Querida Milagros…

Esta mañana al salir a patrullar, / hallamos muerto al soldado Adrián. / Como manda el reglamento procedimos a buscar / los objetos que llevara. Sólo hallamos esta carta. La segunda carta empezaba: “Te saludo desde Kabul” Lo leí y grité tanto que los vecinos vinieron corriendo. “¿Dónde está la ley? ¿Dónde puedo buscar amparo?” Me golpeaba la cabeza contra las paredes. “Sólo le tengo a él, hasta en los tiempos del zar libraban del servicio militar al hijo único. Pero a él le han enviado a la guerra”.

Querida Milagros, llevo seis días aquí. / Te echo de menos, no puedo vivir sin ti. / He visto las explosiones brillando a mi alrededor. / Tengo miedo, no lo oculto, sólo me queda tu amor”. En el hospital recibí carta de un amigo, por ella supe que una mina explosiva italiana había hecho saltar nuestro vehículo por los aires. Él había visto como junto con el motor del carro había salido volando un hombre. Ese hombre era yo.

Por ahora la suerte me ha sonreído; / necesito verte, aquí no hay amigos; / no estaría de más que alguien me explicara, / qué tiene esto que ver contigo y conmigo. Al poco tiempo empezamos a preguntarnos ¿Cuál es nuestro papel aquí? Nuestras dudas no gustaron a los superiores. Las zapatillas y los pijamas aún faltaban pero las pancartas y los llamamientos ya colgaban por todas partes.

Querida Milagros, queda tanto por vivir. / Sería absurdo dejarse la piel aquí. / Querida Milagros, aún no he podido dormir. / un sueño frío me anuncia que llega el fin. / Cuando leas esta carta háblales a las estrellas, / desde que he llegado aquí sólo he hablado con ellas. ¿Qué comprendí allí? Que el bien nunca gana. Que el mal en el mundo no disminuye. Que el hombre es espantoso. Y la naturaleza es bella… (…) En Afgán comprendí lo que es la vida. Aquellos años para mí fueron los mejores, se lo digo. Allí experimentamos de todo, probamos de todo. Vivimos la verdadera amistad entre hombres. Contemplamos cosas realmente exóticas: las bocanadas de neblina matinal en los estrechos desfiladeros, igual que cortinas de humo (…) Algunos paisajes parecen lunares, de ciencia ficción, algo espacial.

He visto a los hombres llorar como niños; / he visto a la muerte como un ave extraña, / planear en silencio sobre los caminos, / devorar a un sol que es tuyo y es mío. Nos trataban como a un rebaño… Unos estaban contentos, lo habían pedido ellos mismos. Otros no querían, estaban histéricos, lloraban, hasta había los que se emborrachaban con colonia. Joder… La desolación se apoderó de mí, todo me daba lo mismo.

Querida Milagros, llevo seis días aquí. / Te echo de menos, no puedo vivir sin ti. / Querida Milagros, llevo seis días aquí. / Muchos han muerto, casi todos morirán / Querida Milagros, me tengo que despedir / siempre te quiere: / tu soldado Adrián. Pasas días esperando un carta… Recibes una de tu chica, las flores le llegan hasta la cintura, ¡joder, haberme enviado una con bañador! ¡En biquini! O al menos de cuerpo entero, para poder mirarle las piernas… Por debajo de una falda corta… Entre nosotros, por la noche, el tema estrella siempre eran las mujeres. Cómo eran nuestras chicas y qué habíamos probado cada uno…

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Leía horrorizado la espeluznante sucesión de testimonios sobre la guerra de Afganistán que logró recuperar Svletana Alexiévich y sonaba en mi cabeza el alegato antibelicista que hizo El último de la fila en forma de canción. El lirismo de aquel soldado aturdido que confía a su novia sus congojas era el contrapunto ideal a las palabras de los supervivientes de la guerra afgana o a las palabras de las madres aterradas al rememorar cómo se fueron sus hijos para no volver, cuántas recuerdos arrastran mezclados con la sensación de culpa por no haber intentado evitar que cayeran en pos de un ideal tan difuso como el de ayudar a un pueblo hermano. Este libro aterrador se titula “Los muchachos de zinc. Voces soviéticas de la guerra de Afganistán”. Si a su autora, una veterana periodista bielorrusa, no le hubieran premiado con el Nobel de Literatura posiblemente Debate no hubiera editado este volumen, y la obra de Svletana Alexiévich hubiera gozado del favor de un público minoritario en una editorial como Raig Verd, que creo fue una de las primeras que apostó por ella.

El libro es descorazonador. Los testimonios se suceden, sin ninguna acotación de la periodista. Podría compararse con un iceberg, sólo vemos la punta. Todo el trabajo de documentación, investigación, entrevistas, contraste de fuentes, transcripción no se vislumbra, si acaso se intuye. Es un enorme desagravio, con decenas de relatos muy personales, llenos de dolor, cuajados de injusticia, manchados por las mentiras que provocaron que miles de soldados soviéticos murieran en un territorio hostil donde nada se les había perdido. Dice Alexiévich en unas escuetas notas que preceden a los testimonios de los protagonistas que ella se dedica “desesperadamente (libro tras libro) a disminuir la historia hasta que toma una dimensión humana”. Así se puede colegir en cada una de las páginas de este libro.

A modo de curiosidad, el volumen se complementa con un apéndice esclarecedor. El avance de parte del libro en el periódico Komsomólskaia Pravda y la representación de una obra teatral basada en el libro provocaron que un tribunal de Minsk admitiera una demanda contra la autora por tergiversar los relatos de los testigos. Se suceden los argumentos de las partes, se recoge el fallo del jurado y se puede apreciar la herida que en la sociedad soviética, entonces, y todavía hoy en los distintos países que enviaron a sus hijos a esta absurda guerra sigue supurando. Aunque la tentación de matar al mensajero es grande, el reconocimiento del Nobel y el creciente número de lectores pueden blindar a Svletana Alexiévich ante ataques como los que han sufrido colegas suyos de la extinta Unión Soviética.

Con motivo de la entrega del Nobel se sucedieron las entrevistas en los medios españoles. Hay dos que por la categoría de los entrevistadores lograron trazar un perfil completo de la periodista: la veterana Pilar Bonet en El País Semanal (que a veces es algo más que una mera sucesión de anuncios de productos caros) y las imprescindibles “converses amb vida” de Carles Capdevila en el suplemento dominical del diario catalán Ara merecen una lectura sosegada.

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