Vestirse con muchos adjetivos

Vida de un escritorio es una sección del Cultura|s de La Vanguardia especialmente concebida para fetichistas de la literatura. En ella Joana Bonet va mostrando los lugares donde se recluyen los escritores a trabajar, en los que afloran sus manías, las supersticiones, los ritos, su gusto por el orden (o no), la compañía libresca que tienen y tantos detalles que o bien aparecen en el texto o bien se dejan ver en las magníficas fotos que suelen complementarlos. En el dedicado a Ignacio Martínez de Pisón, además de descubrir que tiene la costumbre de no fumar ni beber en casa se dice que no deja nunca de trabajar con el ordenador conectado a un disco duro externo por el miedo a perder el folio (sí, uno solo) que se obliga a escribir cada día. Defiende Pisón sus manías léxicas: “hay palabras caras y otras pura bisutería. La gente que no sabe escribir abusa de las caras” y explica de manera muy gráfica qué son los adjetivos: “llevar muchos brazaletes o pañuelos en la solapa es como si te pusieras muchos adjetivos”.

Hace unos meses mi hijo disfrutaba con unas novelas que le tenían en ascuas pero le dejaban literalmente acojonado y me pidió que se las leyera en voz alta, antes de ir a dormir, como si leer en compañía conjurara esos temores. Se trataba de “La trilogía de la niebla”, de Carlos Ruiz Zafón (en edición de Booket de 2014), que reunió tras su apoteósico éxito con “La sombra del viento” las novelas previas en las que se había forjado como narrador, publicadas con éxito relativo y algún premio en la década de 1990. “El Príncipe de la Niebla”, “El palacio de la Medianoche” y “Las Luces de Septiembre” son relatos con un aire gótico, repletos de crímenes y muchos golpes de efecto, poblados por personajes maniqueos en ambientes claustrofóbicos y lugares con cierto exotismo… y aderezados con miles de adjetivos. Casi 900 páginas en las que se van encadenando hasta tres y cuatro adjetivos, que pululan como moscas zumbando alrededor de un sustantivo escuálido, de tanta calificación. Si se cogiese el libro por el lomo, se pusiese boca abajo y se pudieran aventar los adjetivos, como se hace en la era con la paja para separarla del grano, la paginación se reduciría un tercio, por lo menos.

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La lectura en voz alta es demoledora para lo superfluo. Y los adjetivos en esta trilogía de novelas (trepidantes, hay que decirlo también) parecen estar puestos al peso, aunque resulten caros. Mucho ruido de fondo para unas historias que ya abundan en personajes sometidos a tramas infladas en parajes que proyectan mucho eco. Sin llegar a esta apoteosis adjetivadora, otra novela que los críticos no dudarían en calificar de “menor” parece haber reservado un hueco a los adjetivos que le pudieron haber sobrado a Ruiz Zafón. Se llama “El castillo” (2015), la ha publicado Ediciones B y responde por entero a los cánones del best-seller: tapa dura con sobrecubierta, dibujos con estética de videojuego en la cubierta, papel con mucha mano para que las casi 700 páginas abulten mucho y justifiquen veinte y pico euros de PVP, una leyenda en la faja (no puede faltar una faja en este tipo de libros) del tipo “Si te gustó La catedral del mar…” y, lo que es más importante, una historia que bebe de los clásicos del género, al menos de los más recientes, en la línea de “Los pilares de la Tierra”.

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Está lejos, sin embargo, del libro de Ken Follet. Y eso que aquí también se narra la construcción de un castillo (en lugar de una catedral), en plena muga del incipiente reino cristiano de Aragón con los dominios musulmanes de Wasqa y Saraqusta. Hay una pareja que capea todas las dificultades a las que ha de enfrentarse su amor, unos cuantos polvos narrados con pretensión de no incomodar a los más mojigatos, bastantes traiciones, una buena dosis de asesinatos y alguna otra cosa que no se puede desvelar sin tener que recurrir al cartel de moda: “ojo, contiene spoilers”.

La novela adolece de sobreinformación: muchos datos metidos con calzador en forzados diálogos entre algunos personajes que hablan sobre la formación de reinos como si fueran espías recién llegados del Pentágono del futuro, después de haber hecho varios master de relaciones internacionales. Pasa lo mismo cuando un simple cantero y un carpintero analfabeto intercambian opiniones sobre elementos constructivos o técnicas de cimentación; parecen teóricos de la Bauhaus o estudiantes aplicados haciendo corta y pega de la Wikipedia. Se intuyen algunos anacronismos, como esos libros con un aspecto similar al actual pero ubicados en 1036, unos almogávares guerreando que debían de estar todavía en pañales o topónimos directamente erróneos (peña Proel), que restan valor a una historia que, si bien inflada, puede resultar entretenida.

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El castillo al que alude el título es el de Loarre, una curiosidad de la arquitectura militar, que ha sido protagonista de novelas (algunas de Ramón J. Sender, por ejemplo), en la que se han ubicado algunas adaptaciones cinematográficas de esas mismas obras senderianas y por la que han pasado estrellas de Hollywood en una peli de amplio recorrido como “El reino de los cielos”, de Ridley Scott. Merece la pena visitarlo, aunque la sobreexposición turística reste ahora parte del interés que tenía pasear hace pocos años por unas piedras milenarias que parecían haberse acostumbrado al silencio. Se describen bastante bien en la novelas las peculiaridades de esta fortaleza, no en vano su autor es especialista en el tema y ha publicado algunos ensayos sobre castillos, además de trabajar en uno de ellos. Y es entretenido imaginar a sus personajes cuando se han visitado sus dependencias.

Si esta novela consigue que algún fetichista quiera ver el lugar por donde discurren las aventuras de la novela seguro que su autor se da por más que satisfecho.

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Growing up

Como esos clásicos que dicen que podemos ir leyendo varias veces a medida que crecemos y nos van diciendo cosas distintas (o las vamos encontrando nosotros donde antes no habíamos sabido verlas), Thunder Road es una canción de Bruce Springsteen en que la que ido he viendo cómo crecía yo a la par que el texto envejecía de manera magnífica. La habré escuchado en casi todos los conciertos del Boss a los que he asistido, acompañado de amigos de la infancia, de la novia que desde hace años es más que una compañera en todo, de gente desconocida con la que gritaba y saltaba después de no haber cruzado más de dos palabras. Y siempre descubriendo cosas nuevas, fijándome en detalles distintos, dándole un nuevo sentido a la historia que se narra. Una mera historia de “cars and girls”, si hacemos caso de una canción que en tono de burla hizo Prefab Sprout para criticar a esos soñadores de pacotilla que venden falsas ilusiones. Para mí, una de las mejores letras del Boss, elaborada con una madurez que desarma si tenemos en cuenta que está incluida en Born to run, un disco de 1975.

Es verdad que se habla de chicas que escuchan a Roy Orbison cantando a los solitarios, claro que hay autopistas por las que huir, y aparecen caminos polvorientos y motores que rugen pero el texto arranca con una imagen preciosa de un vestido tendido que ondea en el porche mientras se superpone la visión de ella bailando y sigue toda una declaración de amor en forma de una promesa de cambiar, de romper con el pasado para iniciar una nueva vida, de liberarse de las ataduras. Una canción con un poder de evocación enorme: “tengo esta guitarra y aprendí a hacerla hablar”, que anticipa a la pareja que viaja “río abajo” en The river. Es un texto que para mí alguna vez fue simplemente una canción, que más tarde me insufló ánimos para romper con la rutina, “coger la carretera del trueno” y abandonar la tranquilidad familiar en pos de algo que no sabía bien qué era; que hubo unos meses en los que hice mía esa inocente declaración de amor, de alguien que hace promesas que no tiene ninguna certeza de convertir en realidad y que ahora mismo estoy escuchando con la misma sonrisa bobalicona que se me dibuja cada vez que oigo las primeras notas de esa armónica eterna… hasta que el piano eleva el crescendo que se cierra con Jake Clemmons (ahora) acompañando al saxo los últimos golpes de guitarra de Bruce.

Es difícil deslindar momentos clave de mi vida del fondo sonoro que el Boss les puso. Durante años sonaba Bobby Jean y recordaba una vieja historia de amor cuando oía el verso en que ella “camina bajo la lluvia”. Nació mi primer hijo el mismo día en el que aparecía el DVD del concierto que Bruce grabó en el Palau Sant Jordi de Barcelona, presentando The rising, al que pude asistir de chiripa, gracias a un amigo que venía con dos entradas y buscaba acompañante. Poco antes de que naciera mi hija me fui solo a ver el Olímpic de Badalona el concierto de una gira que meses después volvería a recalar en Barcelona: The Seger Sessions. Y también acudí, en la pista del Sant Jordi de nuevo, con una lámpara vintage coronando el escenario y Bruce prometiendo bulla en catalán: “Aquesta nit ens divertirem”.

La locura más grande que hice por el Boss fue salir un día de trabajar a las cinco de la tarde en Barcelona, pillar un avión a Bilbao, verle en un concierto en el flamante BEC de Barakaldo, dormir un poco y volver a coger un avión para estar en la oficina a las ocho de la mañana siguiente. Era la primera vez que el Boss recalaba en Bilbao y no quería perdérmelo. Un amigo me regaló la entrada y con ella la impagable experiencia de ver a los bilbaínos asistiendo a un concierto de Springsteen como quien va a un partido de pelota. Todo el mundo se conocía, la gente se cedía el paso, hacían comentarios divertidos de punta a punta del metro, cuando volvíamos de madrugada, y parecía que habían ido para hacer el cumplido al Boss, por tener el detalle de escoger Bilbao para su primera visita a Euskadi. Tiempo después fui por última vez al viejo San Mamés para ver de nuevo al “Jefe”.  No había pasado en esa ocasión por Barcelona y tenemos demasiados amigos en Bilbao como para dejar pasar la ocasión.

Desde entonces, el Olímpic de Montjuïc (con Radio Nowhere) y un par de veces el Camp Nou (con la gira de Wrecking ball y la presentación de The ties that bind) han sido mis últimas citas con Bruce. La sensación angustiosa de que quizá fuera la última vez que lo viera me ha acompañado desde el concierto de la Feria de muestras de Bilbao. Falsas alarmas. El emotivo vídeo que acompaña a Tenth Avenue Freeze Out, con ese recuerdo a cuando Big Man se integró en la banda o las imágenes de Danny Federici, muestra desde la gira anterior que The E Street Band también es mortal.

concierto boss

Dicen que la presente gira europea puede ser la despedida de esa banda cuya alineación podemos repetir de memoria. Sin ellos nada será lo mismo pero de momento podemos decir que los hemos vuelto a ver, y que no perdemos la esperanza de que regresen. Hay razones para creer que a volveremos a escuchar en directo Thunder Road, y habrá en nuestras vidas nuevos hitos que asociar a un disco del Boss, mensajes que cruzarnos de manera invisible, evidencias de que seguimos vivos.

Y vamos creciendo.

The ties that bind

Una noche de verano de 1986, en una ciudad de provincias, tres franceses querían seguir bebiendo bueno, abundante y barato. Entraron en el bar más grande de una plaza céntrica y pidieron tragos que casi no se veían delante de las narices. “Servido, cobrado” era el lema de la casa, y encima en francos, que se cambiaban a 15 pesetas, con lo que el dueño ganaba dos veces: cobrando los tragos bien caros (que para eso eran franceses) y cambiando por debajo de las veinte y pico pesetas que era la tarifa oficial. Fue entrando la madrugada y las abundantes mesas de la terraza se fueron vaciando, hasta dejar sólo a los clientes de confianza. Era para mí el momento más esperado del día. Con el camarero que me estaba enseñando los primeros trucos del oficio poníamos la música a tope y empezábamos a recoger mesas y sillas a toda velocidad, antes de escobar las aceras y pasar un manguerazo. Mi mentor en esa incipiente carrera en la hostelería era un fanático de Bruce Springsteen, y caí rendido a los encantos de aquellas canciones pegadizas, que intentaba traducir con el poco inglés que iba aprendiendo en el instituto.

Cuando sonó Glory days en los altavoces del bar, que como estaba recubierto de madera tenía una acústica fantástica, uno de los franceses se acercó bailando, medio borracho, agitando un papel en la mano derecha. Mi compañero de fatigas se acercó corriendo y empezó a decirle “Oye, Tiganá, que yo también estuve allí”, y se fue al almacén. Volvió al momento con un papel igual. Eran entradas del concierto que el Boss había dado un año antes en Montpellier, y al que dicen la crónicas que fueron varios trenes cargados de españoles.

entrada Springsteen Montpellier 1985

La noche se hizo eterna. Alfonso, mi compañero, empezó a invitar a copas a los franceses. Tiganá y sus otros dos colegas, negros como él, empezaron a hablar de fútbol, de Springsteen, nos dijeron que conocían al Tiganá verdadero (aquel futbolista que brilló con la selección francesa en los años 80), cantaron en inglés con acento francés las canciones de Born in the USA y a las tantas nos separamos después de muchos abrazos, muchas señas para hacernos entender y unos cuantos berridos de larga vida a Springsteen. “Tiganá” me regaló su entrada del concierto de Montpellier (igual se está arrepintiendo todavía) y aquel papel se convirtió para mí en una suerte de talismán que me ha acompañado por todas las casas y ciudades en las que he vivido. Lejos ahora de la casa familiar y treinta años después de aquella madrugada, esa entrada sigue enganchada con celo cerca de los LPs que he ido acumulando en todos estos años. Es el primer recuerdo que atesoro de mi larga vinculación a Springsteen y su música. Veo aquel trozo de papel y recuerdo el cassette que giraba sin descanso en la pletina del equipo de música de aquel bar, con el cansancio acumulado de doce horas de servir bandejas y la perspectiva de recoger rápido y salir a disfrutar de lo que quedara de marcha.

Por aquel tiempo, en un concurso en la radio local gané un premio por no sé qué y me dieron un single. Era Sherry Darling. Tenía disco pero no tenía tocadiscos. Fue uno de los caprichos que me permití con esos primeros sueldos veraniegos tras la barra de un bar. Cuando lo inauguré puse ese disco de 45 rpm, que todavía hoy está en mi discoteca, cerca de la entrada de Montpellier. Al lado de una caja con 5 LPs, que fue el primer disco del Boss que compré, el LIVE 1975-85, que sacó para intentar poner coto a la proliferación de discos piratas de sus conciertos. Lo conseguí en Andorra, adonde fuimos en un viaje relámpago a comprar discos, zapatillas, whisky, tabaco y azúcar. Eso era lo que se traía todo el mundo del “país de los Pirineos”. Aquella caja, rayada, repleta de recortes, con las esquinas de las fundas de los discos dobladas, me costó 3.500 pesetas, cuando el precio oficial era un billete morado.

Las cientos de horas que he pasado con aquellos cinco discos me permitieron descubrir, primero, la potencia en directo de la E Street Band; hacer un recorrido selectivo por la trayectoria previa a Born in the USA; descubrir que con el Boss no mejoraría nunca mi dicción  de la lengua inglesa y memorizar canciones hasta el más mínimo detalle. Temas que apenas le he escuchado en los conciertos, como This land is your land, Paradise by the C, Reason to believe, Raise your hand o War, se alternan con himnos que sí he berreado hasta la saciedad en estadios de Barcelona, Bilbao o Zaragoza. Nunca he podido verlo en su tierra ni viajar con el club de fans en sus giras europeas. Es algo que ya me temo quedará pendiente por siempre.

Springsteen nos gusta tanto porque nos recuerda lo mejor de nuestras vidas, porque hemos crecido con él. Porque hace más de treinta años que nos sabemos sus canciones y nos identificamos con él incluso cuando hace esos cambios que nos dejan anonadados.

entrada primer concierto springsteen 1993

La primera vez que lo vi en directo fue en Barcelona, en 1993, y venía sin su banda de siempre. Le acompañaba un grupo de músicos más que competentes que hicieron brillar los coros. Era la gira de promoción de Lucky town y Human touch, un par de discos que he ido apreciando con el tiempo. De “mi primer directo” recuerdo, por extraño que parezca, versiones de la Creedence como Who’ll stop the rain o de Jimmy Cliff, Many rivers to cross, así como unas críticas en los periódicos que fueron demoledoras. Pocos años antes, siendo unos críos, nos habíamos quedado con las ganas de ver al Boss en un concierto que aún hoy se agiganta en el tiempo. La gira de Amnistía internacional pasó por el Camp Nou en 1988 y llevaba de la mano a Tracy Chapman, Sting, Peter Gabriel, Youssou N’Dour y Bruce. Llegamos a la tienda que vendía las entradas en Tarragona pocas horas de después de que se llevaran las últimas. “Esgotades”, decía la dependienta, a la que mirábamos con una cara de rabia y una sensación de injusticia que hoy recuerdo con una nitidez hiriente.

Eran los años en los que iba a los conciertos con los amigos de toda la vida, reforzando esos lazos que nos unen, descubriendo esas experiencias que nos llevaban a cometer locuras y a creer que empezábamos a construir nuestra libertad personal.

Se consolidaba nuestra relación con el Boss sin que pudiéramos intuir todas las cosas que aún veríamos, los lugares en los que nos íbamos a encontrar, las canciones que nos iba a proporcionar para seguir creciendo.

(Continuará)

 

Honorificabilitudinitatutibus

Descubrí a Bill Bryson de manera accidental. No había oído hablar siquiera de su gran best seller, “Una breve historia de casi todo”, cuando un amigo escritor que se estaba documentando para hacer una guía de Toronto recibió una recomendación de su editor: “Lee un libro que se llama ‘En las antípodas’, el tono que utiliza Bill Bryson sería perfecto para explicar cómo es Toronto”. El amigo me encargó el libro y, antes de enviárselo, decidí echarle una ojeada. Fue imposible dejarlo. No se me había pasado por la cabeza ir a Australia, ni era un territorio que me resultara especialmente atractivo (o no más que muchos otros), poco sabía más allá de que era una isla enorme adonde los británicos estuvieron enviando durante décadas a lo peor de la sociedad y en la que había especies endémicas que llamaban la atención por su tamaño y sus rarezas.

en las antipodas bill bryson.png

No obstante, el tono de Bill Bryson describiendo un viaje por aquella isla fascinante me resultó embriagador y empecé a buscar en Google Maps vistas aéreas de Uluru para certificar las descripciones del autor, reí a carcajadas con algunas historias menores que sabía encajar con labor de taracea en medio de un viaje de sur a norte, atravesando un desierto de fuego; paseé por estancias del parlamento australiano, supe de héroes malditos de esas tierras australes… La copiosa documentación que había detrás solo se traslucía en la precisión de una fecha, el gusto por el detalle, en una cita colocada en el momento idóneo. El olfato con el que sabía trascender la anécdota volvía interesantes aparentes nimiedades y el tono cáustico, siempre el tono, con el que podía hablar de un compañero de asiento en el avión establecía una complicidad con el lector que lo convertía en rendido admirador, en agradecido compañero de andanzas.

Las alharacas de las efemérides han machacado durante unas semanas con el cuarto centenario de la muerte de Cervantes y Shakespeare, con el 23 de abril como estación de llegada. Babelia, que ha cambiado de manos hace poco y lleva sus riendas ahora alguien apellidado Seisdedos, dedicó un especial que me sorprendió por gratamente. Se citaban obras canónicas de las que han fisgado con más o menos acierto en la vidas de ambos genios, pero se les pasó por alto una titulada sencillamente “Shakespeare”, escrita por Bill Bryson. La encontré rodeada de títulos canónicos sobre “el bardo de Stratford-upon-Avon” (cómo nos gusta semejante sobrenombre), casi desvalida, flaca, en un formato pequeño, con un rojo llamativo en la cubierta, publicada por RBA en 2009. Eso que llaman ahora “los paratextos” no se andaban con chiquitas: “estilo ágil y ameno”, “pequeña gran biografía”, “una delicia”, una obra “accesible y estimulante llena del humor y la irreverencia característicos de Bryson”.

shakespeare

Pues todo eso y mucho más. Empieza hablando Bryson del retrato más famoso que existe de Shakespeare, del que asegura que no hay ninguna prueba de que se pueda parecer lo más mínimo al poeta para reconocer inmediatamente que “hace ya más de dos siglos (…) el historiador George Steevens observó que todo cuanto sabemos de William Shakespeare se reduce a un exiguo puñado de datos: nació en Stratford-upon-Avon, tuvo una familia allí, viajó a Londres, se convirtió en actor y autor, regresó a Stratford, hizo testamento y murió”. Con semejante bagaje de certidumbres no es extraño que el autor diga que poco puede saberse de Shakespeare sin recurrir a la especulación y “de ahí que sea tan delgado este libro”.

Son 180 páginas escasas, pero como se puede apreciar en las comillas anteriores, ahí está el inconfundible tono de Bryson, adobado de abundante documentación, pasión por contar y un tema más que atractivo. En capítulos tan cortos como suculentos se va hablando del contexto histórico, con Isabel I y Jacobo I; de la gestación de sus obras (muchas veces apoyado en meras especulaciones), de temas familiares, del destinatario (masculino) de los ardorosos versos de la mayoría de sus sonetos, de la historia del Globe, cuya falsa réplica se alza hoy cerca del Thamesis, del “Primer Folio”, esa recopilación monumental que poco después de su muerte fijó en cierta manera el canon shakesperiano y desató todo tipo de fabulaciones entre los estudiosos (que no cesan, ni las especulaciones ni los expertos), de las vicisitudes que han padecido los ejemplares de este título que la colección de la Biblioteca Folger de Washington atesora (son ochenta, un tercio de los que han sobrevivido), de las conjeturas sobre si Shakespeare fue éste, aquél o todos a la vez… Y hay un capítulo que es especialmente interesante, tanto como divertido. El de los estudiosos que se han aplicado a fondo para arrojar luz sobre fragmentos de su obra, desenmascarar la propia personalidad del bardo, atribuirle o quitarle obras y, en definitiva pasar el rato y hacérnoslo pasar a nosotros. Recuerda Bryson a A.L. Rowse, que analiza quién pudiera ser la dama  a la que ensalza el poeta en un soneto y dice sin asomo de duda que es Emilia Bassano, hija de uno de los músicos de la reina para asegurar de forma categórica (en 1973) que sus conclusiones “no pueden impugnarse porque son sencillamente verdaderas”. Y punto. No menos jocosa es la interpretación de historiadores “meticulosos en su inventiva” como Sir Edward Durning-Lawrence, que es capaz de traducir “Honorificabilitudinitatutibus” en lo siguiente: “estas obras, creación de F. Bacon, se presentan para el mundo”. Y de paso quitarle la autoría a Shakespeare.

Como decían otros elogios de la cubierta: “Una joya de principio a fin”. Y ya está.