The ties that bind

Una noche de verano de 1986, en una ciudad de provincias, tres franceses querían seguir bebiendo bueno, abundante y barato. Entraron en el bar más grande de una plaza céntrica y pidieron tragos que casi no se veían delante de las narices. “Servido, cobrado” era el lema de la casa, y encima en francos, que se cambiaban a 15 pesetas, con lo que el dueño ganaba dos veces: cobrando los tragos bien caros (que para eso eran franceses) y cambiando por debajo de las veinte y pico pesetas que era la tarifa oficial. Fue entrando la madrugada y las abundantes mesas de la terraza se fueron vaciando, hasta dejar sólo a los clientes de confianza. Era para mí el momento más esperado del día. Con el camarero que me estaba enseñando los primeros trucos del oficio poníamos la música a tope y empezábamos a recoger mesas y sillas a toda velocidad, antes de escobar las aceras y pasar un manguerazo. Mi mentor en esa incipiente carrera en la hostelería era un fanático de Bruce Springsteen, y caí rendido a los encantos de aquellas canciones pegadizas, que intentaba traducir con el poco inglés que iba aprendiendo en el instituto.

Cuando sonó Glory days en los altavoces del bar, que como estaba recubierto de madera tenía una acústica fantástica, uno de los franceses se acercó bailando, medio borracho, agitando un papel en la mano derecha. Mi compañero de fatigas se acercó corriendo y empezó a decirle “Oye, Tiganá, que yo también estuve allí”, y se fue al almacén. Volvió al momento con un papel igual. Eran entradas del concierto que el Boss había dado un año antes en Montpellier, y al que dicen la crónicas que fueron varios trenes cargados de españoles.

entrada Springsteen Montpellier 1985

La noche se hizo eterna. Alfonso, mi compañero, empezó a invitar a copas a los franceses. Tiganá y sus otros dos colegas, negros como él, empezaron a hablar de fútbol, de Springsteen, nos dijeron que conocían al Tiganá verdadero (aquel futbolista que brilló con la selección francesa en los años 80), cantaron en inglés con acento francés las canciones de Born in the USA y a las tantas nos separamos después de muchos abrazos, muchas señas para hacernos entender y unos cuantos berridos de larga vida a Springsteen. “Tiganá” me regaló su entrada del concierto de Montpellier (igual se está arrepintiendo todavía) y aquel papel se convirtió para mí en una suerte de talismán que me ha acompañado por todas las casas y ciudades en las que he vivido. Lejos ahora de la casa familiar y treinta años después de aquella madrugada, esa entrada sigue enganchada con celo cerca de los LPs que he ido acumulando en todos estos años. Es el primer recuerdo que atesoro de mi larga vinculación a Springsteen y su música. Veo aquel trozo de papel y recuerdo el cassette que giraba sin descanso en la pletina del equipo de música de aquel bar, con el cansancio acumulado de doce horas de servir bandejas y la perspectiva de recoger rápido y salir a disfrutar de lo que quedara de marcha.

Por aquel tiempo, en un concurso en la radio local gané un premio por no sé qué y me dieron un single. Era Sherry Darling. Tenía disco pero no tenía tocadiscos. Fue uno de los caprichos que me permití con esos primeros sueldos veraniegos tras la barra de un bar. Cuando lo inauguré puse ese disco de 45 rpm, que todavía hoy está en mi discoteca, cerca de la entrada de Montpellier. Al lado de una caja con 5 LPs, que fue el primer disco del Boss que compré, el LIVE 1975-85, que sacó para intentar poner coto a la proliferación de discos piratas de sus conciertos. Lo conseguí en Andorra, adonde fuimos en un viaje relámpago a comprar discos, zapatillas, whisky, tabaco y azúcar. Eso era lo que se traía todo el mundo del “país de los Pirineos”. Aquella caja, rayada, repleta de recortes, con las esquinas de las fundas de los discos dobladas, me costó 3.500 pesetas, cuando el precio oficial era un billete morado.

Las cientos de horas que he pasado con aquellos cinco discos me permitieron descubrir, primero, la potencia en directo de la E Street Band; hacer un recorrido selectivo por la trayectoria previa a Born in the USA; descubrir que con el Boss no mejoraría nunca mi dicción  de la lengua inglesa y memorizar canciones hasta el más mínimo detalle. Temas que apenas le he escuchado en los conciertos, como This land is your land, Paradise by the C, Reason to believe, Raise your hand o War, se alternan con himnos que sí he berreado hasta la saciedad en estadios de Barcelona, Bilbao o Zaragoza. Nunca he podido verlo en su tierra ni viajar con el club de fans en sus giras europeas. Es algo que ya me temo quedará pendiente por siempre.

Springsteen nos gusta tanto porque nos recuerda lo mejor de nuestras vidas, porque hemos crecido con él. Porque hace más de treinta años que nos sabemos sus canciones y nos identificamos con él incluso cuando hace esos cambios que nos dejan anonadados.

entrada primer concierto springsteen 1993

La primera vez que lo vi en directo fue en Barcelona, en 1993, y venía sin su banda de siempre. Le acompañaba un grupo de músicos más que competentes que hicieron brillar los coros. Era la gira de promoción de Lucky town y Human touch, un par de discos que he ido apreciando con el tiempo. De “mi primer directo” recuerdo, por extraño que parezca, versiones de la Creedence como Who’ll stop the rain o de Jimmy Cliff, Many rivers to cross, así como unas críticas en los periódicos que fueron demoledoras. Pocos años antes, siendo unos críos, nos habíamos quedado con las ganas de ver al Boss en un concierto que aún hoy se agiganta en el tiempo. La gira de Amnistía internacional pasó por el Camp Nou en 1988 y llevaba de la mano a Tracy Chapman, Sting, Peter Gabriel, Youssou N’Dour y Bruce. Llegamos a la tienda que vendía las entradas en Tarragona pocas horas de después de que se llevaran las últimas. “Esgotades”, decía la dependienta, a la que mirábamos con una cara de rabia y una sensación de injusticia que hoy recuerdo con una nitidez hiriente.

Eran los años en los que iba a los conciertos con los amigos de toda la vida, reforzando esos lazos que nos unen, descubriendo esas experiencias que nos llevaban a cometer locuras y a creer que empezábamos a construir nuestra libertad personal.

Se consolidaba nuestra relación con el Boss sin que pudiéramos intuir todas las cosas que aún veríamos, los lugares en los que nos íbamos a encontrar, las canciones que nos iba a proporcionar para seguir creciendo.

(Continuará)

 

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