“Reportajes en viñetas”

“El periodismo es un proceso lento. Necesita tiempo, constancia, tiempo, un poco de obsesión”. La repetición de la palabra tiempo enfatiza ese carácter lento del periodismo, tan alejado de lo que se estila ahora en esta sociedad hiperactiva, donde primero decimos o hacemos para después pensar si no hubiera sido mejor no haberlo dicho o hecho. Las comillas del inicio corresponden a una curiosa entrevista en formato cómic que, con los dibujos de Sagar Forniés, le hizo Jorge Carrión a Joe Sacco durante una vista a Barcelona, y que publicó La Vanguardia en su suplemento Culturas en septiembre de 2014. Un auténtico lujo, una recopilación de talento que dio como resultado cuatro páginas memorables.
La cita de Sacco con que arranca este texto era la respuesta a la inevitable pregunta que le hicieron a este maestro del género, con una manera muy peculiar de entender las viñetas: “¿Qué consejo le darías a alguien que trabaja en su primer cómic de no ficción?”. Sacco parece hablar de sí mismo al contestar: “la gran ventaja con que cuento es que a la gente le encanta hablar de sí misma. Sólo tienes que dejarles que te cuenten su historia. Si no tienen nada que ocultar, estarán dispuestos a regalártela. No les presiones”. Otra vez la mención al tiempo, a la lentitud, a la constancia.

apuntes de un derrotista

Esto es, en buena medida, la obra de Sacco. En sus “Apuntes de un derrotista” (Planeta DeAgostini, 2006) ese trazo underground tan característico escarba incluso en los demonios familiares durante los bombardeos de la aviación de Mussolini de la isla de Malta, donde nació este dibujante que enseguida viajo por medio mundo con sus padres antes de instalarse en EEUU. Y aparecen después de recuerdos autobiográficos, reflexiones políticas del propio Sacco (que en la entrevista mencionada se define indudablemente “como de izquierdas”) y algunos de esos cómics de no ficción que hielan el corazón: “Cuando las bombas buenas caen sobre la gente mala” (o cómo los bombardeos “liberadores” han masacrado a la población civil en el último siglo) o “Más mujeres, más niños, más deprisa” (recuerdo de más bombardeos, los ya referidos de Malta durante la Segunda Guerra Mundial). Todas ellas son composiciones muy trabajadas, con técnicas bien diferenciadas, puestas al servicio de lo narrado: tramados para enfatizar la oscuridad, relatos fragmentados, encuadres que combinan vistas cenitales y contrapicados, contrastes de luz muy expresionistas… En esta recopilación de viñetas e historias cortas se puede asistir (casi como un voyeur) a la complejidad del mundo de Sacco, que se muestra desacralizado, irreverente a veces, juguetón.

en la franja cubierta

Sin dejar de ocupar un papel protagónico, pero sí en un segundo término más adecuado a lo que se puede tomar por una crónica periodística, en otra obra Sacco nos cuenta sus andanzas en uno de los puntos más calientes del planeta. “En la Franja de Gaza” (obra de 1993 que publicó en España Planeta DeAgostini casi diez años más tarde) es el personalísimo punto de vista de Sacco (no en vano aparece a veces autorretratado con sus características gafas redondas en pos de una nueva entrevista) acerca de la situación de los palestinos, sometidos a humillaciones constantes por parte de los israelíes. La desolación causada por tantos ataques arbitrarios, tantos muertes absurdas, tantos atropellos y tanta tensión transpira en cada página de esta monumental obra de denuncia. “¿Qué le pasa a una persona cuando cree no tener ningún poder?”. Es una de las muchas preguntas que se va haciendo Joe Sacco mientras va visitando a opositores más o menos violentos y organizados, cuando comparte con una familia de pobreza extrema lo poco que tienen mientras rememoran las humillaciones que han padecido durante tres generaciones.

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Los dibujos parecen hechos a partir de fotografías como las que ganaron en su momento el Pulitzer. Encuadres magníficos, con escenas a doble página repletas de detalles que cortan el aliento. Después de haber conocido a tantos protagonistas anónimos del infausto día a día en la Franja no sorprende la rotundidad con la que Sacco se pronuncia en la entrevista de Culturas acerca de Claude Lanzmann, del que hemos hablado en este blog. A la pregunta de si hay alguna “influencia directa de Shoah” en su obra responde tajante: “No, de ninguna manera. Es lo contrario. Él cree que los hechos históricos no pueden ser reconstruidos”.

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Sacco sabe bien que eso no sólo debe ser posible sino que además es deseable. Cuando hace un par de años se conmemoró el centenario del inicio de la Primera Guerra Mundial, una de las obras que quedó para siempre de semejante efeméride fue una originalísima, deslumbrante, un cómic titulado “La gran guerra” (Reservoir Books). Un gran fresco, de diez metros de longitud, que se presentó en un peculiar formato, todo seguido, en una sucesión de planchas en glorioso blanco y negro, sin ningún texto de apoyo. Sólo dibujos para intentar acercarse al horror del 1 de julio de 1916, en la batalla del Somme, donde murieron decenas de miles de británicos en una sola jornada. Desde el amanecer hasta las noche más negra, se va desplegando este libro (emparentado con el tapiz de Bayeux o hasta con la Columna Trajana) que el lector (aquí mero observador, porque no hay nada que leer) mira con una mezcla de admiración y horror.
Estos “reportajes en viñetas” (como los definió certeramente Santiago García en sus “Cómics sensacionales” (Larousse, 2015) hablan de un periodismo comprometido con el que siempre se ha querido identificar este periodista en dibujos. Al fin y al cabo, en uno de sus libros sobre Palestina lo definía con una sencillez apabullante: “nadie que sepa qué ha venido a buscar se va a casa con las manos vacías”.

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Chirbes, el escritor necesario

“Cuando todas y cada una de las gacetillas de folio y medio de este celebrado experto sean menos que cagadas de moscas en papel viejo de periódico, las novelas de Rafael Chirbes, las que ha escrito y las que aún faltan por escribir, seguirán alimentando la imaginación y la inteligencia de esos lectores que no dejan de buscar el fulgor de la vida y la pasión moral en la literatura”. En octubre se cumplirán 20 años de la publicación de este texto de Muñoz Molina, titulado “En folio y medio”, en el que reivindicaba la labor de los escritores y denunciaba que un crítico no necesitara más espacio que una hoja y pico para emborronar el esfuerzo de años de concepción y escritura.

Razonaba de esta manera a raíz de una crítica no sólo mala sino también “paternalista”, hecha por Ignacio Echevarría con “calculada mala fe, con extraordinaria bajeza intelectual” para juzgar “La larga marcha”, de Chirbes, recién publicada por aquellas fechas. Supe de este texto porque fue el protagonista de la primera clase de un posgrado especializado en crítica literaria al que asistí a principios de la década de 2000. Por entonces, Rafael Chirbes no gozaba todavía del favor de los lectores, tampoco había recibido los premios que acompañaron a sus dos obras más conocidas (“Crematorio” y “En la orilla”) y, ay, estaba vivo y en plena forma. En aquella clase inaugural salieron a relucir aspectos personales de la relación entre Muñoz Molina y Chirbes, que si eran amigos y el primero defendía desde su posición de éxito al segundo; que si había inquina entre el novelista andaluz y el crítico, o entre este último y escritor valenciano… El caso es que al final uno no sabía si los organizadores del posgrado nos enviaban un aviso para navegantes (en tanto que posibles críticos futuros), nos abrían de par en par la puerta de esa peculiar relación que mantienen autores y críticos (con camarillas, bandos, prejuicios y comidas y parrandas sazonadas con grandes dosis de hipocresía y fariseísmo) o, sencillamente, pretendían alimentar la polémica desde el inicio y hacernos entrar con energía en un curso de nueve meses que mostró las luces y sombras de un oficio (el de crítico) para que el que, más que estudios, debería haber la obligación de leer, leer más, leer sin parar.

paris austerlitz

Rafael Chirbes murió este verano y dejó lista una novela que acaba de publicar Anagrama, en el arranque de 2016: “París-Austerlitz”. La crítica la ha recibido con sus mejores galas, abundantes comentarios elogiosos que han llamado la atención sobre su precipitado final en una novela de 160 páginas (corta para lo habitual últimamente en el autor), que han recalcado que se sale de la línea última de su novelística y, lo más curioso, que abundan en que –aunque póstuma– la obra se ha gestado durante los últimos 20 años, casi coincidiendo prácticamente con la época en que Muñoz Molina salió a defenderlo en público, antes de que diera sus obras reconocidas. Esta última novela dicen que entronca con “Mimoun”, la primera que publicó (Anagrama, 1988). Ambientada aquella en Marruecos, había en ella una homosexualidad latente que luego se hizo invisible y se intuía una voz muy personal que fundía el texto y el contexto, que con sus historias habría de ayudar a explicar la Historia de su generación y que tenía mucho del poso que generan las ambiciones satisfechas a medias, las esperanzas tiznadas por la decepción y la desconfianza que generan la hipocresía y el arribismo.

mimoun

Todo esto brilló en su esplendor máximo en “Crematorio” y “En la orilla”, las “novelas de la crisis”. Semejante definición creo que no le gustaba ni un pelo al novelista, pero demostró que se podía hacer literatura del contenido del telediario y convirtió el País Valencià (o Comunidad Valenciana, según gustos) en un espacio literario vagamente escondido tras nombres como Missent o el pantano de Olba, ahora ya inolvidables. La corrupción política que acompañó a la especulación urbanística es el magma en que se asientan estas dos novelas, que no son sino el relato de la desolación y las oportunidades perdidas, el lamento por la cobardía y la denuncia de una sociedad deslumbrada por el enriquecimiento rápido. Si “Crematorio” recrea en un flashback deslumbrante el ascenso y caída de Bertomeu, magnate de la construcción bien relacionado con las esferas políticas regionales, “En la orilla” registra las consecuencias de la crisis multiorgánica que arrasó con las clases medias y hundió en la miseria a muchos de los que estaban por debajo.

crematorio         en la orilla

El pantano cenagoso en el que arranca esta novela es la metáfora de una sociedad envilecida, donde todo lo malo parece ser posible y (lo que es peor) a la postre todo estaba permitido. La vida de Esteban la vamos descubriendo en todos sus matices gracias a la aparición sucesiva de una serie de personajes relacionados con él: su padre, del que ha acabado haciéndose cargo; Liliana, la colombiana que cuidaba al padre hasta que Esteban se quedó sin dinero para pagarle el sueldo; Francisco, su amigo de juventud, que triunfó en la capital y le robó la novia, ahora convertida en chef de lujo con estrellas Michelin; Pedrós, un constructor que ha causado la ruina de Esteban al escapar dejando un reguero de deudas; los antiguos trabajadores de la carpintería del padre de Esteban, a los que tuvo que despedir cuando le embargaron la propia empresa y sus bienes personales por la estafa de Pedrós…

En ese litoral levantino absolutamente depredado se suceden episodios de ambas novelas que parecen extraídos de la “Gomorra” de Saviano o de cualquier novela de mafiosos neoyorquinos. Historias muy telegénicas, con tiroteos, putas, cocaína y políticos venales en playas soleadas, que se trasladaron a una serie de TV titulada “Crematorio”. Diversos episodios de impecable factura técnica, con guiones bien trabados, algunas interpretaciones notables (Pepe Sancho, Montserrat Carulla) y que captaron el espíritu de las novelas de Chirbes. Como dicen que en aquellas tierras todo es posible, contaron con la financiación de Canal 9, la televisión pública dependiente del gobierno autonómico que hizo posible semejantes paisaje y paisanaje.

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Hay que leer a Chirbes para entender mejor estos últimos años y este país. Y dicen que hay que leer su última novela para entenderle mejor a él. Le ha costado toda una vida lograr el reconocimiento del público (español), como ha sido lenta la conquista de la crítica, aunque desde el principio tuvo generosos valedores. Otro día veremos, gracias el especial que le dedicó la revista Turia en su número 112 (de noviembre de 2014) cómo su obra era casi más reconocida fuera que dentro de nuestras fronteras. Así fue hasta que publicó “En la orilla”, el libro necesario que tantos lectores y críticos parecía que estuvieran esperando (Herralde dixit).

“Siempre en movimiento”

Una psicóloga me explicó una vez que tenía una paciente que, acabada la visita, marchaba y volvía al poco rato para asegurarse de que se había ido. No sé si fue esta historia la que me indujo a leer a Oliver Sacks o simplemente me recordó el título de uno de sus libros más famosos: “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero”. En cualquier caso, durante los últimos veinte años, he sido un lector fiel de la obra de Sacks si hago caso de mis notas y de las fechas de los exlibris. En enero de 1998 devoré el citado libro en la inconfundible versión de Muchnik Editores (1987). En septiembre de 2001 fue “Un antropólogo en Marte”, que recuerdo que compré en el remate de una librería que cerraba sus puertas. Dos años m´s tarde leí “El tío Tungsteno” (lo más parecido a unas memorias de infancia) y por entonces cayó en mis manos también “Migraña”, todos ellos publicados en Anagrama. En el verano de 2009 leí “Musicofília. Històries de la música i el cervell” (La Magrana) y por alguna estantería andará un tomito publicado por National Geographic con los recuerdos de una excursión a Oaxaca de Oliver Sacks, que fue con un grupo de amigos para conocer in situ unos helechos muy peculiares. No recuerdo cuándo lo leí pero sí tengo muy presente la admiración que me producía esa manera de escribir apasionada, didáctica, eléctrica, absorbente, erudita.

libros de sacks

Así son todos los libros de Oliver Sacks, ya aborde los síntomas de un afectado por el síndrome de Tourette, explique su infancia en Londres, en plena guerra mundial, o rememore sus relaciones familiares. Y, no podía ser de otro modo, así son las memorias que ha publicado Anagrama hace un par de meses. “En movimiento. Una vida”, se llama este libro póstumo, pues Sacks murió el pasado mes de agosto, pocos meses después de anunciar en una bellísima columna en The New York Times que el cáncer que padecía había derivado en una metástasis y que no había salvación posible.

No sé si habrá la posibilidad de leer un nuevo libro de Sacks, nadie ha dicho que haya más capítulos de sus memorias o que quede algún inédito. Pero no se puede negar que estas memorias sacian las ansias del lector más exigente. Aquí están todas las características de la obra del gran neurólogo británico que hizo casi toda su carrera en EEUU: amenidad, rigor, socarronería, afán divulgador, curiosidad insaciable, autoexigencia, franqueza… Y los capítulos abordan cuestiones tan variadas como la devoción por su tía Lem, las duras palabras que le lanzó su madre al conocer la homosexualidad de Sacks, su relación con personajes tan diversos como Francis Crick (que disfrutaba enormemente de sus historias clínicas), Robert de Niro y Robin Williams (que protagonizaron la versión cinematográfica de “Despertares”), el poeta W. H. Auden, el neuropsicólogo A. R. Luria o el psicólogo Knut Nordby, totalmente ciego al color y con el que visitó una isla de Guam con un curioso y alto porcentaje de habitantes con la misma dolencia.

en movimiento

Sacks va entreverando episodios personales como su devoción por las motos, su dependencia de las drogas durante unos años o su afición al culturismo y la halterofilia, sin dejar de lado su homosexualidad o la abstinencia sexual que practicó durante décadas, con la explicación de su actividad profesional y, con ello, la descripción de enfermedades y pacientes que parecen sacados de un mundo de ciencia-ficción: enfermos que presentan cientos de tics por minuto, pacientes ciegos al color o, por el contrario, que no pueden escuchar una pieza de música sin convertir cada nota en una tonalidad cromática; enfermos abandonados durante años que vuelven por un momento a la realidad (como los que vemos en “Despertares”), alguien incapaz de recordar qué acaba de decir pero que puede dirigir un coro con decenas de personas cantando una pieza sofisticadísima…

El protagonismo omnipresente de la familia se aprecia de manera sutil en un momento durísimo, cuando sus padres ya han muerto, sus hermanos están lejos o también han fallecido y la casa familiar de Londres deja de ser el “lugar impregnado de recuerdos y emociones” para convertirse sus visitas en meras visitas “y no en un regreso a mi país y a mi gente”.

En algún momento de este libro, Oliver Sacks habla de su amistad con el poeta Thom Gunn y evoca el poema “On the move”, con unos versos muy elocuentes: “En el peor de los casos, estás en movimiento; en el mejor, / no llegas a ningún absoluto en el que descansar, / siempre estás más cerca si no te detienes”.

Dice Sacks de su amigo el poeta que siguió avanzando, siempre en movimiento, hasta el mismísimo momento de su muerte”. Lo podía haber dicho de sí mismo.

 

Las apariencias no engañan

Todo es elegante en esta edición de “Rembrandt” (Norma, 2013), un cómic del artista holandés Typex que recrea la vida de su paisano en un libro de gran formato encuadernado en cartoné. Esta sobria elegancia empieza ya en las guardas del libro, con una indiana a dos tintas que alterna retratos de los muchos personajes que aparecen en las doscientas y pico páginas de la obra; y sigue en el índice, clásica combinación de tipografías y dibujos a pluma; continúa en las portadillas que abren cada capítulo y aparece de manera serializada en las dobles páginas que ejercen de introito de cada historia: a la izquierda aparece un ave, destacando en su sencillez sobre un fondo desnudo; en la derecha, un dibujo tenebroso, remedo de un grabado, ocupa todo el protagonismo. Es el esbozo de lo que se explica en cada capítulo.

rembrandt de typex

Esta elegancia aparece envuelta en una serie de trampantojos que emparentan el libro, como artefacto físico, con esas obras lujosas tan del gusto de las editoriales de estampas. Hay una falsa sobrecubierta con sus respectivas solapas y un par de rasgones por los cantos por donde más sufre un libro: la esquina inferior del corte y la esquina superior del lomo. Estos rotos permiten entrever una no menos falsa cubierta en piel con un stamping metálico, obviamente, falso. Para alimentar este juego con el lector, también la tripa contiene elementos ficticios: una cinta de lectura por la que hay que pasar la mano varias veces, para cerciorarnos de que no es mentira, y hasta una esquina doblada en la página 109 que es también un juego de agudeza visual, totalmente conseguido hasta el más mínimo detalle.

El envoltorio da paso a unas páginas llenas de movimiento, que Typex parece someter a una estructura bien definida (portadilla a doble página + doble plana de introducción del capítulo) pero que enseguida salta hecha añicos, cuando las viñetas se desarbolan y todo se convierte en una sucesión de técnicas de dibujo, una combinación de páginas con texto abundante y otras muchas totalmente mudas, con viñetas que rompen los límites de la cuadrícula y suceden a retratos a toda página. Hay esbozos, escenas cuidadosamente detalladas, imágenes a una tinta y panorámicas que son una explosión de color y viveza.

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Semejante alarde técnico, artístico y hasta conceptual está al servicio de la vida de Rembrandt, un artista genial al que persiguió la tragedia y que se emborrachó de éxito hasta perder de vista cómo vivían sus sucesivas mujeres, sus hijos y hasta los escasos amigos que conservó de la infancia. Aparece de vez en cuando un espejo roto en el que debía de mirarse para elaborarlos cientos de autorretratos que llegó a hacer, que cubren toda su vida y hasta sus estados de ánimo. Es éste un libro apabullante al que hay que volver muchas veces para disfrutar plenamente de su ambición de planteamiento y su riqueza visual.

En la falsa solapa de la falsa sobrecubierta aparece el texto del que dice ser “conservador senior de dibujos” de Rijksmuseum de Amsterdam (¿será falso también este tal Marijn Schapelhouman?). Son pocas palabras pero muy precisas acerca de lo que el lector tiene entre manos. Dice del biografiado que fue “imprevisible, vanidoso, arrogante, grosero, irritable pero aun así conmovedor y a veces patético”. Y dice de esta obra que lo retrata que es “un libro de estampas extraordinariamente ricas para los espectadores expertos”. Ciertamente.

Republicana, roja y atea

Los caprichos del azar han querido que cayera en mis manos el ejemplar de una novela que tenía otro destinatario. Está dedicado por su autora, Clara Usón, y dice escuetamente: “Para Álvaro. Una novela republicana, roja y anticlerical. Ojalá te guste”. Rescatada de un puesto de venta de libros de segunda mano en el barcelonés Mercat de Sant Antoni, nada me permite saber si Álvaro la leyó o se la quitó de encima sin apreciar siquiera la ajustada definición que su autora hace de “Valor”, publicada hace escasos meses por Seix Barral y recibida con muy buenas críticas, que en casi todos los casos recordaban la calidad de la anterior obra de Clara Usón, “La hija del este”, y los abundantes galardones que cosechó.

Llegué a ella después de escuchar esta entrevista en “A vivir que son dos días” (Cadena SER), donde cultivan una original sección de recomendaciones literarias, en la que dos lectores no profesionales tienen la oportunidad de hablar con el autor o autora de la novela que han leído, juzgando sin cortapisas y cotejando sus opiniones con el autorizado (y nunca mejor dicho) punto de vista del autor. Me sorprendió reconocer en la lectura del arranque de la novela –que hacía Óscar López (fantástico divulgador de libros y entusiasta promotor de la lectura, sin ejercicios de dandismo literario ni posturas elitistas)– el eco de unas frases que me ha acompañado desde hace más de dos décadas, cuando empecé a interesarme por una intentona republicana acaecida en Jaca (Huesca) en 1930. “Apuntadme bien para que no sufra –pide Fermín Galán a los soldados del pelotón. Un capellán busca reconciliarlo con Dios, y Galán le dice que no está dispuesto a echar por tierra en el último minuto las creencias de toda una vida”.

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En cinco escasas líneas está justificado el título de esta novela republicana, roja y atea. El valor que probó Galán cuando afrontó las consecuencias de su fallida intentona está concentrado en esos dos gestos que dejó para el recuerdo, minutos antes de dar él mismo la orden de “Fuego” y morir abatido por los disparos del pelotón y poco después de echar con cajas destempladas al “cuervo” que proponía perdones eternos a las acciones terrenales de un militar cultivado, crítico, descreído y valiente, totalmente alejado de los usos de la época entre sus compañeros de uniforme. En la entrevista mencionada, Clara Usón explicaba que había una razón familiar en la elección de esta historia de Fermín Galán como una de las tres tramas que se trenzan en su novela. Luis Duch Lacasa, tío de la autora, había apoyado a Galán y lo había hecho además desde una posición peculiar para la época: toda la familia de Duch era gente de orden, propietarios, monárquicos y de derechas, burguesía de provincias en una ciudad repleta de militares y curas, como constató Pío Baroja cuando acudió a Jaca precisamente para asistir a los juicios que condenaron al resto de militares y civiles complotados junto a Galán. El propio Luis Duch era una especie de señorito que estudiaba Derecho (con poco provecho) en Madrid mientras disfrutaba de las rentas familiares y se permitía ser un hombre comprometido con la izquierda. Pagaría con su vida pocos años después semejante compromiso, cuando fue fusilado en la sangría que sacudió Jaca en las primeras semanas de la guerra civil. Él fue uno de los primeros en caer (de los 400 asesinatos que hubo en la ciudad) y no lo salvó –quizá eso lo condenó– ni su condición de “propietario” ni el apellido Lacasa.

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Los sangrientos sucesos de Jaca y su comarca los estudió con precisión Esteban C. Gómez en dos libros que trascienden el ámbito local objeto de su investigación. “La insurrección de Jaca. Los hombres que trajeron la República” (1996) y “El eco de las descargas. Adiós a la esperanza republicana” (2002) abrieron la espita de futuras investigaciones, levantaron el manto de silencio que se abatía sobre lo ocurrido en esa zona en los años 30 y propiciaron, sin saberlo, que novelas como “Valor” recuperasen un episodio que ahora se presenta “literaturizado” pero sin caer en el riesgo de la mitificación. La sublevación republicana de Jaca, su gestación y su sangriento final componen uno de los tres episodios que aborda esta novela. Otro es una historia de ignominia protagonizada por un cura en la Croacia independiente de la Segunda Guerra Mundial, en el campo de concentración de Jasenovac, durante el régimen nazi de los ustacha. La tercera trama está mucho más cercana en el tiempo, es de anteayer, y está protagonizada por una directora de sucursal bancaria que ha estafado a amigos, conocidos y clientes con el negocio de las preferentes y ha de hacer frente a una complicada situación personal en una sociedad banal, vacunada ya de espantos.

Este último episodio encierra la clave que traza una fina urdimbre entre las tres historias y otorga una visión de conjunto a lo que por momentos parecía ser una mera sucesión de subtramas inconexas, con el “valor” manifestándose de manera radical en la resolución de todas ellas. Al final del conjunto, el lector se queda sin aliento. Lo que parecía un ejercicio de erudición e investigación plasmado con un notable pulso narrativo se convierte en un tríptico que viaja por el siglo XX para descubrir las honduras del alma humana, jugar con los detalles y el azar que van decidiendo la vida de cada uno y mostrar sin tapujos que el valor, bien o mal entendido, puede ser la base de aquel adagio tantas veces citado de “un bel morir tutta una vita onora”.

Álvaro, el receptor del ejemplar que acabó cayendo en mis manos, no sé si leyó esta novela “republicana, roja y atea”. Creo que, como a mí, le hubiera gustado.