El escritor que frotaba las palabras

En las librerías toman posiciones los títulos que tendrán que batirse el cobre en la campaña navideña, que ya está aquí (a pesar de que aún no ha acabado octubre). Visito estos días algunas de esas librerías que se llaman “literarias” (como la madrileña Tipos infames, muy recomendable) y paso también por expendedurías de libros, como el Relay de la estación de Atocha, que cumple una meritoria labor en la vertiente más industrial del libro, la de poner al alcance de miles de personas los artefactos que precisamente están pensados para que compren libros esos miles de personas que no tienen por costumbre leer mucho. Me sorprendo de que en dos establecimientos a priori divergentes tengan tanto protagonismo las novelas de Richard Ford, en las ediciones canónicas de Anagrama, en las versiones de bolsillo o en la encuadernación de tapa dura a precio asequible. Leí Canadá (2013) al poco de salir, en la versión en catalán de Anagrama-Empúries. Tiene un arranque demoledor, como un puñetazo: “Primero contaré lo del atraco que cometieron nuestros padres. Y luego lo de los asesinatos, que vinieron después.” Imposible sustraerse a semejante invitación, que luego se confirma como un festín de antología. Una novela intensa, que parece un documental por la precisión de los detalles, pero que se lee como una de esas historias de frontera, con el aroma de las narraciones clásicas.

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Al echarle una ojeada a los periódicos del día empiezo a entender por qué están los libros de Ford en puntos de venta tan distintos. Han estado avispados los comerciales de Anagrama y han aprovechado la coyuntura del premio Princesa de Asturias que se entrega estos días a Richard Ford para colocar unos ejemplares que, desgraciadamente, quedarán arrumbados en cuanto lleguen los “planetas” del premio y demás apuestas de la campaña de regalo. Los lectores despistados perderán la oportunidad de cruzarse por casualidad con Richard Ford, porque las mesas de novedades estarán llenas de libros enriquecidos con clembuterol. Una pena.

La presencia de los libros de Ford en el punto de venta coincide con la sucesión de entrevistas en los diarios. En Abc, Inés Martín Rodrigo hace la crónica de un encuentro del escritor estadounidense con bibliotecarios asturianos y enumera sus filias literarias: Walter Percy, John Banville, Elisabeth Bowen y James Salter. De la novela Años luz de este último dice: “No es una novela perfecta, no tiene trama ninguna, pero tiene las mejores frases escritas en inglés. Salter da sentencias cuando habla, sus frases son robustas para el cerebro. Cuando te gusta una novela es porque la novela te controla y puede hacer lo que quiera contigo, y Salter es muy bueno en eso”.

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Llevo una treintena de páginas de El periodista deportivo, novela de Ford de 1986, que va por la séptima edición en los “compactos” de Anagrama, y de él podría decir lo mismo que él dice de Salter. Cuando descubrí hace unos meses (gracias, otra vez, a Juan Tallón) a Salter enseguida lo entronqué con Ford, como si el segundo fuera discípulo del primero. El texto en Abc me confirma esa intuición. La pareja rota que protagoniza la novela de Ford evoca a la que acabará rompiéndose en la de Salter, pero lo curioso es el aire que impregna ambas narraciones, esa sensación de cotidianeidad, de cercanía, de narración sin artificios.

Años luz (Salamandra) quizá no tenga trama, pero el lector asiste al desmoronamiento de una pareja que parece no tener argumentos para que anide en ellos la infelicidad. Salter describe con una sutileza remarcable los pequeños malentendidos que van minando la relación entre Viri Berland y Nedra. Cuando todo haya saltado por los aires, dirá ella de los cuentos que escribe su marido que “eran ligeros pero no frívolos, poseían una claridad extraña, eran como una parte del océano donde se ve el fondo”.

Qué mejor definición de la literatura de Salter que la que hace él mismo. Y que se hace patente sobre todo en Juego y distracción, una novela de finales de la década de 1960 que le ocasionó problemas con la censura por su lenguaje explícito a la hora de abordar el placer sexual. Esta novela fue donde Salter, según confesó a Inés Martín Rodrigo, halló una voz propia, “sentí cómo debía escribir”. Una vez más, el juego de las apariencias: la historia de una pareja que deambula por Francia, en aparente despreocupación, con ganas de enriquecer su experiencia amatoria y coleccionando posturas y lugares curiosos para dar rienda suelta al fragor corporal. Él es americano, indolente, y ella una francesa que parece quedar encandilada y sometida.

Ahí caí rendido a Salter, y la suerte es que aún me quedan tres o cuatro títulos para agotar toda su producción. Cuando murió, en junio de 2015, Inés Martín Rodrigo recordaba la entrevista que le había hecho meses antes en Abc y acabó recurriendo a nuestro admirado Tallón para dar una medida del interés que genera Salter: “escribía desde el aire, como el aviador que era, y eso facilitaba una perspectiva amplísima sobre sus historias, cuyo aire te da en la cara. Porque, con Salter, «cuando caes en la cuenta tienes las manos con las que sujetas sus libros adheridas a la sutileza, inteligencia y belleza de su prosa». Su frase, de hecho, «impide que los hechos cojan polvo». Posee, en definitiva, “esa sencillez imposible de alcanzar: puede tomar una palabra, frotarla, y hacer salir de ella un misterio”.

Una carta de 300 páginas

Decíamos ayer que el arranque de “Instrumental”  es absolutamente desconcertante, directo como un guantazo, con un efecto paradójico que puede resultar disuasorio. “La música clásica me la pone dura”. Todo lo que viene a partir de entonces es doblemente impactante, por lo que se cuenta y por ese tono fresco, cómplice, aparentemente desprejuiciado con el que lo explica.

Teniendo en cuenta que lo hemos leído en la edición en castellano de Blackie Books, en diversas ocasiones me planteé si este era el tono imperante también en el original inglés, reconociendo la dificultad que hubo de afrontar el traductor a la hora de verter no sólo el texto sino también ese aire de desahogo visceral. Por ello, me llamó la atención hace poco que la traductora Gemma Rovira valorara como muy admirable esta traducción, “por el grado de simbiosis con el autor y el equilibrio que consigue”.

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Poco se puede decir de un libro del que tanto se ha hablado, que aborda un ramillete de cuestiones espinosas, y que además tuvo incluso dificultades para ver la luz a causa del pleito que la madre del hijo del autor puso con el fin de que no se publicara la obra. James Rhodes es un concertista de piano de cierto nivel que sufrió abusos sexuales de pequeño. Un profesor lo violó sistemáticamente cuando tenía seis años. Luego estuvo ingresado en un psiquiátrico, fue drogadicto y alcohólico, se intentó suicidar cinco veces y perdió la custodia de su hijo. Estas cuatro últimas frases son las que aparecen en la contra del libro y pueden resultar tan disuasorias para algunos como morbosas para otros. Y, sin embargo, no hay concesiones al sensacionalismo. El libro es un canto a la vida, una apoteosis musical, un desahogo de 300 páginas: “Y en muchos sentidos, (…) este libro es la carta que te he escrito, Peter Lee, que te estás pudriendo en tu asquerosa tumba, para contarte que no has ganado. Nuestro secreto ya no es un secreto, un vínculo que compartimos, un lazo contigo, privado e íntimo, de ningún tipo. Nada de lo que me hiciste fue inofensivo, divertido o cariñoso, a pesar de lo que decías. No fue más que una aberrante y penetrante violación de la confianza”.

Se plantea Rhodes en algún momento qué hacer con semejante nivel de culpa, cómo no ahogarse en él. Y va desgranando su sufrimiento, que se acrecienta cuando se convierte en padre. A pesar de que también dice que “sólo hay dos cosas en la vida” que tiene garantizadas: el amor que le inspira su hijo y el amor que le inspira la música, hay momentos en que parece sucumbir al dolor pasado y hasta su condición de padre se ve emponzoñada por lo que a él le ocurrió. Cuando está buscando colegio para el pequeño, en una zona pija de Londres, le obsesiona que en algún momento del día un profesor tenga la posibilidad de quedarse a solas con el niño.

Sabe Rhodes, y lo dice más de una vez, que jamás logrará que lo que pasó desaparezca del todo, y de ahí su entrega obsesiva al trabajo, que en su caso es volcarse en los ensayos de piano, para acabar ejecutando algunas de las piezas más complicadas compuestas para este instrumento. De hecho, cada capítulo del libro es un tema musical que le sirve para hacer una introducción sobre el autor, algunos de sus intérpretes y su propia experiencia a la hora de abordarlo. “Me entrego al trabajo –dice–. Y desde fuera parece que soy como cualquier otro cabronazo trabajador que sólo quiere hacerlo lo mejor posible y no decepcionar a los demás. Pero lo cierto es que, si no me entrego a ello acabaré matándome, asesinando, desmoronándome de la peor de las maneras”.

Las canciones de este libro, las que abren cada capítulo, se pueden escuchar en una lista de Sportify. Un ejercicio interesante es escucharlas de manera virginal, sin haber entrado en las páginas de este libro, e intentar recordar qué se sintió después de esta audición. Cuando uno vuelva a esta lista, ya devoradas las páginas de “Instrumental”, las sensaciones serán bien diferentes. Habrá temas que acuchillarán, con unas reverberaciones distintas, casi tenebrosas.

Este libro tan duro está repleto de pequeñas historias maravillosas. Como diamantes diminutos brillando en un montón de mierda. Las dificultades con algunas de sus parejas, sus problemas para recuperar la custodia de su hijo, sus recaídas en diversas drogadicciones, el dolor causado por su profesor, sus internamientos en psiquiátricos conforman esos “ecos del pasado que se transformaron en gritos” cuando se convirtió en padre. En medio de tanta dureza destellan la relación que mantiene con su mánager, sus éxitos en algunos conciertos y una pequeña historia de la que voy a intentar no desvelar casi nada, protagonizada por un viejo amigo que le va a visitar en una de esas estancias hospitalarias, cuando peor estaba. Le hace un regalo prohibido, que Rhodes recuerda así: “me metí en la cama. Me puse los auriculares. Madrugada. Todo oscuro y silencioso a más no poder. Le di a la tecla de reproducción y escuché una pieza de Bach que no conocía, que me llevó a un sitio de tal esplendor, de tal abandono, esperanza, belleza y espacio infinito que fue como rozarle la cara a Dios. Juro que en ese preciso instante viví una especie de epifanía espiritual. La obra era Adagio de Bach y Marcello, creada para oboe y orquesta por un compositor barroco llamado Alessandro Marcello, que gustaba tantísimo a Bach que éste la transcribió para piano solo. Glenn Gould tocaba su Steinway y me alcanzaba desde cuarenta años atrás, desde trescientos años atrás, y me decía que las cosas no sólo se iban a arreglar, sino que iban a ser una puta maravilla”.

Como este libro, como la traducción de Ismael Attrache.

Fans de los blackies

Me gustan mucho los libros de Blackie Books, ya desde la cubierta. Su planteamiento tipográfico, con esa tapa dura de tan acusada personalidad, me parece uno de los hallazgos editoriales de la última década, por poner una fecha. El lomo recto, las guardas, esas fotos interiores de trama gruesa, la faja… son elementos característicos que ya me hacen salivar, aunque el nombre del autor no lo haya oído en mi vida o tenga que mirarme dos veces la cubierta para cerciorarme de que es un libro para adultos, y no un infantil, que tiene el mismo aspecto que uno para mayores.

No entienden de edades, o entienden precisamente que los años son un factor a ignorar. Me gustan mucho los libros de Blackie Books porque me proponen obras que yo no sabía que pudieran ser para mí. En este blog hemos disfrutado de novelas sicalípticas de Raymond Queneau, de una mezcla altamente inflamable de textos de Kiko Amat, hemos leído oyendo música para después no volver a escuchar del mismo modo esas canciones, (las de Eels), porque ya conocíamos “cosas que los nietos deberían saber”. Y últimamente me han gustado cosas tan dispares, todas con el mismo sello, que he intentado saber un poco más de Jan Martí, su creador, para ver si así podía entender por qué me gusta tanto Blackie Books.

“Irresistible fusión entre alta cultura y cultura popular”, dicen en esta entrevista en la que Martí parece dar algunas de las claves de su éxito, moderado –porque no parece que vender montañas de libros fuera su primera intención. “Humor, eclecticismo y gamberrismo”. Tres puntales del sello, según confiesa su alma máter, que explica también que trabajó para RBA y que un día decidió montar una editorial para publicar los libros que le gustaría leer. Parece un tópico, como eso de “fútbol es fútbol”, pero que en este caso apunta que es cierto. Si no, es difícil entender un catálogo donde, sin números a la espalda, se alinean humoristas como Jardiel Poncela o Jerome K. Jerome con análisis de internet, ensayos sobre la filosofía y los Simpson, el relato de las penurias de un músico brillante que padeció abusos sexuales de pequeño o los cuentos de Gianni Rodari.

Semejante elenco es sólo una cata, mientras la personalísima tipografía de los títulos de Blackie Books va conquistando espacios en las mesas de las librerías, con la aquiescencia de los libreros, que intuyen que ahí hay un tejido de complicidades entre editor, lectores e intermediarios ante el que poco puede hacer el re-marketing de Amazon o las pilas de best sellers de otros sellos que buscan éxito rápido.

En estos tiempos líquidos algunos lectores volvemos a lo de siempre: libros-libros (que diría aquel), con algo que contar, que pueden hacer reír, que tratan a todos los eslabones de la cadena lectora con un mínimo respeto. Entre mis más recientes lecturas hay tres blackies: una novela ambientada en la guerra civil americana, las referidas memorias musicales de James Rhodes (todo un long seller, porque incluso un libro así puede rozar ya los 30.000 ejemplares) y una novela humorística rescatada de finales del siglo XIX y editada además en catalán. Salvo el muy reseñado “Instrumental”, esas desasosegantes memorias que arrancan con una frase de antología: “la música clásica me la pone dura”, con los otros dos libros me encontré de casualidad, en una de las mesas de La Central (y no precisamente de novedades). Allí estiman los libros de esta editorial. Un simple vistazo a la contra me indujo a su lectura. Punto para la editorial, que con el mero envoltorio ya es capaz de generar confianza.

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“Neverhome (Ella era más fuerte)” es Blackie 100%. La novela de un antiguo asesor de Naciones Unidas, Laird Hunt, que se pone a contar la historia de una de las cuatrocientas mujeres que, vestidas de hombre, lucharon en la guerra civil americana. Ash Thompson se hace llamar ella, y su marido la espera en una granja de Indiana. Es un relato contenido en el que no falta el humor, donde se intuyen muchas horas de documentación y en el que se aprecia doblemente la sinrazón de la guerra, porque parece que las mujeres tienen un sentido extra para detectar y explicar las estupideces de sus colegas masculinos. Cuando recuerda cómo la artillería reducía a los soldados a “charcos de nada” en los bosques de Virginia, muy al final de su peripecia, uno no encuentra imagen más desoladora para tratar de describir las consecuencias de la barbarie.

Bien distinta es “Tres homes en una barca (per no parlar del gos)”, versión en catalán de una novela inglesa de Jerome K. Jerome publicada en 1889. Recuerda ese humor desprejuiciado y altanero que luego cultivarían Evelyn Waugh o P. G. Wodehouse, por no mencionar referentes más cercanos en el tiempo. Historias que se suceden a ritmo vertiginoso, aunque estén claramente pautadas, en las que el lector puede imaginarse al escritor trenzando sus capítulos mientras enarca una ceja y ríe entre dientes anticipando qué pasajes provocarán más hilaridad.

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Es una historia aparentemente menor: tres tipos con pocos quehaceres, hipocondríacos, se toman como reconstituyente un viaje de siete días que los ha de llevar por el Támesis, de Kingston a Oxford. George, Harris, el narrador y Montmorency (el perro de este último) se suben a una barca con la que no sólo irán navegando sino que también les servirá de punto de avituallamiento en sus escapadas a “tierra firme”, de refugio de las inclemencias del tiempo y hasta de metáfora de la vida. Se producen situaciones divertidas, provocadas por el escaso juicio de estos marineros de agua dulce, hay digresiones a cuenta de episodios históricos que se vivieron por aquellos parajes, aparecen descripciones minuciosas de la lista de la compra y, de fondo, va discurriendo la barca por el río como se podría narrar el vuelo de una mosca que choca contra los vidrios de una ventana cerrada. El viaje de estos tres gandules, sus melonadas, provocan una sucesión de episodios que se leen con media sonrisa. Mérito de Blackie Books recuperar esta novela que emparenta con la más genuina tradición británica y en la que no es difícil imaginar a los Monty Python como protagonistas de una seguro que descacharrante versión cinematográfica.

Del libro de James Rhodes hablaremos otro día, porque no combina con estas frivolidades.