.

“No hay nostalgias como las de antes”

Javier Ikaz y Jorge Díaz son un par de individuos que han triunfado con un blog fresco y sencillo dedicado a evocar aquellos años 80 que cuando los vivíamos nos parecían de lo más normalito, tirando a cutres. No es de extrañar entonces que el mundo editorial haya decidido sacar tajada (y lo ha conseguido) convirtiendo en libro todo el material de aquella web susceptible de ser trasladado al papel. Deben de ir ya por los 200.000 ejemplares de la primera entrega, hicieron un segundo volumen, anuncian para esta navidad el tercero, hay un juego de mesa en marcha y no son los únicos que quieren explotar el filón. Se anuncia un doble disco avalado por la mítica revista Súper Pop, se reúnen grupos como los Hombres G o El Último de la Fila y hasta vuelven orgullosas marcas que aspiran a ser hoy lo que ya simbolizaron ayer.

La explicación más sencilla quizá radique en que la franja de edad que hoy aún tiene poder adquisitivo (en conjunto) es la que creció por aquellos años. Son también los mismo que no encuentran cosas de marcianos regalar libros, CDs o hasta vinilos, cada día más presentes en las adocenadas tiendas de discos. Posiblemente sea una moda que se marchite al ritmo que envejecen sus portadores, pero el caso es una publicación tan hípster, tan cool y, dicho en serio, tan interesante como Jot Down ha editado un libro más que ameno sobre la base de esa nostalgia, mirando sin acritud con los ojos de hoy unas series que se concibieron para gustos de hace tres décadas (o más).

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Los que “fuimos a EGB” disfrutamos enormemente con ese juego de espejos en el que, porque estamos vivos, casi siempre tenemos la sensación de haber salido ganando. El libro “Cien series imprescindibles” reúne los textos de una cincuentena de autores que, en pocas palabras (dos o tres folios) y con bastante ingenio muchas veces, recuperan las sensaciones que despertaron series hoy de culto. Muchas veces, no tanto por su valor artístico, su trascendencia televisiva o la composición de sus guiones, como por haber sido emitidas cuando todavía no podíamos intuir que esos días que estábamos viviendo los miraríamos con mucha indulgencia años después.

Los dibujos de Mazinger Z, Vickie el Vikingo, Comando G, Marco, David el Gnomo o Érase una vez… el cuerpo humano se alternan con Verano azul, Alf, Aquellos maravillosos años, El príncipe de Bel Air o Sensación de vivir (por quedarnos en los 90), pero la selección abarca desde Tom y Jerry (incombustibles desde 1940) hasta series de anteayer, que lógicamente escapan al juego de comparaciones que preside todo el volumen.

Hay ejercicios de “animación comparada” entre la Heidi pasada por los dibujantes japoneses a los clásicos vistos por esa pareja no menos clásica de Cruz Delgado y Claudio Biern, que hicieron posibles personajes míticos de la animación española como Don Quijote de la Mancha, D’Artacán, Willy Fog o David el Gnomo. Está también el relato truculento de lo ocurría tras las cámaras en Alf o Roseanne, y hay miradas entre amables y socarronas de episodios de Fama [esos calentadores…], Mac Giver [cómo olvidar su paso por una aldea vasca] o Al salir de clase (donde cada capítulo era peor que el anterior en todos los sentidos).

Posiblemente, si la nostalgia no nos anulase el juicio crítico del modo que lo hace, este libro sería visto como la suma débil de muchas buenas intenciones. Sin embargo, con una buena presentación gráfica (si bien el cuerpo de letra no es el más adecuado para cuarentones consagrados), el volumen se lee con una sonrisa bobalicona y permanente en la cara. Y de regalo viene con una lámina de Mazinger emergiendo de las aguas con Afrodita A y una bolsa de tela con la cara de Pippi Langstrump.

Pura evocación en vena.

Irse de putas y contarlo

Viví la noche con cierta intensidad durante mis años de camarero-periodista en las que trabajaba de lo primero y así estudiar para lo segundo. En una de las discotecas por las que me llevó la carrera recalaban muchos de los clientes de un puticlub cercano. Se tomaban una copa para entonarse o pedían un anís con pippermint, que ellos llamaban “Enderezol”, un nombre de reminiscencias farmacéuticas.

En mi bisoñez sexual, de provincias (para más inri), me llamaba la atención la manera en que encaraban el polvo semanal, más como un compromiso que como una necesidad meramente física. Parecía más importante que los amigos puteros no les pusieran una falta en la cita sabatina que las ganas de “limpiar la escopeta” (eufemismo preferido por uno de los habituales del prostíbulo y de la discoteca, siempre tocado con unas gafas de sol aunque no viera un pijo ni en un sitio ni en el otro).

Antes que ellos, nada más abrir a las 11 de la noche, pasaban por la discoteca las putas, casi siempre solas o en compañía del chulo, pero nunca en grupo. No tomaban café porque no teníamos cafetera, pero les gustaban los chupitos de Bailey’s o de melocotón. Una de ellas, no muy mayor pero bastante machacada, bromeaba acerca de su boca desdentada y sonreía como con vergüenza al preguntarme cuántas veces había pagado yo por echar un polvo. No buscaba respuesta, era su manera de romper el hielo y decirme por enésima vez que los de mi edad sólo iban de putas para reírse de ellas. Era (lo he adivinado después) una sabia combinación de invitación a no hacer eso y de admonición con aires de “el que ríe el último ríe mejor”.

Alguna vez pasaron por la discoteca autoridades locales que venían de (o iban a) limpiar la escopeta. Como estaban borrachos eran indiscretos. Y cuando en otras circunstancias los veía circunspectos presidiendo actos muy serios o participando de alguna procesión me moría de risa por dentro imaginándolos con los calzoncillos por los tobillos y en pleno éxtasis felacional.

MEMORIAS EN COMIC DE UN PUTERO

Me ha venido todo esto a la cabeza al leer un cómic de título evocador (“Pagando por ello”) y subtítulo mucho más clarividente: “Memorias en cómic de un putero” (La Cúpula, 2011). Poco tiene que ver con la realidad que yo conocí, ya que el autor, Chester Brown, muestra una selección de sus encuentros con prostitutas de su Toronto natal, después de un desengaño amoroso, una vez que tomó la decisión de disfrutar del sexo sólo cuando pudiera (o quisiera) pagarlo, sin ataduras ni ningún atisbo de lo que él llama “amor romántico”.

Sin falsas moralinas, sin cinismo, sin dobleces, sin hipocresía, Brown argumenta convincentemente por qué pagar por tener sexo no es peor que darlo o recibirlo a cambio de una estabilidad amorosa o como consecuencia de estar emparejado y tener por ello una serie de obligaciones afectivas y hasta carnales respecto de la pareja.

No alardea de sus polvos (pagados). Los describe con sencillez metódica, hasta con ternura, como la definición de una necesidad física por la que paga un mínimo de 100 dólares por media hora. Esta tarifa es la que le permite disfrutar de un fifty-fifty (mamada + polvo) con chicas bonitas, jóvenes, que pocas veces ponen pegas a sus deseos (poco sofisticados, a decir verdad) y que casi siempre satisfacen las expectativas de Chester, por lo que él se siente “obligado” a recompensarles con una propina de entre 20 y 40 dólares.

La prostitución en Toronto, al menos durante la primera década de los años 2000, podía ejercerse en las variedades de outcall o incall (venga, a leer el libro para conocer las diferencias entre ambas) y las consecuencias legales de una y otra eran bien distintas. Brown se benefició de ambas y, en cualquier caso, tuvo tiempo para hablar con sus “chicas”, reflexionar en torno a la prostitución en la sociedad actual, dada su condición desahogada en lo económico y la libertad en que viven los canadienses.

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El libro, después de 32 capítulos que casi corresponden a otras tantas chicas y que muestran  dibujos eficaces en B/N con pocos alardes artísticos, se cierra con una “vuelta a la monogamia” muy peculiar y se enriquece con más de 50 páginas de apéndices y notas que son el complemento “serio” a las historias en absoluto con vocación de divertimento que las han precedido. No son frívolas las reflexiones de Chester Brown acerca de la legalización de la prostitución ni es gratuita la comparación que hace entre las persecuciones que sufrieron los gays y las que ahora se practican contra la prostitución. No son tampoco ventajistas sus críticas al “sexo obligado” del matrimonio ni sus menciones al rencor que provoca la “monogamia afectiva” o el “amor romántico” cuando un miembro (o los dos) de una pareja encuentra la oportunidad de experimentar novedades sexuales y no puede llevarlas a cabo por mor de esa exclusividad.

Ha dicho Alan Moore de este libro que es “la voz más transparente, sincera y pertinente que queda en el cómic contemporáneo”. Totalmente de acuerdo. En el prólogo, un destroyer como Robert Crumb dice que es un libro “muy instructivo a la par que divertido”. Con lo primero también estoy de acuerdo; con lo segundo, no tanto.