Cosas que nunca te dije

“Me gustaría poder olvidar todos tus libros para volver a descubrirlos y leerlos como si fuera la primera vez”. Esto es esencia lo que le dijo una lectora a Cortázar (si la anécdota es real) y que éste consideraba el mejor halago que nunca hubiera recibido. Con otros nombres propios, cambiando el género, la edad, la nacionalidad del entusiasta lector o del admirado escritor, adornada con detalles menores, hace poco o décadas atrás, la historieta funciona de maravilla como epítome de la admiración sin límites del fervor apasionado.

Me ha venido a la memoria al leer el sucinto halago que los editores de Astiberri han puesto a modo de reclamo en la cubierta del último libro de Paco Roca: “La casa”. Es un texto de Javier Pérez de Albéniz, responsable de un blog imprescindible (El Descodificador) y firma asociada a las secciones de Cultura, con predilección por la tele, desde hace una pila de años. Dice que es “un libro mágico sobre la sencillez y el adiós” y remata con una frase absolutamente embriagadora: “Afortunadamente, las cosas le pasan a quien sabe contarlas”.

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“La casa” es una maravilla en todos los sentidos. Es un ejercicio de madurez que se manifiesta casi en cada página, en cada viñeta. El autor se muestra como un rendido admirador de un padre al que no dijo todo lo que hubiera debido decirle. Transpiran los dibujos un delicado homenaje que es emocionante a fuer de sencillo, que alcanza la épica contando cosas cotidianas, que lamenta la pretendida aversión al sentimentalismo en la que nos hemos criado varias generaciones masculinas en este país, incapaces de dar un abrazo a nuestros padres, de musitar un “te quiero”, de decir en voz alta “qué importante has sido simplemente estando”.

La delicadeza que Paco Roca mostró en narraciones tan diferentes como las de los ancianos de “Arrugas”, los artistas de “El invierno del dibujante” o el combatiente desconocido de “Lo surcos del azar” estalla de pura contención en estas páginas, en las que un leve cambio de iluminación evidencia el ciclo completo del paso de las estaciones, el detalle de una bufanda deja claro que han pasado meses, las hojas caídas d un árbol hablan de un tiempo que se fue irremediablemente. La casa a la que alude el título es la que el padre del trío protagonista levantó con sus propias manos como segunda residencia, con el afán de legar a sus hijos algo más de lo que sus padres pudieron dejarle a él. Hay que preparar la casa para colgarle el cartel de “Se vende” y acuden los tres hijos, por primera vez desde la desaparición del padre. El gozne de un puerta, el fruto de una higuera, la piscina vacía, las herramientas del garaje, una pérgola que nunca llegaron a levantar, una firma  en un trozo de cemento fresco, un desconchón en la pared activan los misteriosos resortes de la memoria y traen historias menudas de aquel padre que embarcó a sus hijos en la construcción de una piscina para compartir con ellos unas horas más, que era capaz de conectar la tele a la batería del Ford Fiesta para que no se perdieran los partidos de basket de madrugada en los Juegos de Los Ángeles y que un día, cuando parecía estar mejor que nunca tras la operación…

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Imágenes procedentes de la web del autor http://www.pacoroca.com

La luz cálida de las viñetas se complementa con ese trazo que parece esquemático y, sin embargo, está cargado de matices y con una composición enteramente al servicio de la narración: las doce viñetas de la primera página son magistrales, como lo es el paso de las estaciones recogido en la página siguiente o la vuelta a la página dividida en doce recuadros que viene a continuación para mostrar la dificultades para abrir una cerradura cuando encima está lloviendo. Esta obra delicada de factura impecable se puede convertir en manual de lectura necesaria para toda nuestra generación. Ese pudor que a muchos de nosotros nos ha impedido ejercer de hijos, y cuyo fantasma queremos ahuyentar volcándonos en mostrar cariño (a veces de forma exagerada) en nuestra descendencia, lo refleja Paco Roca con una naturalidad que desarma. Afortunadamente le pasan las cosas a gente como él. Su desnudo emocional nos invita a llorar sin vergüenza. Es complicado seleccionar un episodio, doblar la página por una esquina, marcar con un post it una frase de esas que hemos dicho con una cerveza de más. Porque todas son magistrales. Pero es imposible olvidar el cierre de este tebeo, ese padre que trasciende al tiempo gracias al viejo amigo que…

Hasta aquí puedo contar.

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