Irse de putas y contarlo

Viví la noche con cierta intensidad durante mis años de camarero-periodista en las que trabajaba de lo primero y así estudiar para lo segundo. En una de las discotecas por las que me llevó la carrera recalaban muchos de los clientes de un puticlub cercano. Se tomaban una copa para entonarse o pedían un anís con pippermint, que ellos llamaban “Enderezol”, un nombre de reminiscencias farmacéuticas.

En mi bisoñez sexual, de provincias (para más inri), me llamaba la atención la manera en que encaraban el polvo semanal, más como un compromiso que como una necesidad meramente física. Parecía más importante que los amigos puteros no les pusieran una falta en la cita sabatina que las ganas de “limpiar la escopeta” (eufemismo preferido por uno de los habituales del prostíbulo y de la discoteca, siempre tocado con unas gafas de sol aunque no viera un pijo ni en un sitio ni en el otro).

Antes que ellos, nada más abrir a las 11 de la noche, pasaban por la discoteca las putas, casi siempre solas o en compañía del chulo, pero nunca en grupo. No tomaban café porque no teníamos cafetera, pero les gustaban los chupitos de Bailey’s o de melocotón. Una de ellas, no muy mayor pero bastante machacada, bromeaba acerca de su boca desdentada y sonreía como con vergüenza al preguntarme cuántas veces había pagado yo por echar un polvo. No buscaba respuesta, era su manera de romper el hielo y decirme por enésima vez que los de mi edad sólo iban de putas para reírse de ellas. Era (lo he adivinado después) una sabia combinación de invitación a no hacer eso y de admonición con aires de “el que ríe el último ríe mejor”.

Alguna vez pasaron por la discoteca autoridades locales que venían de (o iban a) limpiar la escopeta. Como estaban borrachos eran indiscretos. Y cuando en otras circunstancias los veía circunspectos presidiendo actos muy serios o participando de alguna procesión me moría de risa por dentro imaginándolos con los calzoncillos por los tobillos y en pleno éxtasis felacional.

MEMORIAS EN COMIC DE UN PUTERO

Me ha venido todo esto a la cabeza al leer un cómic de título evocador (“Pagando por ello”) y subtítulo mucho más clarividente: “Memorias en cómic de un putero” (La Cúpula, 2011). Poco tiene que ver con la realidad que yo conocí, ya que el autor, Chester Brown, muestra una selección de sus encuentros con prostitutas de su Toronto natal, después de un desengaño amoroso, una vez que tomó la decisión de disfrutar del sexo sólo cuando pudiera (o quisiera) pagarlo, sin ataduras ni ningún atisbo de lo que él llama “amor romántico”.

Sin falsas moralinas, sin cinismo, sin dobleces, sin hipocresía, Brown argumenta convincentemente por qué pagar por tener sexo no es peor que darlo o recibirlo a cambio de una estabilidad amorosa o como consecuencia de estar emparejado y tener por ello una serie de obligaciones afectivas y hasta carnales respecto de la pareja.

No alardea de sus polvos (pagados). Los describe con sencillez metódica, hasta con ternura, como la definición de una necesidad física por la que paga un mínimo de 100 dólares por media hora. Esta tarifa es la que le permite disfrutar de un fifty-fifty (mamada + polvo) con chicas bonitas, jóvenes, que pocas veces ponen pegas a sus deseos (poco sofisticados, a decir verdad) y que casi siempre satisfacen las expectativas de Chester, por lo que él se siente “obligado” a recompensarles con una propina de entre 20 y 40 dólares.

La prostitución en Toronto, al menos durante la primera década de los años 2000, podía ejercerse en las variedades de outcall o incall (venga, a leer el libro para conocer las diferencias entre ambas) y las consecuencias legales de una y otra eran bien distintas. Brown se benefició de ambas y, en cualquier caso, tuvo tiempo para hablar con sus “chicas”, reflexionar en torno a la prostitución en la sociedad actual, dada su condición desahogada en lo económico y la libertad en que viven los canadienses.

memoria_putero     memoria_putero2

El libro, después de 32 capítulos que casi corresponden a otras tantas chicas y que muestran  dibujos eficaces en B/N con pocos alardes artísticos, se cierra con una “vuelta a la monogamia” muy peculiar y se enriquece con más de 50 páginas de apéndices y notas que son el complemento “serio” a las historias en absoluto con vocación de divertimento que las han precedido. No son frívolas las reflexiones de Chester Brown acerca de la legalización de la prostitución ni es gratuita la comparación que hace entre las persecuciones que sufrieron los gays y las que ahora se practican contra la prostitución. No son tampoco ventajistas sus críticas al “sexo obligado” del matrimonio ni sus menciones al rencor que provoca la “monogamia afectiva” o el “amor romántico” cuando un miembro (o los dos) de una pareja encuentra la oportunidad de experimentar novedades sexuales y no puede llevarlas a cabo por mor de esa exclusividad.

Ha dicho Alan Moore de este libro que es “la voz más transparente, sincera y pertinente que queda en el cómic contemporáneo”. Totalmente de acuerdo. En el prólogo, un destroyer como Robert Crumb dice que es un libro “muy instructivo a la par que divertido”. Con lo primero también estoy de acuerdo; con lo segundo, no tanto.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s