Cómo crear lectores

Han sido unas vacaciones extrañas en lo tocante a lecturas. Descuidé los libros en casa y me fui de viaje, bien lejos, sin casi nada que ojear. No tenía una librería cerca y decidí echar mano de las novelas que “obligatoriamente” tenía que leer durante el verano mi hijo mayor, a punto de empezar 2º de la ESO: Els homes de les cadires, de Jordi Sierra i Fabra (Cruïlla) y Marina, de Carlos Ruiz Zafón, en una edición de bolsillo (Planeta). La primera me duró menos que un viaje largo en tren; la otra me entretuvo varias noches, mientras se cuarteaba el cartón de la cubierta y descuajeringaban las páginas.

Posiblemente no sean historias que me dejen poso pero, al leerlas, las contraponía con mis lecturas de muchos años atrás, cuando yo debía de andar por el 7º de la EGB de entonces y, sin saberlo, me estaba construyendo una identidad lectora, algo muy difícil de definir porque, entre otras cosas, es un verdadero “work in progress”. Los libros de Sierra i Fabra y Ruiz Zafón, cada uno en su estilo, son hijos de su tiempo. No dejan de ocurrir cosas (como en los telefilmes de sobremesa), se suceden los golpes de efecto (también muy televisivos), gustan de recreaciones de ambientes (barrocos y neblinosos en el caso de Marina, más pop en Els homes de les cadires), y aportan sobrada dosis de violencia, truculencia y asesinatos.

els homes de les cadires    marina ruiz zafon

Deduzco que los profesores de lengua y literatura intuyen que novelas así serán efectivas para generar interés y crear lectores. Ingredientes habituales en el ocio que los jóvenes de hoy consumen, poca complicación y finales “made in Hollywood” (aunque esto no sea cierto del todo en el caso de Ruiz Zafón). Las comparo con los relatos mucho más inocentes que yo devoraba hace treinta años: las historias de Los Cinco y su exótica cerveza de jengibre (tan británica y tan divertidamente evocada por El Comidista aquí), las aventuras de los Hollister (todos soñábamos tener un padre como el de los cinco hermanos, dueño de una tienda de deportes, con ese “porte atlético y el pelo cortado a cepillo”) o las de Los Siete Secretos. Eran series que leíamos con devoción, intercambiando con algún amigo de vocación lectora o suspirando para que en la biblioteca del pueblo ya estuviera disponible aquel volumen que alguien llevaba días demorándose en devolver. Esas narraciones sencillas pero adictivas hoy quizá no soporten una relectura. Hace años me intenté sumergir en unos de esos tomos anaranjados de Los Hollister y enseguida hube de volver a la superficie, porque me ahogaba tanto empalago.

los cincio se divierten   hollister

Sierra i Fabra carga con el estigma de ser un escritor de literatura infantil y juvenil, pero es posible que envejezcan mejor sus noveletas de planteamiento naïf e imágenes a lo Magritte que los tochos de Ruiz Zafón, de más amplio espectro pero deudores siempre de ambientes tenebrosos, neblinosos, herrumbrosos y diez o doce adjetivos más terminados en “oso”. Le ha costado a mi hijo más que a mí terminar ambas obras, pero él es un buen lector (cuantitativamente, al menos) y las ha alternado con otras dos historias que sí le han atrapado de manera más eficaz: un par de novelas que son un caso curioso, ya que las ha escrito una niña que tenía 13 y 16 años en el momento de editarlas. Se llama Paula Calvo Carijo, y bajo el paraguas de “Crónicas del último dragón” ha reunido más de 600 páginas en dos volúmenes titulados El bosque de Krocks (2013) y Los elegidos (2016). Un relato a medias ingenuo, a medias desbordante, con personajes que acaban levantando el andamiaje de una saga por la que ni mi hijo mayor ni su hermana podían esperar a que el otro acabase para seguir pasando páginas, peleándose como si fuera un juego de la Play.

9788492903252_krocks

Esta devoción por alimentarse de historias viene en parte de las horas que hemos dedicado a leer en ese instante mágico, previo a apagar la luz y soñar dormidos. James Salter, en novela Años luz, lo describía de la manera más elocuente: “Y él les lee, como todas las noches, como si las regara, como si removiese la tierra bajo sus pies”. El padre que me mece a sus hijas con lecturas está tejiendo un lazo muy especial y las está “condenando” a un hambre indescriptible de saber más, de visitar otras vidas, de viajar más allá de lo imaginable. Este gusto por leer puede a veces saltar hecho añicos. Si abrir a destiempo las páginas de clásicos como El Quijote, el Lazarillo o La Celestina ha sido disuasorio para miles de lectores de nuestra generación, que se encontraron con ellos en un callejón oscuro, el mismo riesgo acecha a los jóvenes de hoy. Mi hijo, el gran lector, se enfrentaba con una pereza descomunal a las escasas cien páginas de una recopilación de cuentos de Oscar Wilde, mientras devoraba a escondidas libro tras libro de la saga “Los gatos guerreros”. Cuando le llegó el turno de leer en el instituto a Miguel Delibes, y a pesar de tener en El príncipe destronado una historia cercana a la que él vivió en casa, llegó a la conclusión de que estaba escrito en un castellano que “ya no se habla”.

Entiendo las disyuntiva a la que se ven abocados los profesores que quieren incitar a la lectura: que lean durante el curso lo que marcan los currículos y disfruten en verano con lo que les puedan alimentar el amor a la lectura. Puede dar la clave un comentario que acompaña a este reportaje de eldiario.es, dedicado precisamente a Ruiz Zafón. Por diferentes razones, lectores, editores, libreros y hasta usted y yo nos hacemos la misma pregunta: ¿Por qué vende tanto este hombre? Y dice el comentarista: “Soy lector asiduo y apasionado pero no aspiro a estar leyendo siempre obras inmortales”.
Pues eso.

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