Música y fútbol

A finales de la década de 1980 apenas podíamos intuir cuál sería el destino del fútbol televisado, mientras en la segunda cadena de TVE (quizás entonces ni siquiera se llamaba La 2) ofrecían en directo los sábados por la tarde un partido de la liga inglesa. Debían de ser los años de transición hacia la Premier League, “marca registrada” a la conquista de los mercados exteriores y en la que los campos se habían modernizado, habían desaparecido las “vallas asesinas” de infausto recuerdo en Heysel, todos los espectadores estaban sentados, no había borrachos en las gradas (o no los enfocaban las cámaras) y, algo que ahora ya pasa en todo el mundo, los precios sólo eran accesibles a un público de posibles.

La retransmisión que ofrecía la pantalla mostraba la cara “doméstica” de los hooligans británicos: miles de gargantas cantando “a cappella” himnos legendarios, miles de culos perfectamente sentados alrededor de unos campos de un verde imposible fuera de las islas y jugadores ahora ya en el panteón de ilustres persiguiendo a toda velocidad la sombra de un balón, que volaba de área a área, lejos del pasto. En términos futbolísticos se hablaba de racanería en el campo, aburrimiento en la grada y altanería en los despachos hacia el futbol practicado en el resto del continente.

fiebre en las gradas

La cara B de todo esto, la explicación a ras de calle de tantos cambios en tan poco tiempo, se puede encontrar en un libro de Nick Hornby que siempre aparece cuando se elabora un canon de la cada vez menos imposible relación entre fútbol y literatura. “Fiebre en las gradas”, publicado en castellano por Anagrama tras aparecer en inglés en 1993, es un libro que no está envejeciendo bien del todo, porque hay muchos nombres que van apolillando el relato. También porque el glamour actual puede deslumbrar y provocar que las historias narradas, llenas de campos embarrados, peleas en el fondo del estadio y borracheras descomunales, aparezcan como batallitas que se cuentan en voz baja, mientras un rictus de vergüenza se adueña de nuestras cabezas despeinadas.

El libro de Nick Hornby es el relato de una pasión gunner, la biografía colectiva de un equipo segundón de Londres que parecía condenado por una especie de maldición futbolera, la crónica de los fracasos sucesivos del Arsenal entre finales de los años 60 y el campeonato liguero de 1989. Aún tendrían que llegar los años del jeque como amo del club, las muchas temporadas del francés Arsène Wenger como técnico de un equipo aclamado por su juego preciosista y criticado por su escasa contundencia a la hora de sentenciar títulos.

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Arsène Wenger y Nick Hornby

PROCEDENCIA DE LA FOTO: http://peterfromtexas.tumblr.com/post/39137035855/arsene-wenger-and-nick-hornby

En esta semana de marzo que ahora comienza vuelve a cruzarse el Arsenal con el Barça (de Messi, Neymar y toda la pléyade de estrellas) en una eliminatoria de Champions League, y lo hace en desventaja tras perder 0-2 en el Emirates Stadium (el apellido publicitario de una línea aérea del Golfo Pérsico ha acabado con un nombre de resonancias legendarias como Highbury, el antiguo campo gunner). Se volverá a hablar de Nick Hornby, seguro que lo entrevistan en muchos medios y volverá a citarse “Fiebre en la gradas” como uno de los libros imprescindibles, a pesar del tiempo pasado y aunque queden ya muy lejanos nombres como los del desdentado Peter Beardsley, el portero Grobbelaar, el entrenador Jock Stein o el mítico George Best (toda una fuente de frases e historias a menudos apócrifas) o parezcan historias conservadas en papel amarillento las de los años de `plomo del thatcherismo, la tragedia de Hillsborough o los viajes en tren de los hooligans por condados alejados y campos de tercera.

31-canciones-Hornby

El libro de Hornby, más que “literatura del yo”, es uno de los precursores de esos libros de evocación que ahora triunfan entre la generación de los baby boomers. Es verdad que el autor parte de su vida y sus recuerdos para proyectarlos sobre un paisaje y unos años que acaban conformando una especie de retrato generacional. Es un libro que, leído fuera de las islas y una par de décadas después, no se entiende bien sin notas a pie de página. Hay otro del mismo autor, “31 canciones”, que ha envejecido mejor, a pesar de estar elaborado con mimbres similares. En este caso son episodios de la vida de Hornby (algunos bien personales, como la enfermedad de su hijo, las dificultades de su matrimonio precisamente a causa de los condicionantes de esta enfermedad) los que se van mezclando con melodías y cantantes que le acompañaron en esos trances vitales. Dedica a cada una de estas canciones un pequeño ensayo que unas veces relaciona la canción con el propio proceso creativo del escritor, otras veces sirve para reflexionar acerca de las modas imperantes y, en algunos casos, es meramente una descripción técnica de una melodía. Springsteen, Led Zeppelin, Aretha Franklin, Van Morrison, The Clash… son algunos de los protagonistas de esta recopilación que se lee como la versión seria y objetiva de una novela, también de Hornby, titulada “Alta fidelidad”. En este caso la literatura y un peculiar humor muy inglés son los protagonistas.

Cuando se habla de música y fútbol, Hornby es un nombre recurrente. Con razón.

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