Volar (con o sin alas)

Es paradójico que dos historias tan negras vayan encabezadas por títulos tan evocadores. Son, nunca mejor traído, las dos caras de una misma moneda. La biografía del padre en el haz, la de la madre en el envés. Dos puntos de vista que acaban complementándose , aportando matices, hasta encajar como una sutil labor de taracea. Son dos cómics, con guión de Antonio Altarriba y dibujos de Kim. “El arte de volar” (Edicions de Ponent, 2009) y “El ala rota” (Norma, 2016). Dos obras cumbre, repletas de sinceridad, cargadas de negrura, la mejor muestra de todo lo que ha cambiado este país.

“El arte de volar”  recibió el premio nacional de cómic en 2010. Sin eufemismos, la obra se abría con el suicidio del padre de Altarriba, que se lanzaba desde un balcón de la residencia en la que estaba internado. Menudo arte, el de volar. A partir de ese arranque fulgurante, la historia avanzaba hacia atrás y, a la par que mostraba la dureza cotidiana de una pareja como tantas otras miles en la España del último siglo, era también una panorámica de la Historia con mayúsculas. La guerra civil, la posguerra, la transición, los nuevos tiempos… Ese padre soñador que acabaría suicidándose había ardido en ideales, se había casado y había visto cómo se cortaban sus alas, y quedaba la sensación de que su mujer, una beatona supersticiosa, le había rebanado sus sueños, había aniquilado su deseo de luchar por un mundo renovado. Un perdedor de todo, que había vuelto de Francia para anquilosarse hasta que ya en la vejez tenía el valor de descalzarse y saltar desde la barandilla de un balcón en un viaje ineludible hacia la nada.

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Quedaba la sensación de que Petra, la madre del guionista, era una mujer hacendosa que servía en la residencia oficial de un general, Juan Bautista Sánchez González, que se sacrificaba por los dos Antonios (padre e hijo) al tiempo que simbolizaba el país, con ese sentimiento de culpabilidad nacido de un analfabetismo rural, en el que anidaba un fatalismo rayano en la superstición, abrumado por esa sociedad en la que, como decía Vázquez Montalbán, parecía que a todo el mundo le olían los calcetines. En esa patria en la que hozaban los vencedores, Petra se imponía la castidad, y se la pretendía imponer a su Antonio una vez nacido el hijo. El temor a volver a quedarse embarazada y morir en el parto (como le había pasado a su madre) estaba en el origen de esta anulación.

No hubiera sido de justicia que se perpetuara esta imagen de la madre, y Antonio Altarriba volvió a repetir planteamiento narrativo para recuperar la historia de ella, marcada por un hecho que era toda una metáfora. Al nacer ella murió su madre, y el padre -de puro enamorado- quiso vengar la muerte de su amada matando a la hija, a los pocos minutos de nacer. Una mujer de la familia logró salvarla pero quedó para siempre fracturado el brazo izquierdo, inerte, como esa ala rota que da título al libro y que ofrece un macabro contrapunto semántico al “arte de volar” de la historia paterna.

Los dibujos detallistas de Kim, esmeradamente narrativos, se ponen de nuevo al servicio de un guión poderoso. Aroma de culebrón para una historia poco morbosa, pero que no ahorra miserias y que vuelve a arrancar en la actualidad para buscar en el pasado justificación a todo lo ocurrido después. Petra acaba de morir en el hospital, con el brazo derecho lacerado de pinchazos para el gotero, porque el otro, inerte, no admite jeringas ni vías ni calmantes intravenosos. La muerte, otra vez, en las dos primeras páginas como punto de partida para explicar tanta vida. Tenemos la otra versión de lo que ya se había contado en “El arte de volar”, en línea con el experimento glorioso que llevó a cabo Clint Eastwood, cuando narró la misma batalla de Iwo Jima en dos películas, ora con la visión estadounidense, ora con el punto de vista japonés.

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Valga, por un momento, la paradoja para constatar que es precisamente Petra, la del ala rota, la que vuela más alto. Condenada desde el nacimiento, la acompañamos en los lutos de su vida y hasta empatizamos con ella en esa vocación de sufrimiento, en su deseo de quedar en segundo plano, aguantando los embates de la vida y aceptándolos como designios del Señor.

Las dos caras de una misma moneda, han dicho en algunas reseñas. Un fresco de la Historia de España. Un retrato inclemente de la Iglesia, a la que se le ven todas sus costuras. Un historia, por difícil que pueda parecer, con final casi feliz. Si el relato biográfico del padre mereció los honores de un premio tan importante, podría correr la misma suerte la historia de la madre. De momento, el interés de otros mercados ha sido inmediato. La magnífica web de Antonio Altarriba (que ya glosamos al hablar de “Yo, asesino”), registra ediciones en francés y portugués, junto a un notable aparato crítico (y elogioso) que ha generado la edición en castellano.

En otro apartado de la web se puede disfrutar de una selección de páginas y anticipar en la web el placer que supone pasar las páginas del álbum, con la boca abierta ante el dibujo elegante de Kim, que alumbra páginas maravillosas: la 4, la 154, la 161, la 170… incluso la del cierre, con ese plano cercano que acaba siendo un primerísimo plano.

El libro se cierra con un breve epílogo de Altarriba, que remata así el homenaje. Unas fotos, algunos esbozos y último párrafo tierno, evocador, definitorio de este díptico: “no soñó con altos vuelos como mi padre, ni con disponer del cielo entero para surcarlo. Más modestamente, con su ala rota, se limitó a saltar de rama en rama. Puede que, a su manera, llegara más lejos”.

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