“Un relato unívoco”

He localizado las notas que tomé hace diez años, después de leer un conjunto de relatos titulado “Los peces de la amargura”. Alababa ahí la valentía del autor al retratarse sin medias tintas al lado de las víctimas de ETA y traía a colación, porque se lo había leído al escritor en algún sitio, que esa libertad con la que podía posicionarse la facilitaba el hecho de vivir en Alemania desde muchos años atrás.

Estos cuentos los escribió Fernando Aramburu y se publicaron en Tusquets. Lograron algunos premios, tuvieron bastantes lectores y reseñas elogiosas. En la misma editorial, con una emotiva foto en la cubierta que adquiere significado pleno al leer la novela, apareció hace pocos meses “Patria”, que se ha convertido en un fenómeno que va más allá de sus valores literarios, que también los tiene.

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La campaña encomiástica que se ha puesto en marcha satura por sus maximalismos. En la faja de la 8ª edición se acumulan los elogios: “sabes que has leído un clásico”, “una de las grandes novelas de la literatura española contemporánea”, “un libro que durará para siempre”… En la prensa se suceden los reportajes en la páginas de Cultura, más allá de las reseñas especializadas, que destacan los 150.000 ejemplares vendidos, la “conmoción que ha supuesto” el libro y hasta el premio Francisco Umbral con el que ha sido galardonado. El presidente del jurado, Fernando R. Lafuente, no se anda con chiquitas: “la historia íntima del País Vasco como nunca antes se había contado”. Y remata: “es la gran novela sobre el terrorismo; los otros libros, a su lado, constituyen notas y apuntes”. Esta campaña mediática no repara en gastos ni se detiene en minucias. Un reportaje de Luis R. Aizpeolea en Tinta Libre descubre el final sin ningún remordimiento y, por si no hubiera quedado claro, insiste en que termina igual que un documental recientemente estrenado, del que también desvela la sorpresa final. Este veterano periodista, que durante años firmó muchas informaciones sobre Euskadi en El País, también lo tiene clarísimo: “con esta exitosa novela, Aramburu avanza en su objetivo narrativo-político: la derrota literaria de ETA”.

Aquí está la clave de este libro, “que parece escrito para turistas”. Así de rotundo se manifiesta Bernardo Atxaga, en un reportaje muy jugoso, diametralmente opuesto a casi toda la prensa, escrito por Oskar Bañuelos en el diario Ara. El boom de esta novela –prosigue Atxaga, que escribió “El hombre solo”, una ficción con el terrorismo de protagonista– “tiene que ver con la promoción, con la propaganda y con el interés de diferentes poderes, muchos de los cuales no se circunscriben a la literatura”.

En un análisis reduccionista se puede pensar que es una novela llamada a triunfar de Miranda de Ebro hacia abajo. La escritora Karmele Jaio dice que el libro de Aramburu refleja “la visión que tiene una parte de la sociedad, una parte de las víctimas si se quiere, y no se puede tomar la parte por el todo”. En el mismo texto del Ara, Atxaga concluye que “algunos autores escriben desde una especie de daltonismo, una distorsión de la realidad”. En la misma línea se manifiesta el crítico de Radio Euskadi Kike Martín, molesto con esa “visión de las dos Euskadis (una buena y otra mala) y de la falta de compromiso por miedo de una parte de la sociedad”.

Es esa visión maniquea, simplista, con finalidad ejemplarizante, la que resta credibilidad a una historia que, a pesar de sus más de 600 páginas, se lee sin descanso, merced a capítulos breves, casi fogonazos. Más de 120 secuencias que viajan en el tiempo, que se mueven sin cesar del casco viejo de un pueblo guipuzcoano innominado a las elegantes calles de Donosti, del cementerio de Polloe a la Universidad de Zaragoza, donde estudia la hija de una víctima de ETA. Esa construcción formal, con un esfuerzo evidente por modular distintas voces alternando variados registros lingüísticos, ha sido muy bien analizada por Justo Navarro en Revista de Libros. Es una de las críticas más ponderadas que se han publicado. No exagera los aciertos hasta rozar la caricatura, como han hecho otros exégetas.

Hay un escritor que aparece como personaje en la propia novela, en una secuencia que amenaza con reventar la “cuarta pared”, y dice: “procuré evitar los dos peligros que considero más graves en este tipo de literatura: los tonos patéticos, sentimentales, por un lado; por otro, la tentación de detener el relato para tomar de manera explícita postura política. Para ello están, a mi juicio, las entrevistas, los artículos de periódico”. Desgraciadamente, es una las descripciones más certeras de esta novela. Y no debe extrañar que sea el propio Aramburu el que intente exorcizar el miedo que le atenaza poniéndolo en boca de uno de sus personajes.

Novelas recientes, de tono menos constitucionalista (por seguir con la etiqueta que algunos críticos han utilizado) pueden ser “Twist”, de Harkaitz Cano (Seix Barral) o “Martutene”, de Ramón Saizarbitoria (Erein). Están escritas con un perfil más fino, con una precisión que puede herir más que un pelotazo en la cara, que retratan una situación mucho más compleja y hasta endemoniada, teniendo claro siempre que hubo unos que apretaban el gatillo y otros que caían abatidos por sus balas.

Al leer esta novela absorbente, apasionada, entretenida, no acabo de entender ese propósito de buscar “la derrota literaria de ETA”. Un escritor como Javier Cercas, con tendencia a literaturizar la realidad (o lo contrario, porque a veces parece que no se aclare), está en pleno promoción de su último libro, donde recrea la vida de un pariente suyo, falangista, que murió en la guerra. Y dice: “el escritor da soluciones ambiguas y poliédricas. La literatura tiene prohibidas las respuestas claras, nítidas y taxativas que puede ofrecer el periodismo, la historia y la justicia. Nosotros trabajamos con la ambigüedad y la contradicción”.

Decididamente, no es el caso de “Patria”.

* Tomo el título de una reseña que me ha parecido fundamental para entender no sólo “Patria” sino buena parte de la operación mediática orquestada en torno a ella. La escribió Jabo H. Pizarroso y se puede leer aquí. No tiene precio tampoco el comentario que hace Juan Gorostidi en este mismo blog.

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Media vida caminado bajo la lluvia

Los cuatro discos de la grabación pirata del concierto del Boss en Berlín Oeste, a los que aludíamos aquí, se grabaron ante 17.000 personas. Corría el año 1988 y faltaba poco para que el Muro fuese demolido. Bruce Springsteen había pasado al otro lado unos días antes, había cruzado el Checkpoint Charlie para tocar ante la multitud más grande a la que se había enfrentado: 167.000 alemanes orientales más todos los que estaban en sus casas, viendo el show que emitía en directo la tele oficial, que había logrado incluso censurar en vivo una mención del propio Springsteen al odioso muro. Era la gira del Tunnel of Love, que acabaría llegando a Barcelona, sin la E Street Band. Fue la primera vez que lo vi en directo.

Estuve bien cerca del escenario, aún no se estilaban las pulseras para premiar a los más madrugadores de la cola. Quedé maravillado con la potencia del show, con los músicos que acompañaban al Jefe, con los coros. Recuerdo que alguien alrededor, veterano en estas lides, me dijo que no había color con otras actuaciones anteriores, cuando sí estaba acompañado de Clarence Clemmons, Steve van Zandt y Cía. Tardaría todavía unos años en comprobarlo, en 1999 y en Zaragoza. Qué razón tenía.

Las memorias de Springsteen van desgranando anécdotas e historias poco conocidas que sirven para ver cómo funciona por dentro esa banda tan bien engrasada, siempre al servicio del Jefe pero sin perder un ápice de protagonismo en cuanto a individualidades. “Una dictadura bondadosa”, así la considera el líder del tinglado, que cuenta cómo él es quien firma los contratos pero no duda ni en repartir juego ni en pagar con creces semejante dedicación. Dice en otro pasaje que sus músicos son, cada uno de ellos en su posición, “los mejor pagados del mundo”. Y no debe de andar muy desencaminado cuando consigue liarlos en giras maratonianas o en grabaciones muy personales, donde a veces brillan poco o, en ocasiones como en las Seeger Sessions, desaparecen de los créditos del disco y del avión de la gira.

Si la carrera de Springsteen y sus amigos se ha construido en buena medida sobre un escenario, con esos conciertos épicos que todos guardamos en nuestra memoria, no es extraño que sus memorias abunden en referencias a ellos. Habla, por supuesto, de cómo se batía el cobre en los locales de su pueblo y alrededores hasta hacerse con un nombre. Alude a su primer viaje a California, donde empezó a construirse el mito del rockero que venía con ganas de futuro. Cuando explica su primera experiencia en Europa en 1975, de la que hay un doble CD frenético, en el Hammersmith Odeon de Londres, es imposible no simpatizar con ese joven ansioso que no acababa de ver claro su estatus de estrella internacional. “Estoy asustado y enfadado, enfadado de verdad” (página 211). Y no sería por falta de fe en sí mismo, aunque confiese “a mis veinticinco años soy un jovencito provinciano que todavía no había salido del país”.

En otros momentos explica brevemente su gira mundial con Amnistía Internacional, de la que me quedé casi en las puertas, en 1988. Y de la vuelta a los ruedos con su banda de siempre, en 1993, que arrancó su gira europea en Barcelona. Cuenta también como el hijo de Max Weinberg sustituyó durante una temporada a su padre en la batería, con resultados más que notables, y explica por qué Jack Clemmons tuvo que pasar varias pruebas hasta hacerse con el papel, sólo hasta cierto punto, reservado a su tío Clarence hasta su muerte. Todos haremos nuestras lecturas personales de estas memorias. Yo no las puedo disociar de esos conciertos en los que me he sentido parte, aunque infinitesimal, de esa trayectoria. Dice en la página 363 que no escribe estrictamente para los deseos de su público, “pero a estas alturas estamos enredados en un diálogo que nos ya ocupa media vida”. Ahí casi todos nos sentiremos reflejados.

Tengo subrayadas, o con las páginas dobladas en una esquina, confesiones del más variado pelaje: los comentarios a la caótica relación con su padre, el relato de su boda con Patti (donde se lacera sin remilgos: “mi egocentrismo, mi narcisismo, mi aislamiento”), el recuerdo del nacimiento de sus tres hijos, qué supuso grabar un disco como “The Ghost of Tom Joad”, sus influencias musicales, los episodios depresivos, por qué su hermana le inspiró la canción “The river”…

Estas memorias del Boss son densas e iluminan sobre su vida y -especialmente- su obra. Es como si nos hubiera invitado durante unas horas a pasear por su hogar mientras iba enseñando esos recuerdos que no acaban de encajar con la decoración de la casa nueva pero sin los cuales sería imposible entender cómo ha llegado hasta ahí. Y por un instante hemos visto, colgado detrás de una puerta, el batín que se pone para estar por casa, cuando no hay afuera miles de personas gritando anhelantes, esperando un truco de magia.

Y entonces entiendes por qué llevamos tantos años corriendo juntos, sin rendirnos, caminado bajo la lluvia, esperando un día soleado o citándonos ahí, donde Mary.

21 horas y 51 minutos

Antes de que existiera Internet y sus ilimitadas posibilidades de descargar música, legalmente o por la cara, los fans de Bruce Springsteen alimentábamos nuestra monomanía buscando grabaciones piratas de sus conciertos. Tengo una caja con 4 LPs de la gira Tunnel of love registrada en Berlín West.  Atesoro un disco rosa, en una funda amarilla, sin ninguna letra ni signo alguno que permitan reconocer de quién es la música que hay dentro. Me lo trajeron de Andorra. Durante años intercambiábamos cintas de cassette, grabadas de la radio, de programas en emisoras locales que tomaban los conciertos de otras grabaciones clandestinas, localizadas en los países más diversos. Escuchar las canciones del Boss con esos ruidos asociados que producían las ruedas de las pletinas al girar o los estragos del tiempo en el microsurco del LP tiene algo inexplicable que nos conecta de manera irremisible con el momento en el que las escuchamos por primera vez, y el tiempo se detenía.

En el mes de septiembre, coincidiendo con su 67º cumpleaños, Springsteen publicó simultáneamente en medio mundo un libro de memorias titulado “Born to run”. Lo podía haber llamado “Thunder Road”, “Growing up”. “Jungleland” o “Mi Hometown”, y todos nos hubiéramos entendido. El caso es que pocos días después ya estaba disponible en Spotify una lista de reproducción con todas las canciones –propias y ajenas– mencionadas en el libro. Son 325 y se extienden a lo largo de 21 horas y 51 minutos. Quizá coincida (hora arriba, hora abajo) con el tiempo necesario para zambullirse en la vida del Boss, en estas casi 500 páginas escritas con brío y minuciosidad, que en pocas ocasiones decaen en cuanto ritmo, que son un reivindicación de sus orígenes humildes, un muestrario de confianza en sí mismo, un canto a la amistad y la familia, al amor honesto y a la fe inquebrantable de las personas que se conjuran para alcanzar su sueño.

bruce

Ser fan de Springsteen condiciona por completo la lectura que se pueda hacer de sus memorias pero ello no invalida la opinión que podamos tener de este “hombre rico con camisa de pobre” (página 364 de la edición catalana de Malpaso), que un día animó a su chica a subir al coche para escapar de su pueblo de perdedores. Cuando años más tarde, multimillonario y con casi todos los motivos para sentirse feliz, se vio sumido en la profundidad de los pozos de la depresión tuvo los arrestos para escribir sobre ello, convertirlo en canción y meterlo en uno de esos discos sombríos que no parecían encajar en su discografía.

Yo balbucía mis primeras palabras cuando él obtuvo sus primeros, y modestos, reconocimientos, gracias a los que empezó a ganar unos puñados de dólares tocando los sábados por la tarde en un club local de Freehold. Necesitaba poco para vivir, porque no estaba acostumbrado precisamente a los lujos y porque dedicaba horas y horas a perfeccionar su manejo de la guitarra, encerrado en su habitación. Es la fábula del self-made-man tan del gusto de sus compatriotas, que escapa por la “calle del trueno” en busca de imitar a sus ídolos, ya sean Elvis, Roy Orbison, los Beatles o los Stones. Con el primero no, pero con todos los demás compartiría escenario, admirado de estar a su lado, haciendo los coros como un aprendiz en aquel memorable concierto “en blanco y negro” de Orbison.

Medio siglo después de aquellos primeros éxitos sigue en la brecha, como Jagger y compañía. Desde principios de los noventa habré compartido con él una quincena de juergas, rodeado de decenas de miles de personas. Momentos para mí memorables que, como he podido saber al leer sus memorias, coincidían a veces con episodios de profunda depresión a los que Springsteen hacía frente con esos chutes de multitudes, buscando vacunas contra sus propios demonios.

Ha sido uno de los aspectos que más me ha llamado la atención de estas memorias valientes: habla de sus problemas de salud con una sinceridad descarnada que ha podido levantar ampollas en su entorno más cercano, esas personas que soportaban al hombre abatido cuando se apagaban los focos y aún pitaba en los oídos la descarga de decibelios de las tres horas de rigor de un concierto del Boss.

Ha habido muchas otras historias que he saboreado en este medio millar de páginas. A veces las leía de noche para al día siguiente acudir a Spotify y revisar las canciones de Darkness in the of the town o Nebraska, conociendo las claves de algunas de esas canciones que yo había escuchado con un halo de ingenuidad. De la música, de los conciertos, de esa banda de la calle E hablaremos otro día, estirando todo lo posible el placer de recordar aquello que leímos, que le ha dado una nueva perspectiva a aquello otro que escuchamos, que vimos, que vivimos.