Lecturas tranquilas

Aparece y desaparece Richard Ford en mi horizonte lector, pero sin embargo permanece. Disfruté hace ya un tiempo “Canadá”, recién traducida, y fue un nombre que se me quedó grabado. Leí varias entrevistas con él, comprobé que Anagrama lo editaba en todos los formatos posibles y hace unos meses hablé de él en esta página, a propósito del premio que le daban en Oviedo. Lo relacionaba entonces con James Salter, del que ha dejado dichas certeras palabras, y me topé además con otro libro y otro autor que seguro iba a leer: las memorias de Bruce Springsteen. El círculo se cerró por aquellos días del mes de octubre, cuando Ford hablaba del libro del Boss en un artículo de The New York Times que luego reprodujo aquí El Cultural de El Mundo.

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Empecé a leer entonces un viejo éxito suyo, “El periodista deportivo”, que quedó relegado durante unas semanas a pesar de que las primeras páginas prometían unas cuantas horas de deleite. Lo devoré finalmente en las últimas vacaciones navideñas, para confirmar que tenía más razón que un santo el periodista deportivo George Vecsey cuando afirmaba que era “una novela de lectura compulsiva que tiene tanto que ver con la crónica de deportes como`’Moby Dick’ con la caza de las ballenas”. Los que hayan leído la novela de Melville podrán intuir por dónde van los tiros.

Frank Bascombe, el protagonista y narrador en primera persona, es verdad que es un periodista deportivo, el que da título a la novela. También es cierto que sabemos desde el principio que el fin de semana que conformará el tiempo narrado se abre con un viaje a Detroit para que Frank entreviste a una estrella del fútbol que ha quedado paralítica en silla de ruedas. Otras menciones menores al periodismo deportivo aparecen por el texto, con especial mención para una reflexión del propio protagonista que no me resisto a copiar: “el periodismo deportivo no es tanto una profesión real como un agradable estado de ánimo, es más una manera de enfocar las cosas que de hacer o saber exactamente”.

Este fin de semana vertiginoso arranca un Viernes Santo, cuando Frank salta la verja del cementerio para encontrarse con su exmujer y rendir homenaje a su hijo Ralph, en el que hubiera sido su 13º cumpleaños. Basta una página y media para saber todo esto y algo más. Vienen después otras cuatrocientas donde vamos a conocer un poco mejor por lo que ha pasado Frank, aunque ni nosotros ni él lo acabemos de entender del todo. Un matrimonio roto, dos hijos más a los que adora, varios ligues inanes y una nueva historia que lucha por abrirse paso, las confidencias de un amigo al que ha conocido en un curioso “club de divorciados”, éxitos profesionales del pasado, el retrato de una ciudad residencial para gente de posibles a menos de 100 kms de Nueva York, los rituales de la fiesta de Pascua en una familia cristiana (la de su nuevo ligue) y hasta los detalles de una nevada en Detroit. Se puede apreciar que no son gratuitas las alusiones a “Moby Dick” y la pesca de ballenas.

Cuando falta un párrafo para llegar a la palabra FIN dice Bascombe: “y me di cuenta de que al fin había terminado mi duelo (…). La tristeza, la verdadera tristeza, es relativamente breve, pero el duelo puede ser muy largo”. Los lectores pueden dar fe de ello. Lo que parece una narración tranquila, casi documental, de la vida aparentemente sencilla de un tipo que ha visto el éxito y ha padecido tragedias familiares, se convierte en un ejercicio de duelo, en la redención de una pena que el narrador cargaba a su espalda como una quemadura solar veraniega, sin acabar de vérsela, sin posibilidad de aliviarla de manera inmediata, necesitado de tiempo para que se curara y dejara la menor cantidad de secuelas.

Para el lector que, como yo, ha tenido la suerte de descubrir ahora este personaje inolvidable se suceden las buenas noticias. Hay dos novelas más dedicadas a él: “Día de la Independencia” y “Acción de Gracias”, y hasta una colección de relatos, “Francamente, Frank”. Todo en Anagrama.

Dice un crítico francés en la página de Anagrama que Richard Ford “se está convirtiendo tranquilamente en el mejor escritor norteamericano”. Así es, tranquilamente.

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“Recomponer el espejo roto”

A muchos lectores longevos nos fascina ver leer a un niño. Inmediatamente nos sentimos reconocidos en ese pequeñajo que está descifrando mundos más o menos lejanos, absorto, alejado por un momento de la realidad que le rodea. La última novela de Ruiz Zafón llama la atención en las mesas de las librerías porque, precisamente, un niño pretende abarcar el apetitoso menú que le ofrece el escaparate de una librería. No sé si es una foto antigua “arreglada” (como ya hizo su editorial con otro título del autor hace unos años cuando retocó una de Català-Roca) pero desde luego consigue plenamente captar la atención de los lectores, de todos, porque nos sentimos reflejados en ese canijo ahíto de placer lector.

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Una amiga me envió hace poco una novela asegurándome que me iba a gustar. Ella tiene buen gusto y conoce el negocio editorial, y no dudé de su recomendación. Cuando vi la cubierta del libro que proponía quedé fascinado por la foto de la cubierta: una niña lee, en una postura que la muestra embelesada. Se aprecia que ya es costumbre, que no hay pose. Subyuga con su propia lectura. La novela con cubierta tan prometedora se titula “El mar y la serpiente”, y la ha publicado hace poco Milenio en castellano y Pagès Editors en catalán. Apareció hace una década en Argentina, de donde es la autora, Paula Bombara. Ha recibido premios de literatura infantil y juvenil, como tal ha sido catalogada, aunque creo que trasciende la etiqueta de libro para jóvenes, porque el tema que aborda no distingue de edades.

mar i serp.pngEdición en catalán, Pagès Editors

Los 30.000 desaparecidos de la dictadura argentina, reflejados en la experiencia propia de ser hija de uno de ellos, son los protagonistas de esta novela sucinta, un centenar de páginas, que parece un ejercicio de exorcismo de los fantasmas propios (y colectivos). La autora, como la protagonista, se va haciendo preguntas. La destinataria de las dudas es la madre, que inventa excusas para no abordar con crudeza una herida tan dolorosa. Pero la pequeña no se contenta con los eufemismos, y quiere saber más. No se traga que el padre muriera de un infarto, no entiende por qué estuvo una temporada cambiando continuamente de casa, ahora con unos tíos, ahora con los abuelos, quiere saber dónde estuvo su madre durante unos días que se le hicieron eternos.

Con un planteamiento muy acertado para mostrar la intensidad y el carácter recurrente de esas dudas, la novela se estructura en capítulos breves, con muchos saltos de línea, con un ritmo sincopado muy elocuente para hacer partícipe al lector de esas dudas que se escapan a borbotones. “Mamé incertidumbre durante tantos años”, dice Paula Bombara en su blog, muy interesante. Y explica que con su novela buscó “generar una suerte de memoria que marcara a los lectores jóvenes, que les abriera el deseo de investigar más, de preguntar y hablar más sobre quienes fueron perseguidos y asesinados durante la dictadura”.

En buena medida logró su propósito. Esa reiteración de las preguntas, tan del gusto infantil, no es muy diferente del sentimiento obsesivo que ahoga a los adultos cuando se esfuerzan por aplicar la lógica a la canallada que supuso la Operación Cóndor en las dictaduras del Cono Sur. Los “desaparecían”, los secuestraban, les robaban a sus recién nacidos, intentaban exterminar la subversión sin parar mientes en nada. Si los mayores, hasta los más implicados, se volvían locos intentando hallar respuesta ante tanto horror, qué podía pasar por las cabecitas de aquellos pequeños que, al sobrevivir, tuvieron que acostumbrarse a los eufemismos, las medias verdades o las puras mentiras. Al leer esta novela de apariencia inocente me acordaba de los relatos que agrupó Mario Benedetti en “Geografías” o de alguno de los reportajes de Rodolfo Walsh. Quizá la novela peque de falta de maestría (o de originalidad) a la hora de ser cerrada, pero el planteamiento es inteligente, con una puesta en escena de lo más adecuada a lo que se explica.

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Edición argentina

Paula Bombara afirma en su blog, al analizar la repercusión que tuvo la novela sobre todo en las escuelas, que hay que “mantener viva la memoria sin estar en el pasado”. En otro blog otra Paula, la responsable de la librería Al·lots (Barcelona), argentina también, agradece a su paisana el “esfuerzo por recomponer el espejo roto” y nos anima a todos a preguntar… y a escuchar las respuestas. Se trata de algo tan sencillo como necesario: cerrar el duelo. Ella lo ha conseguido con una novela intensa, que huye de las clasificaciones por edad.

Por cierto, la niña que lee en la foto de la cubierta de este libro emocionante es la propia escritora. Tiene toda la lógica.