Más allá de Paracuellos

En las páginas literarias del sábado del diario Ara aparecía el otro día una breve reseña del último álbum de la serie Paracuellos, de Carlos Giménez. El penúltimo, mejor dicho, porque se anuncia otro para 2017, que ya será el octavo. Decía Xavi Serra que tras la primera entrega de la colección, los siguientes (publicados a finales del siglo que se fue) ya mostraban que el autor “había dicho todo sobre los días más tristes de su infancia” y que el séptimo, de reciente aparición, no venía sino a incidir en ello. Remataba la breve pieza con una frase contundente: “un retorno relativo [el del autor a los hogares de Auxilio Social] porque, según cómo, todavía no ha conseguido salir”.

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De una manera mucho más matizada y enriquecedora, la especialista en cómics de El Periódico de Catalunya, Anna Abella, entrevistó hace unos meses al propio Giménez coincidiendo con la salida de Crisálida (Reservoir Books, 2106). La enésima demostración de que el dibujante no se quedó precisamente en Paracuellos y que ha abordado los temas más variopintos, en los escenarios más diversos y con todo tipo de personajes. Sin renunciar, eso sí, a esas viñetas que parecen dibujadas con cincel, con esos juegos de luces y sombras y esos rasgos en los rostros que los emparentan con esculturas barrocas de aquellas que atrapan el movimiento.

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Decía Giménez a propósito de Crisálida que a veces le han tildado de impúdico, precisamente por las miserias que relató de su paso por esos centros de internamiento franquistas para niños desamparados, y que se lo habían vuelto a decir ahora, cuando enfrenta a su alter ego Tío Pablo con el alter ego que él se ha creado, Raúl, para hablar de la muerte, de la soledad, de la vejez, del miedo a lo desconocido… Es un juego de espejos en el que se suceden reflexiones muy personales, que teme el lector sean las del propio autor, por la carga desesperada que conllevan. La “crisálida” del título dice el protagonista que es “una cáscara que crece y nos aprisiona” después de aseverar que “empezamos a morirnos el día en que empezamos a pensar seriamente en la muerte”. En torno a esta idea se suceden las reflexiones de Raúl / tío Pablo / Carlos Giménez, que confrontan sus temores hablando a las claras en cenas de amigos, reflexionando mientras entinta una viñeta o dándole vueltas a las cosas en los momentos más cotidianos.

Crisálida, ahora; Barrio, Los profesionales, Una, grande y libre, Pepe y muchos otros álbumes del pasado dejan claro que Carlos Giménez salió hace tiempo de Paracuellos, pero que su maestría le permite volver ahí cuando quiere, aunque sea para decir que aquello fue una iniquidad. Como dice en la entrevista con Abella, “poner la otra mejilla es falta de dignidad”.

S de Seth, de sencillez

Seth es un dibujante (y guionista) canadiense que presenta un aspecto peculiar, como si fuese el protagonista de “Pleasantville” y un día hubiera decidido evadirse del mundo actual e introducirse en unos escenarios en B/N de varias décadas atrás. Basta con ver el aspecto exterior que cultiva en una foto que publica Santiago García en “Cómics sensacionales” (Larousse, 2015) o, mejor aún, hacer caso al propio Santiago y buscar el video que muestra en YouTube la casa donde vive Seth en Toronto.

Creo no es baladí fijarse en el aspecto de este historietista, porque sus obras respiran un aire melancólico y abordan historias con un atisbo de nostalgia adocenada, todo ello en conexión directa con esas gafas con montura de carey y esos trajes marrones de dos piezas que se gasta el bueno de Seth. Hace unos años dicen que tuvo que salir a la palestra para disculparse por haber sido demasiado bueno ficcionalizando lo que parecía una historia absolutamente real. Aún no estaba tan de moda lo de la autoficción y el grado de detalle que proporcionó Seth en “La vida es buena si no te rindes” (Sins Entido, 2003) provocó que todo el mundo se tragara la bola y creyera que existió de verdad Kalo, un dibujante que publicó algunas viñetas en The New Yorker y al que el autor seguía  la pista, sin dejar de aportar detalles, en pos de otras publicaciones. Las virtudes de Seth ya podían apreciarse en esta obra, con unos dibujos bitono y una línea clara de impecable factura, el tono melancólico y la mezcla de supuesta documentación ilustrada con reflexiones personales de aire desgarbado y un relato minucioso.

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Acabo de leer de un tirón, con numerosas idas y venidas atrás y adelante a lo largo del centenar escaso de páginas, el álbum “George Sprott (1894-1975)”, publicado por Random House en 2009. No podía evitar el recuerdo de las muchas mañanas que pasé en la hemeroteca de La Vanguardia, en el edificio de la calle Pelai. Las mesas robustas, las estanterías protegidas por puertas de vidrio, el papel pintado de las paredes, esos colores marrones de los tomos de periódicos encuadernados los relacionaba inmediatamente con esta biografía, detallada, de George, un presentador decrépito de un programa sin audiencia en una televisión local de la provincia de Ontario, en Canadá.

Cubiertas de las ediciones española y estadounidense

Décadas haciendo el mismo programa, basado en unas películas mudas rodadas en unos viajes al Ártico acaecidos muchos años atrás, sumido todo en una rutina con aroma de alcanfor. Esta monótona vida, rodeado de personas grises como él, que cenan cada día en un bar de lo más normalito y se citan cada jueves para una conferencia a la que siempre asisten los mismos, a pesar de que ni entre ellos se dirijan la palabra. Esta decrepitud mortecina no se muestra, sin embargo, de una manera triste o miserable. Con una planificación admirable (la que provoca precisamente esas ideas y venidas por el álbum), se suceden viñetas de todos los tamaños, con unos dibujos llenos de matices a pesar de aparente sencillez, que acaban conformando una puesta en página elegante, esmerada, con escenas milimetradamente organizadas y saltos en el tiempo permanentes.

Todo se cuenta a partir de la narración de las últimas horas de George Sprott, poco antes de volver a entrar en antena. Acaba de cenar y está en el camerino. Un infarto se lo lleva por delante. Es su sobrina la que lo encuentra, prácticamente la única persona que lo soportaba. El álbum es como un libro de recortes, un patchwork de retratos grupales, notas documentales dibujadas con prolijidad, fotografías de maquetas en cartón de los edificios que aparecen en las viñetas (la sede la cadena de televisión CKCK, el teatro Coronet Hall, el restaurante Melody Grill…). Un narrador algo patán, que deja traslucir sus dudas, que casi alardea de sus fallos de planteamiento, nos conduce de la mano por la vida de George. Sencillez, melancolía, cotidianeidad, temores, confidencias, prejuicios, olvidos, momentos de gloria y bochornos de corto alcance, decepciones y algún pequeño triunfo…

La vida de George y la de cualquiera de nosotros.

 

¿Era necesario saberlo?

Fue hace muchos años, en una clase de literatura del extinto COU. La profesora, soriana y precisamente por ello machadiana perdida, nos quiso descubrir un aspecto muy personal de don Antonio, cuyos versos leía en clase con devoción. Fue aquel el año en el que amamos a Machado, anotábamos casi cada verso, en busca de símbolos, referencias y hasta significados que posiblemente el propio poeta no llegó nunca a vislumbrar. Preparábamos el examen de selectividad con el deseo de que nos cayera un poema suyo, el que fuera, porque íbamos a bordar los comentarios. Lamentablemente, nos tocó uno de Aleixandre o de cualquier otro poeta, del 98 o del 27. Eso sí, quedamos embrujados para siempre por los versos austeros pero certeros de don Antonio.

El regalo que nos hizo aquella profesora terminó siendo un fiasco. Se había publicado, poco tiempo atrás, un libro con unas cartas que Machado dirigió a Guiomar, una especie de amor otoñal que surgió mucho tiempo después de la muerte de su añorada Leonor, aquella adolescente cuyo recuerdo subyacía en muchos de los versos imperecederos del poeta, el amor que la muerte segó de un tajo, la historia casi indecente que sólo la tragedia ha hecho más llevadera. Nos leyó aquella profesora unas cartas que Machado escribió a Guiomar, en las que el romanticismo de sus versos más conocidos era sustituido por una pasión pedestre, “fieramente humana”. Fuimos unos cuantos los estudiantes que asistimos decepcionados a esa intromisión en la vida íntima del hombre, lejos del poeta que daba a la imprenta unos versos de los que estaba convencido, de los que sentía orgulloso. Las cartas a Guiomar, que posiblemente escribió sin pensar que alguien pudiera darles publicidad, retratan a un hombre enamorado, que habla sin tapujos, que se muestra desorientado, que admira una belleza en su amada que, por lo visto, sólo existía en esa mirada devota, en su alma de hombre que intuye que pocas oportunidades le quedan al amor en su vida.

Fue un voyeurismo en el que no quedé complacido. Más tarde pude leer otros versos del propio Machado, los dedicados Enrique Líster, aquellos de “si mi pluma valiera lo que tu pistola” (o algo parecido), elaborados en el fragor ya de la guerra civil, cuando había que tomar partido hasta mancharse. Ni las cartas a Guiomar ni los versos a Líster pueden empañar la enormidad de la obra machadiana, por mucho que Borges soltara aquella impertinencia de “no sabía que Manuel tuviera un hermano”, cuando le pusieron en la diabólica tesitura de elegir entre los versos de uno de los dos “machados”. No me gustó nada conocer la intimidad carnal de un artista que había iluminado nuestra alma con poemas inolvidables.

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Algo parecido me ha ocurrido al pasar las páginas de “Mi cuerpo es una celda (una autobiografía”, firmada a nombre de Andrés Caicedo, aunque sea preciso decir que hay algo de trampa en esta asignación de autoría. El libro, publicado por Alfaguara en Colombia en 2014, está en realidad “dirigido y montado” por el chileno Alberto Fuguet, y así consta en la página de cortesía. Ha sido Fuguet el gran valedor de Caicedo en los últimos años, al que ha rescatado como uno de los damnificados del dichoso “boom”. De ello habíamos hablado aquí hace unos meses, impactados como estábamos entonces de la primera lectura que hacíamos del colombiano. Leer este falso libro de Caicedo me ha retrotraído a aquella extraña experiencia machadiana porque también ha habido mucho de ejercicio de voyeurismo, en este caso además con resultado trágico y vivencias que en algunos casos bordean lo inmoral si no lo delictivo.

Andrés Caicedo murió joven y bello. De hecho en el libro aparecen imágenes inéditas que evocan aquellas fotos míticas de Jim Morrison poco antes de traspasar. Murió porque quiso, se tomó una sesentena de pastillas el mismo día en el que recibió un ejemplar de su novela “Que viva la música”. Escribió dos cartas antes de morir, que se publican en este libro, y que hieren doblemente porque ahora sabemos las circunstancias en que fueron elaboradas, la prisa que movía la mano de Caicedo al reclamar cariño a su novia, al pedir pronta respuesta a su amigo Miguel Marías, al que hacía partícipe de algunas opiniones cinematográficas, pasión que compartían ambos.

El libro está montado, nunca mejor dicho, a partir de documentos públicos y personales de Caicedo. Críticas de cine, reseñas, comentarios a amigos desde su residencia en Houston, adonde va con la vana ilusión de vender unos guiones cinematográficos; pero también cartas de amor, misivas familiares, una autobiografía elaborada a petición de un médico tras ingresar en un psiquiátrico después de una primera intentona fallida de suicidio. Es este el ejercicio de voyeurismo al que nos referíamos antes. Explica Caicedo en cartas muy personales que está subyugado por una chiquita que no es todavía adolescente, y queda patente que su relación con ella no se limita a besos en la mejilla. Explica intimidades familiares que poco aportan a su trayectoria literaria, más allá de su condición de “hijo casi mimado”. Hay una pulsión sexual que otros han analizado y que se ve maniatada por una mezcla de machismo, prejuicios e hipocresías varias. Este patchwork de escritos parece que suscitó resquemores en las hermanas que le han sobrevivido e incluso algunas de ellas lograron censurar ciertas alusiones a relaciones homosexuales por las que Caicedo no parecía sentirse especialmente afligido.

Habla Caicedo del “Calicalabozo”, para referirse a la sensación de aprisionamiento en la que vivía en su ciudad natal. Bien se liberó cuando puso a la protagonista femenina de su novela a vagar por las calles de la ciudad mientras descubría sus noches y sus ritmos. El título también se refiere a la “celda” que era su cuerpo. Y los lectores sabemos, si es que lo ignorábamos, que los textos ahí agrupados pertenecen a un suicida que se vio “censurado y juzgado por la estructura familiar”.

Como el personaje es interesante y dejó una obra, aunque escasa, de notable altura, puede parecer pertinente asistir a este ejercicio de destape. Hay reseñas deliciosas, cuando descubre en EEUU películas de Truffaut, de Peckinpah o clásicos que en Colombia no había podido disfrutar en pantalla grande. Es curioso ver en primera persona los problemas que tiene para montar y tirar adelante revistas dedicadas al cine, y leer las cartas que se cruza con Luis Ospina, un amigo que luego alcanzara renombre en el cine latinoamericano. La parte cinematográfica, con especial atención a sus denodados esfuerzos por tirar adelante la revista Ojo al cine.

Algunas cartas con su familia, especialmente cuando se comporta como un estudiante acuciado por las estrecheces económicas, se leen con un rictus de silenciosa complicidad. Pero hay otras que, como pasaba con los textos de Machado, se leen con vergüenza, no sé si ajena. La persona no está a la altura. Y es duro saberlo, en plena construcción del mito.

Volar (con o sin alas)

Es paradójico que dos historias tan negras vayan encabezadas por títulos tan evocadores. Son, nunca mejor traído, las dos caras de una misma moneda. La biografía del padre en el haz, la de la madre en el envés. Dos puntos de vista que acaban complementándose , aportando matices, hasta encajar como una sutil labor de taracea. Son dos cómics, con guión de Antonio Altarriba y dibujos de Kim. “El arte de volar” (Edicions de Ponent, 2009) y “El ala rota” (Norma, 2016). Dos obras cumbre, repletas de sinceridad, cargadas de negrura, la mejor muestra de todo lo que ha cambiado este país.

“El arte de volar”  recibió el premio nacional de cómic en 2010. Sin eufemismos, la obra se abría con el suicidio del padre de Altarriba, que se lanzaba desde un balcón de la residencia en la que estaba internado. Menudo arte, el de volar. A partir de ese arranque fulgurante, la historia avanzaba hacia atrás y, a la par que mostraba la dureza cotidiana de una pareja como tantas otras miles en la España del último siglo, era también una panorámica de la Historia con mayúsculas. La guerra civil, la posguerra, la transición, los nuevos tiempos… Ese padre soñador que acabaría suicidándose había ardido en ideales, se había casado y había visto cómo se cortaban sus alas, y quedaba la sensación de que su mujer, una beatona supersticiosa, le había rebanado sus sueños, había aniquilado su deseo de luchar por un mundo renovado. Un perdedor de todo, que había vuelto de Francia para anquilosarse hasta que ya en la vejez tenía el valor de descalzarse y saltar desde la barandilla de un balcón en un viaje ineludible hacia la nada.

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Quedaba la sensación de que Petra, la madre del guionista, era una mujer hacendosa que servía en la residencia oficial de un general, Juan Bautista Sánchez González, que se sacrificaba por los dos Antonios (padre e hijo) al tiempo que simbolizaba el país, con ese sentimiento de culpabilidad nacido de un analfabetismo rural, en el que anidaba un fatalismo rayano en la superstición, abrumado por esa sociedad en la que, como decía Vázquez Montalbán, parecía que a todo el mundo le olían los calcetines. En esa patria en la que hozaban los vencedores, Petra se imponía la castidad, y se la pretendía imponer a su Antonio una vez nacido el hijo. El temor a volver a quedarse embarazada y morir en el parto (como le había pasado a su madre) estaba en el origen de esta anulación.

No hubiera sido de justicia que se perpetuara esta imagen de la madre, y Antonio Altarriba volvió a repetir planteamiento narrativo para recuperar la historia de ella, marcada por un hecho que era toda una metáfora. Al nacer ella murió su madre, y el padre -de puro enamorado- quiso vengar la muerte de su amada matando a la hija, a los pocos minutos de nacer. Una mujer de la familia logró salvarla pero quedó para siempre fracturado el brazo izquierdo, inerte, como esa ala rota que da título al libro y que ofrece un macabro contrapunto semántico al “arte de volar” de la historia paterna.

Los dibujos detallistas de Kim, esmeradamente narrativos, se ponen de nuevo al servicio de un guión poderoso. Aroma de culebrón para una historia poco morbosa, pero que no ahorra miserias y que vuelve a arrancar en la actualidad para buscar en el pasado justificación a todo lo ocurrido después. Petra acaba de morir en el hospital, con el brazo derecho lacerado de pinchazos para el gotero, porque el otro, inerte, no admite jeringas ni vías ni calmantes intravenosos. La muerte, otra vez, en las dos primeras páginas como punto de partida para explicar tanta vida. Tenemos la otra versión de lo que ya se había contado en “El arte de volar”, en línea con el experimento glorioso que llevó a cabo Clint Eastwood, cuando narró la misma batalla de Iwo Jima en dos películas, ora con la visión estadounidense, ora con el punto de vista japonés.

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Valga, por un momento, la paradoja para constatar que es precisamente Petra, la del ala rota, la que vuela más alto. Condenada desde el nacimiento, la acompañamos en los lutos de su vida y hasta empatizamos con ella en esa vocación de sufrimiento, en su deseo de quedar en segundo plano, aguantando los embates de la vida y aceptándolos como designios del Señor.

Las dos caras de una misma moneda, han dicho en algunas reseñas. Un fresco de la Historia de España. Un retrato inclemente de la Iglesia, a la que se le ven todas sus costuras. Un historia, por difícil que pueda parecer, con final casi feliz. Si el relato biográfico del padre mereció los honores de un premio tan importante, podría correr la misma suerte la historia de la madre. De momento, el interés de otros mercados ha sido inmediato. La magnífica web de Antonio Altarriba (que ya glosamos al hablar de “Yo, asesino”), registra ediciones en francés y portugués, junto a un notable aparato crítico (y elogioso) que ha generado la edición en castellano.

En otro apartado de la web se puede disfrutar de una selección de páginas y anticipar en la web el placer que supone pasar las páginas del álbum, con la boca abierta ante el dibujo elegante de Kim, que alumbra páginas maravillosas: la 4, la 154, la 161, la 170… incluso la del cierre, con ese plano cercano que acaba siendo un primerísimo plano.

El libro se cierra con un breve epílogo de Altarriba, que remata así el homenaje. Unas fotos, algunos esbozos y último párrafo tierno, evocador, definitorio de este díptico: “no soñó con altos vuelos como mi padre, ni con disponer del cielo entero para surcarlo. Más modestamente, con su ala rota, se limitó a saltar de rama en rama. Puede que, a su manera, llegara más lejos”.