Un tintineo con ronquera

Los carros de supermercado tienen un sonido muy característico que los hace inconfundibles. Incluso cuando ruedan sobre la superficie lisa de los pasillos de la sección de congelados, ese tintineo que parece diseñado para hacer de la compra toda una experiencia. “Vivir experiencias es lo más”, toda una divisa del neomarketing. Cuando uno de estos carros sale a la calle porque el usuario tiene mal aparcado el coche en la esquina y hay que vaciar a toda prisa en el maletero las bolsas de la compra, el discurrir de las ruedas del carro por las rugosidades de la acera convierte el tintineo en una especie de carraspera que anula por completo cualquier “experiencia multi-sensorial”.

Un carro de estos, pero cargado de ferralla, de motores de lavadora, de chapas, de listones de aluminio o de cualquiera de esas basuras inclasificables pero rígidas que dejamos al lado de un contenedor porque no sabemos dónde abandonarlas, ya no produce un tintineo sino un sonido ronco, una melodía gris para la banda sonora de una película ambientada en las calles oscuras de un barrio decadente.

Ese sonido tan peculiar es habitual desde hace unos años en el Poblenou de Barcelona. Por las calles Zamora, Pujades, Pallars, Puigcerdà, Ávila, Llull, Ramón Turró… y tantas otras trazadas a cordel hace décadas para erigir lo que se llamó el “Manchester català” es normal ver a hombres fornidos, negros casi siempre, arrastrando a duras penas carros de la compra cargados de hierros de todo tipo, que van vaciando en naves desnudas en las que se intuyen montones de chatarra, en pleno proceso de clasificación.

El Poblenou es un barrio que muestra todas las miserias (y por supuesto, muchas de las bondades) de la capital catalana. Una mezcla de vecinos con raíces en el barrio y barceloneses llegados de cualquier punto del globo; edificios y espacios añejos como la Rambla o los ateneos con hitos urbanísticos como el nuevo mercado del Encants Vells o la torre Agbar, ambos en la delgada línea que separa lo epatante de los ridículo; oficios manuales de siempre conviviendo con profesiones que todavía se están dotando de contenido; riqueza relativa conseguida a golpe de esfuerzo junto a pobreza enquistada que ni todo el esfuerzo de un hombre logra atenuar. En definitiva, edificios con espejos en el techo y plazas con leds que se iluminan al compás de la música al lado de esquinas donde se acumulan los vidrios rotos, los hierros oxidados y la lámpara de pie de la abuela que alguien dejó en el contendor pensando que ese día la recogida selectiva de residuos del Ayuntamiento pasaba por el barrio. Posiblemente fuera uno de “los vagabundos de la chatarra” el que la cargara en uno de esos carros de tintineo ronquilloso para depositarla en un almacén del Poblenou, muy cerca de la escuela de diseño más chic o del teatro nacional erigido con ínfulas de emparentar con edificio clásicos.

Algo de todo eso hay en un cómic que es muchas más cosas, por encima de las viñetas elaboradas con trazo feísta y voluntad documental. Es una novela gráfica, es un reportaje periodístico, es una contraguía turística, es una “historia basada en hechos reales”, es una crónica, y es un homenaje también a la gente que hace que la ciudad palpite más allá de los planes trazados con escuadra, cartabón y lápices de colores desde un despacho lejos de los arrabales y de la realidad. “Barcelona. Los vagabundos de la chatarra” (Norma, 2015), se titula este libro vivo, concebido por el escritor Jorge Carrión y dibujado por Sagar Forniés. De ambos hablábamos aquí de pasada, cuando glosábamos la obra de Joe Sacco, por una entrevista en cómic que le habían hecho ambos para el Culturas de La vanguardia. Es posible que me los haya cruzado más de una vez, en todos esos meses en los que se desplazaban en bicicleta por las calles del barrio, documentándose para el libro, entrevistado a gente. Nos movemos por la misma zona durante muchas horas del día.

Es un libro que se extiende más allá de sus páginas, con una web asociada muy recomendable, en la que hay documentación, se puede asistir al “cómo se hizo”, ver bocetos y conocer por los propios autor el porqué de este cómic.

Es un libro que cuenta “una historia que siempre acaba mal” (como titula Carrión el prólogo), que ofrece páginas memorables, con panorámicas de una ciudad acostumbrada a vivir “días históricos” cada dos por tres mientras la lucha por el pan bulle en sus calles, ajena a las cámaras. Es una hábil combinación de recursos narrativos: el cómic se cierra con una paradójica combinación de pantallazos de Twitter, en los que Ajuntament tuitea mensajes oficiales tan hueros como relamidos, montados sobre viñetas que escuetamente ilustran la trazabilidad de la chatarra, desde el carro del vagabundo hasta el carguero que supuestamente se la lleva bien lejos, a la China floreciente y ávida de hierro para seguir creciendo.

Al final del libro uno se encuentra con unas guardas impactantes, irónicas, elocuentes. Una sucesión de carros de supermercado giran enloquecidos sobre su propio eje. Mudos. Sin ese tintineo que ya nos es familiar.

Puro azar

Es un clásico de las listas de libros científicos al alcance de todas las entendederas, incluso de las de alguien como yo, que ha lamentado siempre no haber sido capaz de asentar mejor una base que me hubiera permitido después disfrutar doblemente de autores muy queridos como Oliver Sacks, Stephen Jay Gould, Theodore Gray o el que nos ocupa, Bill Bryson.

Hablábamos de él no hace mucho, al glosar dos obras bien alejadas entre sí (una biografía de Shakespeare y una peculiar crónica de viaje por Australia) en las que se podían apreciar algunas características marcas de la casa: amenidad, elocuencia, rigor, documentación abundante, buen humor y pasión por compartir todo eso, sin caer ni en la chabacanería ni en la falsa modestia.

breu historia

“Breu historia de gairebé tot” (La Magrana, 2012) es un superventas que siempre está leyendo alguien en las bibliotecas. Hay que tener mucha suerte para encontrarlo en la estantería o para que lo sirvan inmediatamente al hacer una reserva. Si lo he acabado leyendo en la versión en catalán es precisamente porque ha llegado primero la traducción en esta lengua, después de esperar en vano que quedara liberado el texto en castellano. Temeroso de que mi escaso dominio científico aún se viera más mermado por los tecnicismos de una lengua en la que no soy tan competente, pronto se disiparon mis miedos. La proverbial habilidad divulgadora de Bryson convierte los conceptos más abstrusos en poesía. Por primera vez tengo la (efímera) sensación de entender los fundamentos de la Teoría de la relatividad de Einstein. Pocas horas después ese supuesto saber se deshizo como lágrimas en la lluvia, pero eso no es tan achacable al autor como al lector. Bryson va pasando de un tema a otro y nos abre puertas a las que nos anima a asomarnos, mientras describe ese paisaje que somos incapaces de degustar en toda su magnificencia. Y aquí es donde la sucesión de magnitudes inabarcables se convierte en música celestial: cómo interiorizar que la Tierra pesa 6.000 millones de billones de toneladas (según cálculos de Cavendish en 1797) y cotejar tan indomeñable guarismo con los 9.725 trillones de toneladas en que se fijó con más exactitud ese peso, un siglo y pico después. No menos exorbitante son los 140.000 millones de galaxias que puede haber en el Universo o las estrellas que conforman la Vía Láctea, entre 100.000 y 400.000 millones, como si los cálculos los hicieran los organizadores o la guardia urbana.

Una vez abandonas las potencias con muchos ceros, Bryson se dedica a cuestiones tan dispares como la escala que utilizamos para medir la intensidad de los seísmos, el poco rato que tendríamos para lamentarnos si un asteroide se cruza inoportunamente con nuestro planeta, el cataclismo que se llevó por delante a los dinosaurios o las glaciaciones que, como las crisis económicas, han ido cruzándose cíclicamente con los humanos, y que esperan al acecho de unos pocos miles de años. El descubrimiento de la doble hélice del ADN, los distintos homo que han ido apellidando antecesor, habilis o erectus son otro estadio de este libro, en el que sus 500 páginas igual hablan del calor que atesora el núcleo de la Tierra que de la tectónica de las placas que lo recubren para acabar registrando, cómo no, las miserias humanas que también se han dado en el campo de la ciencia: las fricciones entre Fitz Roy y Darwin a bordo del Beagle, el error que laceró a Einstein a pesar de sus notorios descubrimientos o la obsesión de Linneo, que iba bautizando plantas con nombres tan sugerentes como Clitoria, Fornicata o Vulva. Y entre todas las historias tristes hay un hueco reservado para la mala suerte del dodo, ese pájaro demasiado pesado para volar y tan ingenuo como para no desconfiar de unos bípedos como nosotros, que lo fuimos diezmando hasta su completa aniquilación, incluso una vez disecado.

Microhistorias, algunas más mezquinas que edificantes, para ilustrar esta macrocrónica de por qué estamos aquí, leyendo en una pantalla lo que alguien escribió mientras se hacía más evidente todavía que no hay nada más interesante que la pasión por saber y la habilidad de saber explicarlo. Todo es una bendita sucesión de puros azares.