“…pero no lo que recibes”

El azar ha hecho que haya topado varias veces en pocas horas con el nombre del escritor chileno Alberto Fuguet. Escriben sobre él y su última novela en la entrega más reciente de Tinta Libre, una publicación muy necesaria, siempre atenta a los márgenes, presta a cuestionar lo establecido. Hablan de Fuguet porque ha publicado una novela titulada “Sudor” (Random House) que se puede leer en clave, para ir reconociendo a nombres fácilmente ubicables en “la mafia del Boom”. El sabroso texto que Saila Marcos dedica a Fuguet y su novela destroyer explica que cuando éste llevó a EEUU sus primeros textos, en los años ochenta, sus editores “echaron en falta más folclore y tropicalismos”. Recoge historias de los autores caídos del “boom”, del ruido ensordecedor que enmudeció a escritores más que interesantes pero lejos de la órbita del realismo mágico, de los caudillos apesadumbrados o de las novelas selváticas. Y entonces aparece mencionado el colombiano Andrés Caicedo, víctima de ese ruido, autor maldito.

Acudo rápidamente al prólogo de una novela que me ha recomendado una amiga, acostumbrada últimamente a viajar a Bogotá. Se llama “¡Que viva la música!” y su autor es precisamente Caicedo. Vuelvo a encontrarme con Fuguet. Suyo es este texto introductorio donde se habla del “boom”, se menciona al grupo de escritores que con el nombre de McOndo quisieron liberarse de las ataduras de la generación precedente, que quiso matar al padre para hacerse un hueco en el ruido de otro “boom”, el mediático, que ya había elegido a un autor por país, siempre que satisficiera las expectativas creadas en Europa, donde esperaban sagas inacabables, caricaturas de dictadores decrépitos, Arcadias felices temerosas de ser aplastadas por la bota gringa, plantas de colores extraordinarios, olores de guayaba y personajes con nombres de resonancias clásicas.

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Suscribo totalmente algunas frases de Fuguet en el prólogo a novela de Caicedo: “Aún me cuesta creer que supe de la existencia de Caicedo hace tan poco”, “¿Cómo no había sabido de él antes?”, “Andrés fue un adelantado, sí, pero también un tipo fuera de foco, desincronizado, limítrofe”. Leo “¡Que viva la música!” en una edición barata de Punto de lectura (del Grupo Penguin Random House). Dice el pie de imprenta que es la cuarta reimpresión (2015) de la edición colombiana de 2013, quizá publicada al socaire de una película estrenada por entonces y basada parcialmente en la historia que se narra: las memorias de María del Carmen Huerta, una joven de Cali que recopila un par de días de excesos, al son de la música, la autóctona y la que sonaba en las emisoras de radio, superando las fronteras.

Unas memorias frenéticas, desasosegantes, impregnadas de calor y sudor, que huelen a sexo y frustración, que suenan a rabia y curiosidad. Leída sin haber sido puesto en antecedentes, parece una novela de consumo interno, realismo en absoluto mágico destinado al público local, como una cara B del “boom”, la literatura auténtica de una generación que quería parecerse a los Rolling, drogarse como ellos, follar de manera sofisticada y desembarazarse de la tutela de los mayores. Echar siete llaves al sepulcro del coronel Aureliano Buendía, convertir en discoteca el prostíbulo de “La casa verde”, hundir el barco de Maqroll el gaviero y ahogar con un riff de Keith Richards tanto vallenato y tanto acordeón.

“¡Que viva la música!” tiene mucha historia alrededor, que estalla como una pesadilla en cuanto se indaga un poco en la red. La biografía mínima de Caicedo que acompaña a esta edición descubre enseguida el pastel: “el autor se suicidó el 4 de marzo de 1977, cuando tenía veinticinco años, el mismo día que recibió la primera copia impresa de ¡Que viva la música!”.

La lectura, desde luego, adquiere una significación bien distinta. La amiga que me lo recomendó tenía muy claro qué me daba. Yo aún sigo asimilando qué he recibido.

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