Edicions del Periscopi, la promesa de unas cubiertas

Son unos envoltorios curiosos, arriesgados, mudos en su contraportada y con toda la información textual en la mitad de la cubierta. Allí aparece también, destacado, el nombre del traductor, hecho infrecuente en la edición española o catalana. Son cubiertas atractivas, que mezclan en el título algo que parece sacrílego a ojos de un diseñador convencional: la mitad del texto va en cursiva y la otra mitad en redonda y negrita. Es una tipografía clásica, con remate. El nombre del autor, el del traductor y los paratextos aparecen en una tipo moderna, palo seco, en la línea de una Meta o una Frutiger. Una ilustración que ocupa la mitad de la cubierta y se extiende por la totalidad de la contra y hasta se enseñorea de las solapas.

Estas cubiertas ocupan un lugar destacado en las mesas de novedades de las librerías que ejercen como tales, más allá de ser dispensadoras de libros. Y suelen estar también entre las mesas de recomendaciones de las bibliotecas, a pesar de que los autores no son de los que frecuentan las listas de “más vendidos” en los medios. Estamos hablando de los libros de Edicions del Periscopi , que en poco más de tres años se han hecho un hueco más que visible en el panorama de la literatura en catalán, con el propósito de ejercer de independientes y la apuesta “por la originalidad, la diferencia, el talento y la excelencia”. Así lo declaraba, como una especie de mantra, Rafel Aniol coincidiendo con la aparición de los dos primeros volúmenes del sello.

escombra del sistema

En esta misma entrevista ya tenía claro que David Foster Wallace sería uno de sus objetivos, en el afán por verter al catalán obras “canónicas” de la literatura actual. Y decidieron que la primera obra que publicó en inglés el llorado escritor estadounidense sería precisamente la primera que apareciera traducida al catalán. “L’escombra del sistema” es una novela que combina transgresión formal con gamberrismo en el planteamiento, que presenta personajes delirantes en situaciones surrealistas (o viceversa) y que no tiene final porque quizá no empezó en ningún momento. El crítico Sergi Sánchez tituló su pieza en El Periódico con un sugerente “Parlar per no callar”, para sentenciar que Foster Wallace parecía “escribir buscando una salida”. Dicho todo sin ningún ánimo de ofender.

El citado Rafel Aniol justificaba la elección de este título para enriquecer el catálogo de Periscopi calificando la novela como “feroz, divertida, exuberante, divertida e inteligentísima”. Y todo es verdad, aunque se pueda quedar corto, para intentar desentrañar qué hace tan adictiva esta historia que se desarrolla aparentemente sin pies ni cabeza en un lapso de tiempo de prácticamente una década. El supuesto planteamiento puede producir escalofríos: desaparecen de una residencia una treintena de ancianos, entre ellos la bisabuela de la protagonista, estudiosa aquélla de la filosofía de Wittgenstein en su juventud. Lenore Beadsman, personaje central de esta obra que por momentos parece un “Tristram Shandy” trasladado al siglo XX y al estado de Ohio, duda entre dos hombres, a cada cual menos interesante, y trabaja como telefonista a pesar de ser una de las herederas de un emporio de la industria de la comida enlatada. En un momento dado aparece una cacatúa, Vlad el Empalador, que habla con una claridad pasmosa y suelta frases de lo más procaces que pueden ser interpretadas en clave bíblica por uno de esos telepredicadores con habilidad para hacer dinero convenciendo a sus teleparroquianos de que el Dios del Cielo se ha transmutado en un loro capaz de soltar una ristra de verdades reveladas.

Uno de los personajes suelta una de esas sentencias para subrayar, que merecen por sí solas la lectura de varios centenares de páginas. En plena duda metafísica, previendo una crisis de pareja, con la cacatúa apareciendo en televisión para millones de espectadores, concluye que “el Cristianismo es la manera como el Universo se castiga a sí mismo, en realidad el Cristianismo es la oferta de una recompensa irresistible a cambio de un servicio imposible de realizar”.

La mezcla de frases rimbombantes con una estructura por momentos absurda, la sucesión de personajes despistados por mor de la realidad que el autor les dibuja combinada con recursos narrativos que alternan los diálogos chispeantes con informes psiquiátricos, entradas de un diario personal o descripciones tradicionales, más propias de la novela decimonónica… son algunos de los muchos elementos en liza en esta obra que casi se puede abrir por cualquier página para zambullirse en ella y salir tan aturdido como deben de hallarse los protagonistas.

La obra de David Foster Wallace es la confirmación de que la declaración de intenciones de los responsables de Edicions del Periscopi era sincera. Que dure por muchos años y que resistan sus atrevidas cubiertas.

Apoteosis de la novela popular

Probablemente sea como esos “partidos de siglo” que se disputan varias veces cada temporada, en los que tan hiperbólica denominación ha quedado chamuscada por las exageraciones inherentes al que quiere dar gato por liebre. La “gran novela americana” es un concepto similar en cierto modo: están llamados a escribirla Philip Roth, Don DeLillo, Richard Ford, Toni Morrison, Paul Auster… y tantos otros que han quedado por el camino. En la última década las tres novelas más recientes de Jonathan Franzen han logrado tan inaprensible calificación y fue especialmente “Libertad” (2010) la que más fervores despertó entre los críticos y los lectores de medio mundo. Franzen, al que se suele pintar como un ogro engreído, hace gala al menos de sentido del humor y en su última novela hay un apartado bien avanzada la historia en el que certifica ese gusto por reírse incluso de sí mismo: “Cuando Charles dio por terminadas sus diversas lunas de miel se sentó a escribir el “gran libro”, la novela que iba a garantizarle un lugar en el canon moderno de Norteamérica. En otros tiempos hubiera bastado con escribir “El ruido y la furia” o “Fiesta”. En cambio, en su época, la magnitud era esencial. El grosor, el tamaño”.

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“Pureza”, publicada hace pocos meses por Salamandra en castellano, sería en este sentido un “gran libro”: 700 páginas de composición ajustada que quizá no lleguen al nivel de “Libertad” pero que sí rayan a gran altura y han merecido comentarios encomiásticos y han despertado el interés, otra vez, de miles de lectores. Las cuatro historias, con sus ramificaciones, que se van narrando y entreverando en esta novela tienen a Pip Tyler como protagonista indiscutible, aunque a veces no sea más que un secundario de lujo o incluso una sombra que hace avanzar la narración en pos del desenlace y el descubrimiento de la totalidad de lo ocurrido.

Y eso es difícil en una novela construida en torno a un secreto, con los secretos como objetos de discusión en algunos diálogos y, sobre todo, con esos secretos (ya sean personales para ser escondidos o colectivos para que salgan a la luz) unidos de manera indisociable a algunas de las biografías que se rastrean: periodistas, funcionarios de un estado dictatorial, modernos justicieros que desvelan episodios que otros quieren ocultar, gente corriente que un día opta por desaparecer… La búsqueda de un punto ciego en su vida lleva a Purity “Pip” Tyler a abrir la caja de los truenos, en un viaje con escala en el pasado incluida y que irá del Berlín comunista a un paraje aislado en la selva boliviana, con estancias en Londres, Denver, California… Hay asesinatos, venganzas, sexo explícito, espionaje, pedofilia, abuso de poder, magnates de la industria cárnica y adalides del nuevo periodismo que se hace en las redes.

“Dickensiana” la han considerado muchas de las críticas que se han publicado, y no sólo por esa referencia más o menos explícita a “Grandes esperanzas” con el nombre del personaje protagonista. “Decimonónica”, “ambiciosa”, “clásica”, “enorme”… han sido otros calificativos que sin ánimo peyorativo menudean entre los comentarios de los lectores en Goodreads, al lado de otros menos rimbombantes pero elocuentes: “entretenida”, “interesante” o “divertida”. La faja que Salamandra ha colocado en la primera edición recoge un elogio indirecto de The Toronto Star: “dentro de unas décadas, cuando queramos una foto de 2015, volveremos la mirada hacia esta novela”.

No sé hasta qué punto eso puede ser un halago envenenado, que ponga fecha de caducidad a lo narrado por Franzen. Los ecos de Wikileaks, los nombres de Julian Assange o Edward Snowden quizá se hayan difuminado en unos años, y más con la velocidad con la que se sucede casi todo lo relacionado con la tecnología o la información. No obstante, quedarán incólumes la construcción de una narración en la que todas las piezas encajan, donde no hay ningún personaje que resulte abandonado ni ninguna expectativa que quede por satisfacer. En este sentido sí es una novela dickensiana, donde todo lo que se decía y todos los que aparecían tenían una función en el desarrollo de la trama.

Entre las críticas tibias que ha recibido “Pureza” en la prensa española me ha llamado la atención la sutil tarea de demolición llevada a cabo por Justo Navarro en Revista de libros, que además de desvelar muchos de los entresijos de la historia, va dejando caer chinitas hasta dar con la rotunda frase final: “Me da la impresión de que el Franzen de “Pureza” ha aprendido a divertirse con sus historias íntimas y, al mismo tiempo, montar improbables tramas fantásticas para que el público se divierta con él”. En el lado opuesto, sin negar el carácter arisco del autor, Antonio Lozano escribió en la magnífica revista literaria Librújula un texto titulado de modo esclarecedor: “Jonathan Franzen ¿Por qué hay para tanto?”.

Me quedo con este último.