Apoteosis de la novela popular

Probablemente sea como esos “partidos de siglo” que se disputan varias veces cada temporada, en los que tan hiperbólica denominación ha quedado chamuscada por las exageraciones inherentes al que quiere dar gato por liebre. La “gran novela americana” es un concepto similar en cierto modo: están llamados a escribirla Philip Roth, Don DeLillo, Richard Ford, Toni Morrison, Paul Auster… y tantos otros que han quedado por el camino. En la última década las tres novelas más recientes de Jonathan Franzen han logrado tan inaprensible calificación y fue especialmente “Libertad” (2010) la que más fervores despertó entre los críticos y los lectores de medio mundo. Franzen, al que se suele pintar como un ogro engreído, hace gala al menos de sentido del humor y en su última novela hay un apartado bien avanzada la historia en el que certifica ese gusto por reírse incluso de sí mismo: “Cuando Charles dio por terminadas sus diversas lunas de miel se sentó a escribir el “gran libro”, la novela que iba a garantizarle un lugar en el canon moderno de Norteamérica. En otros tiempos hubiera bastado con escribir “El ruido y la furia” o “Fiesta”. En cambio, en su época, la magnitud era esencial. El grosor, el tamaño”.

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“Pureza”, publicada hace pocos meses por Salamandra en castellano, sería en este sentido un “gran libro”: 700 páginas de composición ajustada que quizá no lleguen al nivel de “Libertad” pero que sí rayan a gran altura y han merecido comentarios encomiásticos y han despertado el interés, otra vez, de miles de lectores. Las cuatro historias, con sus ramificaciones, que se van narrando y entreverando en esta novela tienen a Pip Tyler como protagonista indiscutible, aunque a veces no sea más que un secundario de lujo o incluso una sombra que hace avanzar la narración en pos del desenlace y el descubrimiento de la totalidad de lo ocurrido.

Y eso es difícil en una novela construida en torno a un secreto, con los secretos como objetos de discusión en algunos diálogos y, sobre todo, con esos secretos (ya sean personales para ser escondidos o colectivos para que salgan a la luz) unidos de manera indisociable a algunas de las biografías que se rastrean: periodistas, funcionarios de un estado dictatorial, modernos justicieros que desvelan episodios que otros quieren ocultar, gente corriente que un día opta por desaparecer… La búsqueda de un punto ciego en su vida lleva a Purity “Pip” Tyler a abrir la caja de los truenos, en un viaje con escala en el pasado incluida y que irá del Berlín comunista a un paraje aislado en la selva boliviana, con estancias en Londres, Denver, California… Hay asesinatos, venganzas, sexo explícito, espionaje, pedofilia, abuso de poder, magnates de la industria cárnica y adalides del nuevo periodismo que se hace en las redes.

“Dickensiana” la han considerado muchas de las críticas que se han publicado, y no sólo por esa referencia más o menos explícita a “Grandes esperanzas” con el nombre del personaje protagonista. “Decimonónica”, “ambiciosa”, “clásica”, “enorme”… han sido otros calificativos que sin ánimo peyorativo menudean entre los comentarios de los lectores en Goodreads, al lado de otros menos rimbombantes pero elocuentes: “entretenida”, “interesante” o “divertida”. La faja que Salamandra ha colocado en la primera edición recoge un elogio indirecto de The Toronto Star: “dentro de unas décadas, cuando queramos una foto de 2015, volveremos la mirada hacia esta novela”.

No sé hasta qué punto eso puede ser un halago envenenado, que ponga fecha de caducidad a lo narrado por Franzen. Los ecos de Wikileaks, los nombres de Julian Assange o Edward Snowden quizá se hayan difuminado en unos años, y más con la velocidad con la que se sucede casi todo lo relacionado con la tecnología o la información. No obstante, quedarán incólumes la construcción de una narración en la que todas las piezas encajan, donde no hay ningún personaje que resulte abandonado ni ninguna expectativa que quede por satisfacer. En este sentido sí es una novela dickensiana, donde todo lo que se decía y todos los que aparecían tenían una función en el desarrollo de la trama.

Entre las críticas tibias que ha recibido “Pureza” en la prensa española me ha llamado la atención la sutil tarea de demolición llevada a cabo por Justo Navarro en Revista de libros, que además de desvelar muchos de los entresijos de la historia, va dejando caer chinitas hasta dar con la rotunda frase final: “Me da la impresión de que el Franzen de “Pureza” ha aprendido a divertirse con sus historias íntimas y, al mismo tiempo, montar improbables tramas fantásticas para que el público se divierta con él”. En el lado opuesto, sin negar el carácter arisco del autor, Antonio Lozano escribió en la magnífica revista literaria Librújula un texto titulado de modo esclarecedor: “Jonathan Franzen ¿Por qué hay para tanto?”.

Me quedo con este último.

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