21 horas y 51 minutos

Antes de que existiera Internet y sus ilimitadas posibilidades de descargar música, legalmente o por la cara, los fans de Bruce Springsteen alimentábamos nuestra monomanía buscando grabaciones piratas de sus conciertos. Tengo una caja con 4 LPs de la gira Tunnel of love registrada en Berlín West.  Atesoro un disco rosa, en una funda amarilla, sin ninguna letra ni signo alguno que permitan reconocer de quién es la música que hay dentro. Me lo trajeron de Andorra. Durante años intercambiábamos cintas de cassette, grabadas de la radio, de programas en emisoras locales que tomaban los conciertos de otras grabaciones clandestinas, localizadas en los países más diversos. Escuchar las canciones del Boss con esos ruidos asociados que producían las ruedas de las pletinas al girar o los estragos del tiempo en el microsurco del LP tiene algo inexplicable que nos conecta de manera irremisible con el momento en el que las escuchamos por primera vez, y el tiempo se detenía.

En el mes de septiembre, coincidiendo con su 67º cumpleaños, Springsteen publicó simultáneamente en medio mundo un libro de memorias titulado “Born to run”. Lo podía haber llamado “Thunder Road”, “Growing up”. “Jungleland” o “Mi Hometown”, y todos nos hubiéramos entendido. El caso es que pocos días después ya estaba disponible en Spotify una lista de reproducción con todas las canciones –propias y ajenas– mencionadas en el libro. Son 325 y se extienden a lo largo de 21 horas y 51 minutos. Quizá coincida (hora arriba, hora abajo) con el tiempo necesario para zambullirse en la vida del Boss, en estas casi 500 páginas escritas con brío y minuciosidad, que en pocas ocasiones decaen en cuanto ritmo, que son un reivindicación de sus orígenes humildes, un muestrario de confianza en sí mismo, un canto a la amistad y la familia, al amor honesto y a la fe inquebrantable de las personas que se conjuran para alcanzar su sueño.

bruce

Ser fan de Springsteen condiciona por completo la lectura que se pueda hacer de sus memorias pero ello no invalida la opinión que podamos tener de este “hombre rico con camisa de pobre” (página 364 de la edición catalana de Malpaso), que un día animó a su chica a subir al coche para escapar de su pueblo de perdedores. Cuando años más tarde, multimillonario y con casi todos los motivos para sentirse feliz, se vio sumido en la profundidad de los pozos de la depresión tuvo los arrestos para escribir sobre ello, convertirlo en canción y meterlo en uno de esos discos sombríos que no parecían encajar en su discografía.

Yo balbucía mis primeras palabras cuando él obtuvo sus primeros, y modestos, reconocimientos, gracias a los que empezó a ganar unos puñados de dólares tocando los sábados por la tarde en un club local de Freehold. Necesitaba poco para vivir, porque no estaba acostumbrado precisamente a los lujos y porque dedicaba horas y horas a perfeccionar su manejo de la guitarra, encerrado en su habitación. Es la fábula del self-made-man tan del gusto de sus compatriotas, que escapa por la “calle del trueno” en busca de imitar a sus ídolos, ya sean Elvis, Roy Orbison, los Beatles o los Stones. Con el primero no, pero con todos los demás compartiría escenario, admirado de estar a su lado, haciendo los coros como un aprendiz en aquel memorable concierto “en blanco y negro” de Orbison.

Medio siglo después de aquellos primeros éxitos sigue en la brecha, como Jagger y compañía. Desde principios de los noventa habré compartido con él una quincena de juergas, rodeado de decenas de miles de personas. Momentos para mí memorables que, como he podido saber al leer sus memorias, coincidían a veces con episodios de profunda depresión a los que Springsteen hacía frente con esos chutes de multitudes, buscando vacunas contra sus propios demonios.

Ha sido uno de los aspectos que más me ha llamado la atención de estas memorias valientes: habla de sus problemas de salud con una sinceridad descarnada que ha podido levantar ampollas en su entorno más cercano, esas personas que soportaban al hombre abatido cuando se apagaban los focos y aún pitaba en los oídos la descarga de decibelios de las tres horas de rigor de un concierto del Boss.

Ha habido muchas otras historias que he saboreado en este medio millar de páginas. A veces las leía de noche para al día siguiente acudir a Spotify y revisar las canciones de Darkness in the of the town o Nebraska, conociendo las claves de algunas de esas canciones que yo había escuchado con un halo de ingenuidad. De la música, de los conciertos, de esa banda de la calle E hablaremos otro día, estirando todo lo posible el placer de recordar aquello que leímos, que le ha dado una nueva perspectiva a aquello otro que escuchamos, que vimos, que vivimos.

 

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