Trilogía de Conget

Desde hace una veintena de años me tomo bastante en serio las recomendaciones que hace la revista literaria Turia, una rareza editada en Teruel que va por el número 120. Aparece cada trimestre, más o menos, a veces en forma de números dobles, con cerca de medio millar de páginas por volumen. Su estructura es casi invariable: un “taller” donde se publican textos cortos de los autores más variados, una amplia sección de poesía, un par de entrevistas bajo el epígrafe “Conversaciones”, una variada sección de crítica literaria conocida como “La torre de Babel”, un par de estudios breves sobre temas turolenses, los textos del director, Raúl Carlos Maícas, en la sección “La isla” y, el contenido estrella de cada volumen: “Cartapacio”. Ese es el monográfico dedicado a un autor, que aparece destacado en la faja que acompaña a cada libro. Siempre es interesante. Puede llevar muchos días leerlo y  suele proporcionar una visión bastante completa del escritor analizado (pocas mujeres aparecen). Hay análisis más o menos profundos, a veces una entrevista al interesado (o un texto firmado por él), aproximaciones más personales, revisiones de su obra y, siempre, una “biocronología” que resulta de gran interés para asociar vida y obra. Ando ahora ansioso esperando el nuevo Turia, dedicado al escultor Ramón Acín (del que hablamos aquí no hace mucho). Miro cada día el buzón y maldigo estas acumulaciones de envíos que se producen en las vísperas navideñas y que no dejan que  tenga ya en mis manos lo que seguro es un festín.

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El caso es que hace unos meses el protagonista del “Cartapacio” fue José María Conget, uno de esos autores minoritarios que gozan del favor de la crítica pero de los que no es fácil conseguir sus libros. Volví a acordarme de algunos chistes y confusiones que había generado este Conget al llamarse exactamente igual que otro Conget, obispo de Jaca hace unos años. Y me vino a la memoria un sucedido que me explicaba un amigo, cuando alguien en TVE tomó nota de una llamada de un tal “Gosé María”. El periodista al que iba dirigida la llamada intentó averiguar quién detentaba tan curioso nombre y el que había tomado el encargo le recalcó que éste había insistido mucho: “me llamo José María con gé”.

Bromas tontas aparte, Conget tuvo su número especial en Turia y debe de estar agradecido, porque producía un deseo irrefrenable de ir a buscar sus libros, especialmente las obras de juventud en las que indagó en los límites de la novela y dibujó un personaje que pronto se convertirá en un amigo que nos acompañará en toda nuestra vida literaria: Miguel Zabala. Quizá no es fácil entrar en el juego de “Quadrupedumque” (Hiperión, 1981), su primera novela. Capítulos breves que arrancan a mitad de párrafo, literalmente,  y se cierran de manera invariable con una coma que deja el relato inconcluso. Resulta más cómodo pasear por las páginas de “Comentarios (marginales) a la Guerra de las Galias” (en la misma editorial, 1984). Y, con todo el camino recorrido y una apacible complicidad con sus protagonistas, se antoja una gran obra “Gaudeamus” (1986), con la que cierra la trilogía que luego el propio Conget dio en llamar “Trilogía de Zabala”. Se publicó en 2010 en la Colección Larumbe, una selección impagable de textos de aragoneses (casi siempre) en la que participan las Prensas Universitarias de Zaragoza y los Institutos de Estudios de Huesca y Teruel.

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Leídas en conjunto y sin respiro, las tres novelas consagradas a Miguel Zabala y su entorno familiar y de amistades se leen con avidez, como una biografía que parece también la de toda su generación. El decorado a veces es tan interesante como las pequeñas peripecias personales narradas, y aflora así una ciudad de provincias (Zaragoza) donde los curas tenían tanto peso en la educación y el cine era una buena manera de evadirse de la realidad. O se trasluce esa sociedad limeña donde el ambiente universitario no da para mucho, ni económica ni intelectualmente.

Esta serie de novelas, por lo visto no concebida como tal en un principio, ha aguantado muy bien el paso del tiempo, y ofrece destellos puntuales que obligan a volver varias veces por una misma página. La 87, todavía de la primera novela, es como una reducción a poco más de dos folios del espíritu de “La vida, instrucciones de uso”, de Pérec, con ese vecindario al que no dejan de pasarle las cosas más habituales, con la diferencia de que hay alguien para narrar lo que acontece en ese hormiguero. En la 612, de “Gaudeamus”, lo que ocurre es que el personaje Miguel Zabala hace añicos la cuarta pared y agradece algo a Conget, que hace un breve cameo en su propia película.

Es necesaria mucha complicidad autor-lector para sumergirse en estas novelas tan personales, pero la recompensa es notable. En la introducción a esta serie, firmada por Ignacio Martínez de Pisón, se destaca que en las obras de Conget conviven la alta literatura y las manifestaciones más populares. Aquí hay menciones a los tebeos, muchos guiños cinematográficos, chascarrillos y evocaciones escolares. Y sexo, y humor, mucho humor, aunque sea muy sutil.

Cuando empieza a vislumbrarse el final de la trilogía hay un párrafo que parece encerrar todo el mundo mostrado hasta entonces: “ ¿Os acordáis de las tascas donde se aceleraba el pulso de la noche, las livianas victorias del tinto y nuestro sañudo apego a la fiesta cuando el relente anunciaba el alba y todavía nuestros pies pedían un poco más de baile, amigos míos, otra canción ruidosa antes de la despedida?”. Aquí está encerrada en buena medida toda la novela, en esta evocación nostálgica rematada con un elocuente: “Mañana contaréis a quien quiera oíros que hace años fuisteis libres, casi aéreos, y dichosos”.

¿Por qué será que nos gustan tanto estas historias?

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Nacer para martillo

Un periodista alemán que desde hace unos años escribe literatura para jóvenes. Una novela protagonizada por chavales que se puede leer en clave de reportaje periodístico. Una ficción muy bien planteada que parece una crónica. Una mezcla de géneros, al final, que conforma una novela narrada en primera persona, con una derivada epistolar, y que despertará el interés de todas las edades, en cualquier país, pero especialmente en las sociedades sensibilizadas con la realidad de los inmigrantes. Dirk Reinhardt es el nombre del periodista; Train Kids, el título de la novela, y Miguel, Jaz, Fernando, Ángel y  Emilio son los protagonistas de esta historia casi de terror (por lo que cuenta, no por el género).

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Cada lector se puede imaginar hoy a Oliver Twist cuando ve las noticias del periódico o del telediario: extrayendo coltán en minas centroafricanas, prostituyéndose en el sudeste asiático, trapicheando en cualquier suburbio del llamado “mundo desarrollado”, intentando huir de la miseria cotidiana en pos del dinero que se puede ganar sin necesidad de dejarse la piel ni la dignidad en cada centavo. En la novela de Reinhardt, Oliver Twist intenta alcanzar la frontera estadounidense cruzando México desde su Guatemala natal. Sus compañeros de viaje vienen de Honduras, El Salvador o cualquier otro de los estados sometidos a la miseria por la injusticia de la Historia y las iniquidades de los gobernantes. Es una historia dura, narrada sin concesiones. Es la épica de la gente corriente, de los parias de una sociedad que aspiran simplemente a pasar desapercibidos un día, integrados, sin experimentar el temor permanente de ser capturados por quien sea: fuerzas del orden, maleantes de variado pelaje, zetas, narcos…

La novela la cuenta en primera persona Miguel, un joven guatemalteco que quiere volver a ver a su madre, establecida en Los Ángeles y que se fue dejando al protagonista y su hermana Juana, alimentando regularmente la promesa de juntarse un día todos de nuevo. La potencia de las historias narradas en primera persona se instala desde la primera página, desde la frase inicial. No dejan de ocurrirle cosas al narrador y sus cuitas acaban siendo las del lector, que participa de sus temores, sorpresas y anhelos casi en cada página. Todo un acierto del autor, que apoya este planteamiento tan fresco en unas cartas, pocas, que le permiten abrochar del todo la historia pero que se antojan artificiosas, casi prescindibles.

Es una road movie con un tren, o muchos trenes, como paisaje. Es un western crepuscular a la conquista de un Oeste ya descubierto, donde sobran pioneros y los sheriff están omnipresentes, como los forajidos. Es la película perfecta para Ken Loach, que con guión de Paul Laverty sería capaz de sacar petróleo de una historia de amor minúscula que lucha por asomar la cabeza.

“Aquí no se’n surt ningú sense prendre mal, encara que siguis un sant”, dice Fernando en la página 301, cuando parecía que no había espacio ya para más penalidades. Todo es verosímil, y lo que es peor, todo ha ocurrido. En el epílogo, donde Reinhardt retoma el protagonismo y desgrana qué historias pueden haber desencadenado esta ficción, resuena en mi memoria ese estribillo de Pedro Navaja de “si naciste pa martillo del cielo te caen los clavos” e intento conjurarlo acordándome de de una frase muy del final, que quiere asustar tanto determinismo: “el destí penja d’uns fils imperceptibles, tan fins i prims que no es poden veure”.

Son los mismos hilos que ponen en marcha todo el engranaje de esta novela altamente recomendable, más allá de su etiqueta de literatura juvenil.

Train Kids está en edición catalana en la colección Nandibú Jove, de Pagès Editors, con traducción de Montserrat Franquesa Gòdia, y en castellano la ha publicado la Editorial Milenio.