Novela con guardia civil

En tiempos de la dictadura se impuso la costumbre de acabar con las blasfemias a base de multas. A no sé cuántos reales se cotizaba la unidad de juramento, pero en un pueblo del Pirineo aragonés había un ganadero que desarrolló la habilidad de cagarse en lo más sagrado mientras sumaba mentalmente por cuánto le iba a salir la broma y se detenía, a modo de colofón, en el momento justo en que le cuadraban las cuentas. Así, con la cifra redonda, aflojaba la mosca y no tenía que esperar cambios ni buscar calderilla.

Los menos pudientes, o con más ganas de chanza, preferían chotearse del guardia civil de turno (casi siempre llegado de bien lejos) y se cagaban en todo lo cagable, pero eso sí, en la lengua del lugar, para evitar que entendiera la magnitud de las imprecaciones. Las “cerretreras” del Niño Jesús, la vajilla de la última cena, el primero de noviembre… eran algunos de los motivos de estas blasfemias eufemísticas que, en definitiva, acababan abocando al mismo lugar.

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Me acordé de estas historias, contadas alrededor de un vaso de vino y con un coro de risas in crescendo, al leer la última novela de Ramon Solsona, titulada “Allò que va pasar a Cardós” (otro eufemismo), recién publicada por Proa y ambientada en el Pirineo, en la década de 1960, durante la construcción de las presas y centrales que abastecen de luz a Barcelona. Hay una pareja de hermanos, comunistas y dinamiteros, el uno cojo y el otro tuerto, que se prodigan en este tipo de juramentos: “Me cago en el huerto de los olivos y en la corona de espinas”. Quedan definidos al instante: anticlericales, vehementes, castellanohablantes, impulsivos. Otros personajes van quedando retratados por la manera de enfrentarse a las situaciones cotidianas y también a un imprevisto que arranca prácticamente con la novela y la recorre durante sus casi 400 páginas: el asesinato de Lindos Ojos, un guardia civil que aparece tendido en la nieve, con una pica clavada en la espalda.

En esta novela con exoesqueleto asistimos desde el principio a un relato coral, que transcurre de Sant Pere a la Puríssima, en eso que los de la tele llamarían un “falso directo”. Esta suma de voces, evocadas por un narrador que recuerda no sólo lejos en el tiempo sino también con un océano de por medio, no se convierte en una algarabía porque Solsona sabe embridar y distinguir las voces de los ecos. Este experimento de relato fragmentado, no por más usado resulta menos eficaz, permite combinar registros coloquiales, descripciones formales con declaraciones fogosas de amor, castellano y catalán, juramentos con llamadas al orden, reportajes periodísticos con charlas de café y hasta bailes de la conga en el teleclub del pueblo.

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Versión en castellano, editada por Tusquets

En cuestión de unas semanas, del recién nacido verano al incipiente invierno de 1965, las verdes montañas de la Vall de Cardós se convierten en picos inaccesibles por la nieve, y los cientos de trabajadores que horadan las cumbres para que corran invisibles las aguas de los pantanos, tienen que volver a los refugios, a los campamentos, a los cuarteles de invierno.

Se suele decir que en el ámbito rural los follones estallan en verano pero se fraguan en las largas tardes de invierno. O al menos así era hasta que llegaron la TV y más tarde internet. En 1965, en esta “novela con guardia civil”, el conflicto vino dado por un matón encharolado. Una confusión está en la base de esta historia en la que algunos han visto parentesco con dos colosos como Jaume Cabré o Jesús Moncada. Con “Les veus del Pamano” tiene en común el paisaje del Pallars. Con las novelas del mequinenzano comparte pantanos y extemporáneas fuerzas del orden.

Pero el grueso de la comparación no se sostiene. No se puede negar que Solsona, como sus predecesores, tiene la habilidad de tejer historias entretenidas, pero también hay que señalar que hay obras de largo aliento y novelas que, todavía, no llegan a tanto.

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