Una carta de 300 páginas

Decíamos ayer que el arranque de “Instrumental”  es absolutamente desconcertante, directo como un guantazo, con un efecto paradójico que puede resultar disuasorio. “La música clásica me la pone dura”. Todo lo que viene a partir de entonces es doblemente impactante, por lo que se cuenta y por ese tono fresco, cómplice, aparentemente desprejuiciado con el que lo explica.

Teniendo en cuenta que lo hemos leído en la edición en castellano de Blackie Books, en diversas ocasiones me planteé si este era el tono imperante también en el original inglés, reconociendo la dificultad que hubo de afrontar el traductor a la hora de verter no sólo el texto sino también ese aire de desahogo visceral. Por ello, me llamó la atención hace poco que la traductora Gemma Rovira valorara como muy admirable esta traducción, “por el grado de simbiosis con el autor y el equilibrio que consigue”.

Instrumental_3D_web.png

Poco se puede decir de un libro del que tanto se ha hablado, que aborda un ramillete de cuestiones espinosas, y que además tuvo incluso dificultades para ver la luz a causa del pleito que la madre del hijo del autor puso con el fin de que no se publicara la obra. James Rhodes es un concertista de piano de cierto nivel que sufrió abusos sexuales de pequeño. Un profesor lo violó sistemáticamente cuando tenía seis años. Luego estuvo ingresado en un psiquiátrico, fue drogadicto y alcohólico, se intentó suicidar cinco veces y perdió la custodia de su hijo. Estas cuatro últimas frases son las que aparecen en la contra del libro y pueden resultar tan disuasorias para algunos como morbosas para otros. Y, sin embargo, no hay concesiones al sensacionalismo. El libro es un canto a la vida, una apoteosis musical, un desahogo de 300 páginas: “Y en muchos sentidos, (…) este libro es la carta que te he escrito, Peter Lee, que te estás pudriendo en tu asquerosa tumba, para contarte que no has ganado. Nuestro secreto ya no es un secreto, un vínculo que compartimos, un lazo contigo, privado e íntimo, de ningún tipo. Nada de lo que me hiciste fue inofensivo, divertido o cariñoso, a pesar de lo que decías. No fue más que una aberrante y penetrante violación de la confianza”.

Se plantea Rhodes en algún momento qué hacer con semejante nivel de culpa, cómo no ahogarse en él. Y va desgranando su sufrimiento, que se acrecienta cuando se convierte en padre. A pesar de que también dice que “sólo hay dos cosas en la vida” que tiene garantizadas: el amor que le inspira su hijo y el amor que le inspira la música, hay momentos en que parece sucumbir al dolor pasado y hasta su condición de padre se ve emponzoñada por lo que a él le ocurrió. Cuando está buscando colegio para el pequeño, en una zona pija de Londres, le obsesiona que en algún momento del día un profesor tenga la posibilidad de quedarse a solas con el niño.

Sabe Rhodes, y lo dice más de una vez, que jamás logrará que lo que pasó desaparezca del todo, y de ahí su entrega obsesiva al trabajo, que en su caso es volcarse en los ensayos de piano, para acabar ejecutando algunas de las piezas más complicadas compuestas para este instrumento. De hecho, cada capítulo del libro es un tema musical que le sirve para hacer una introducción sobre el autor, algunos de sus intérpretes y su propia experiencia a la hora de abordarlo. “Me entrego al trabajo –dice–. Y desde fuera parece que soy como cualquier otro cabronazo trabajador que sólo quiere hacerlo lo mejor posible y no decepcionar a los demás. Pero lo cierto es que, si no me entrego a ello acabaré matándome, asesinando, desmoronándome de la peor de las maneras”.

Las canciones de este libro, las que abren cada capítulo, se pueden escuchar en una lista de Sportify. Un ejercicio interesante es escucharlas de manera virginal, sin haber entrado en las páginas de este libro, e intentar recordar qué se sintió después de esta audición. Cuando uno vuelva a esta lista, ya devoradas las páginas de “Instrumental”, las sensaciones serán bien diferentes. Habrá temas que acuchillarán, con unas reverberaciones distintas, casi tenebrosas.

Este libro tan duro está repleto de pequeñas historias maravillosas. Como diamantes diminutos brillando en un montón de mierda. Las dificultades con algunas de sus parejas, sus problemas para recuperar la custodia de su hijo, sus recaídas en diversas drogadicciones, el dolor causado por su profesor, sus internamientos en psiquiátricos conforman esos “ecos del pasado que se transformaron en gritos” cuando se convirtió en padre. En medio de tanta dureza destellan la relación que mantiene con su mánager, sus éxitos en algunos conciertos y una pequeña historia de la que voy a intentar no desvelar casi nada, protagonizada por un viejo amigo que le va a visitar en una de esas estancias hospitalarias, cuando peor estaba. Le hace un regalo prohibido, que Rhodes recuerda así: “me metí en la cama. Me puse los auriculares. Madrugada. Todo oscuro y silencioso a más no poder. Le di a la tecla de reproducción y escuché una pieza de Bach que no conocía, que me llevó a un sitio de tal esplendor, de tal abandono, esperanza, belleza y espacio infinito que fue como rozarle la cara a Dios. Juro que en ese preciso instante viví una especie de epifanía espiritual. La obra era Adagio de Bach y Marcello, creada para oboe y orquesta por un compositor barroco llamado Alessandro Marcello, que gustaba tantísimo a Bach que éste la transcribió para piano solo. Glenn Gould tocaba su Steinway y me alcanzaba desde cuarenta años atrás, desde trescientos años atrás, y me decía que las cosas no sólo se iban a arreglar, sino que iban a ser una puta maravilla”.

Como este libro, como la traducción de Ismael Attrache.

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