Fans de los blackies

Me gustan mucho los libros de Blackie Books, ya desde la cubierta. Su planteamiento tipográfico, con esa tapa dura de tan acusada personalidad, me parece uno de los hallazgos editoriales de la última década, por poner una fecha. El lomo recto, las guardas, esas fotos interiores de trama gruesa, la faja… son elementos característicos que ya me hacen salivar, aunque el nombre del autor no lo haya oído en mi vida o tenga que mirarme dos veces la cubierta para cerciorarme de que es un libro para adultos, y no un infantil, que tiene el mismo aspecto que uno para mayores.

No entienden de edades, o entienden precisamente que los años son un factor a ignorar. Me gustan mucho los libros de Blackie Books porque me proponen obras que yo no sabía que pudieran ser para mí. En este blog hemos disfrutado de novelas sicalípticas de Raymond Queneau, de una mezcla altamente inflamable de textos de Kiko Amat, hemos leído oyendo música para después no volver a escuchar del mismo modo esas canciones, (las de Eels), porque ya conocíamos “cosas que los nietos deberían saber”. Y últimamente me han gustado cosas tan dispares, todas con el mismo sello, que he intentado saber un poco más de Jan Martí, su creador, para ver si así podía entender por qué me gusta tanto Blackie Books.

“Irresistible fusión entre alta cultura y cultura popular”, dicen en esta entrevista en la que Martí parece dar algunas de las claves de su éxito, moderado –porque no parece que vender montañas de libros fuera su primera intención. “Humor, eclecticismo y gamberrismo”. Tres puntales del sello, según confiesa su alma máter, que explica también que trabajó para RBA y que un día decidió montar una editorial para publicar los libros que le gustaría leer. Parece un tópico, como eso de “fútbol es fútbol”, pero que en este caso apunta que es cierto. Si no, es difícil entender un catálogo donde, sin números a la espalda, se alinean humoristas como Jardiel Poncela o Jerome K. Jerome con análisis de internet, ensayos sobre la filosofía y los Simpson, el relato de las penurias de un músico brillante que padeció abusos sexuales de pequeño o los cuentos de Gianni Rodari.

Semejante elenco es sólo una cata, mientras la personalísima tipografía de los títulos de Blackie Books va conquistando espacios en las mesas de las librerías, con la aquiescencia de los libreros, que intuyen que ahí hay un tejido de complicidades entre editor, lectores e intermediarios ante el que poco puede hacer el re-marketing de Amazon o las pilas de best sellers de otros sellos que buscan éxito rápido.

En estos tiempos líquidos algunos lectores volvemos a lo de siempre: libros-libros (que diría aquel), con algo que contar, que pueden hacer reír, que tratan a todos los eslabones de la cadena lectora con un mínimo respeto. Entre mis más recientes lecturas hay tres blackies: una novela ambientada en la guerra civil americana, las referidas memorias musicales de James Rhodes (todo un long seller, porque incluso un libro así puede rozar ya los 30.000 ejemplares) y una novela humorística rescatada de finales del siglo XIX y editada además en catalán. Salvo el muy reseñado “Instrumental”, esas desasosegantes memorias que arrancan con una frase de antología: “la música clásica me la pone dura”, con los otros dos libros me encontré de casualidad, en una de las mesas de La Central (y no precisamente de novedades). Allí estiman los libros de esta editorial. Un simple vistazo a la contra me indujo a su lectura. Punto para la editorial, que con el mero envoltorio ya es capaz de generar confianza.

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“Neverhome (Ella era más fuerte)” es Blackie 100%. La novela de un antiguo asesor de Naciones Unidas, Laird Hunt, que se pone a contar la historia de una de las cuatrocientas mujeres que, vestidas de hombre, lucharon en la guerra civil americana. Ash Thompson se hace llamar ella, y su marido la espera en una granja de Indiana. Es un relato contenido en el que no falta el humor, donde se intuyen muchas horas de documentación y en el que se aprecia doblemente la sinrazón de la guerra, porque parece que las mujeres tienen un sentido extra para detectar y explicar las estupideces de sus colegas masculinos. Cuando recuerda cómo la artillería reducía a los soldados a “charcos de nada” en los bosques de Virginia, muy al final de su peripecia, uno no encuentra imagen más desoladora para tratar de describir las consecuencias de la barbarie.

Bien distinta es “Tres homes en una barca (per no parlar del gos)”, versión en catalán de una novela inglesa de Jerome K. Jerome publicada en 1889. Recuerda ese humor desprejuiciado y altanero que luego cultivarían Evelyn Waugh o P. G. Wodehouse, por no mencionar referentes más cercanos en el tiempo. Historias que se suceden a ritmo vertiginoso, aunque estén claramente pautadas, en las que el lector puede imaginarse al escritor trenzando sus capítulos mientras enarca una ceja y ríe entre dientes anticipando qué pasajes provocarán más hilaridad.

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Es una historia aparentemente menor: tres tipos con pocos quehaceres, hipocondríacos, se toman como reconstituyente un viaje de siete días que los ha de llevar por el Támesis, de Kingston a Oxford. George, Harris, el narrador y Montmorency (el perro de este último) se suben a una barca con la que no sólo irán navegando sino que también les servirá de punto de avituallamiento en sus escapadas a “tierra firme”, de refugio de las inclemencias del tiempo y hasta de metáfora de la vida. Se producen situaciones divertidas, provocadas por el escaso juicio de estos marineros de agua dulce, hay digresiones a cuenta de episodios históricos que se vivieron por aquellos parajes, aparecen descripciones minuciosas de la lista de la compra y, de fondo, va discurriendo la barca por el río como se podría narrar el vuelo de una mosca que choca contra los vidrios de una ventana cerrada. El viaje de estos tres gandules, sus melonadas, provocan una sucesión de episodios que se leen con media sonrisa. Mérito de Blackie Books recuperar esta novela que emparenta con la más genuina tradición británica y en la que no es difícil imaginar a los Monty Python como protagonistas de una seguro que descacharrante versión cinematográfica.

Del libro de James Rhodes hablaremos otro día, porque no combina con estas frivolidades.

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