Autobiografía

Es un clásico del mundo del periodismo. Preguntar cuánto tiene de autobiográfico una novela, un cuento, un poema, una canción, una película… lo que sea que haya hecho el personaje al que uno va a entrevistar. No importa lo famoso que sea el entrevistado (o el periodista), La tentación es demasiado poderosa. No hace mucho el guionista Santiago García, que acaba de sacar a la calle un cómic con el elocuente título de “García” decía que como a alguien se le ocurriera hacerle esa pregunta lo enviaba a freír espárragos, más que nada porque la pregunta vendría a significar que el periodista de turno no se habría dignado a abrir volumen. Porque es verdad que el protagonista se apellida García, igual que el autor, pero es que la historia se ocupa de un García muy peculiar, una especie de superhéroe trasplantado a la realidad actual después de ser congelado durante varias décadas, viajando desde el franquismo de entonces a esto que tenemos ahora.

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Viene a cuento tan largo introito porque Antonio Altarriba temblará si alguien le hace la pregunta de marras para abordar su libro “Yo, asesino”, una historia que ha escrito para que Keko la recreara magistralmente en imágenes. El asesino protagonista es un profesor de la Universidad del País Vasco, como el propio Altarriba; que viaja a congresos dentro y fuera de España, que pugna con sus compañeros de departamento y hasta de especialidad de diferentes universidades por hacerse con una posición meritoria en su disciplina y que, como Altarriba y como todo hijo de vecino, lidia cada día con los imponderables que van surgiendo: un día es una amante, otro es una amenaza del terrorismo de ETA y otro cualquiera es una ponencia en un congreso internacional. Todo muy normal, vamos (en la vida de Altarriba).

Ese título tan personalísimo de “Yo, asesino” viene después de que el propio Altarriba contara en “El arte de volar” otra historia, que se encargó de ilustrar Kim, y en la que explicaba la vida de su padre, articulada en torno a un flashback descomunal que arrancaba con el suicidio de su progenitor para ir explicando después los avatares de la guerra y la ignominia que hicieron recaer después sobre los vencidos. Por eso, puede que más de uno tiemble al imaginar a Altarriba echando mano de la realidad para después poder contarla en el cómic.

Muchos son los méritos que atesora la “Yo, asesino”, galardonada por doquier. El dibujo expresionista de Keko, en un glorioso B/N que sólo se ve herido por un rojo refulgente, el color de la sangre vertida, es uno de ellos, si no el principal. Hay algunos planos generales, en especial de lugares fácilmente reconocibles como la madrileña calle Preciados o la plaza Mayor de Salamanca, que están hechos con el esmero de un grabado de Rembrandt. Hay escenas íntimas de un enorme poder evocador y continuamente aparecen páginas que son todas ellas un juego de claroscuros y un prodigio de planificación. El recurso del color rojo se usa con una solvencia sublime y hay escenas que quedan definitivamente heridas, como el personaje que sufre la ira del protagonista.

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La historia tiene un punto sádico, en un crescendo que va dejando sin aliento, con ligeras concomitancias con los pecados capitales cometidos por Brad Pitt en “Seven”. La crueldad en el arte es el señuelo que pone en circulación Altarriba, para servir de hilo conductor a la historia de unos mediocres profesores universitarios que recelan tanto de los méritos de sus colegas como de su propia habilidad para ocultar la medianía en la que viven inmersos. Son páginas que leemos sin pausa, temiendo que el proceso que ha puesto en marcha el protagonista sea demasiado castigo para que lo que no son sino pecados veniales, o ni eso: la desconfianza, la sensación de fracaso ante el triunfo del prójimo, un punto de lascivia o unas dosis de mentira y prepotencia. Errores humanos solventados de un plumazo, al estilo de la ira de los dioses antiguos.

Factores extracomiqueros o extraliterarios hacen de este cómic (y de otros títulos de Altarriba) una obra singular. La web del guionista permite, entre otras muchas cosas, asistir al proceso de creación, leer sin trabas el guión, opinar, descubrir cómo es una página desde el primer boceto (teniendo en cuenta que también hemos podido leer antes la descripción en el guión) hasta el entintado final y, en definitiva, participar de la materialización de una idea que pasa al papel y adquiere el rango de obra de arte, por momentos.

La generosidad de Altarriba no sólo es digna de aplauso sino que será de gran utilidad para todos aquellos que como el propio autor saben qué dibujarían pero no son capaces de hacerlo. “No sé realizar las imágenes que me vienen a la mente. Soy un minusválido de la plástica y, para compensarlo, busco dibujantes, fotógrafos, pintores… Tengo que agradecerles que hayan dado forma y color, expresión y sentido a mis guiones. Sin ellos mis historias seguirían siendo sueños. Dependo muy estrechamente de mis realizadores porque, en mi caso, los argumentos suelen surgir de imágenes.”

Con Kim en su multipremiada obra anterior, con Keko en esta otra no menos reconocida, Altarriba reivindica el papel de los guionistas, justifica la necesidad de buenas historias y proporciona a sus compañeros de aventuras un vehículo para el lucimiento de sus lápices. Que la historia sea o no autobiográfica, en este caso, es mejor no saberlo. Ni siquiera preguntarlo.

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