Piezas de un puzzle inacabable

Hay una tenue trabazón que no sé en dónde nace pero que va surcando algunas de las muchas lecturas que durante años he acumulado con la Guerra Civil como protagonista o escenario de lo narrado. Los condensados libros de Juan Eduardo Zúñiga, “A sangre y fuego” de Chaves Nogales, algunos de los “Campos” de Max Aub, “Incerta glòria” de Joan Sales, “Días de llamas” de Juan Iturralde”, el “Homenaje a Cataluña” de Orwell y una colección de relatos de Alberto Méndez, alguien que no vivió la contienda (todos los anteriores sí) pero que debió de sufrir en sus carnes la condición de derrotado durante la posguerra. Son cuatro cuentos, sutilmente relacionados entre ellos, que publicó Anagrama con el título “Los girasoles ciegos” y que supusieron el reconocimiento casi unánime de la crítica y el favor de los lectores. El autor, desgraciadamente, disfrutó escasamente de tan merecido éxito literario y murió poco después de dar el original a la imprenta.

los girasoles ciegos_anagrama

En la estantería imaginaria de esta selección de “libros de la guerra” la lógica que los reúne tiene que ver con las dramáticas realidades que han de vivir sus personajes. Situaciones límite en las que para ser un héroe basta con no humillar a nadie o, todo lo contrario, momentos en los que hasta el más íntegro tiene que renunciar a su esencia más íntima si quiere vivir un minuto más, un día más. El lector asiste anhelante a estas disyuntivas, feliz de no tener que tomar la decisión, contrito si el resultado de tal determinación no es el que más le satisfacía desde la comodidad de ser un mero espectador.
La proximidad de nombres, el reconocimiento de paisajes que se intuyen propios, la abundante información que cada uno acumulamos sobre historias que nuestros abuelos y padres vivieron bien de cerca, hace que muchas novelas sobre la Guerra Civil sean en buena medida nuestras historias, las que han construido (aunque sea con material de derribo) la sociedad que hoy combatimos por momentos para hacerla más habitable en otros ratos.
Leo ahora en una noticia de El País que 12 años después de la muerte de su autor, la novela de Alberto Méndez sigue contando con el favor del público, la recomendación de los libreros y es libro de lectura habitual en los planes de muchos institutos. Eso hace que cada año se sigan vendiendo entre más de 10.000 ejemplares (Herralde dixit). Dicen que lleva acumulado más de medio millón de lectores en todo el mundo y se acaba de publicar un libro con las actas de un congreso celebrado en Zúrich en 2014 y organizado por las profesoras Itziar López Guil y Cristina Albizu. Las ha publicado Antonio Machado Libros.

los girasoles ciegos_circulo
Tardé en leer “Los girasoles ciegos” y no recuerdo por qué. Lo hice en una edición de Círculo. Quedé impactado. Un militar nacional que deserta cuando faltan horas para que los suyos tomen Madrid; un derrotado que asiste en los montes a su compañera, de parto, cuando ambos huían en pos de su fatídico encuentro con el destino; un condenado a muerte que asegura conocer al hijo de uno de los hombres que lo juzgan, desaparecido en la guerra: un auténtico bestia cuya biografía edulcora el condenado para así mantener el interés del juez (y de su mujer, especialmente) y así gambetear con la muerte y ganar horas y hasta días de vida añadida; y un topo que asiste impotente a que su mujer acceda a las pretensiones de un cura rijoso a cambio de que éste no abra la boca y descubre su escondite. No es “otra maldita novela sobre la guerra civil” (parafraseando a Isaac Rosa) y sí un relato sombrío, desasosegante, fatal, de unos años y unas gentes que lo perdieron todo en un conflicto tan salvaje.
Piezas, una vez más, del puzzle que todavía hoy queremos componer sin saber muy bien ni la cantidad de fragmentos que lo conforman ni, lo que es más extraño, cuál es la escena que nos encontraremos al final, cuando todo encaje más o menos, si es que eso es factible.

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