Una historia sencilla

En uno de estos experimentos que propician las redes sociales apareció en mi muro de Facebook la propuesta para generar una cadena de recomendaciones literarias a base de regalar un ejemplar de un título que fuera importante en la vida de cada uno, independientemente de sus cualidades literarias o de otras valoraciones más especializadas. Yo enseguida lo tuve claro, y hacia el Pirineo viajó una edición de Anagrama en castellano de la novela que más veces he regalado: Camí de sirga, de Jesús Moncada.  Ojalá la persona que lo recibiera quedara tan deslumbrada como yo en su momento, cuando leí con ansia esa novela ya canónica de la lengua catalana, en la que un mequinenzano residente en Barcelona rememora el pueblo en el que creció y que ahora duerme anegado por las aguas de dos pantanos.

Eran las fechas previas a la Navidad y a mí me llegaron unos cuantos ejemplares de libros importantes para lectores de León, Zaragoza o Barcelona. “Una historia senzilla narrada amb molt bon humor”, me decía en su breve nota la chica que me envió desde Barcelona un libro en edición de bolsillo titulado La delicadeza (Booket, 2013).  Me sonaba remotamente el nombre de su autor, David Foenkinos. Lo aparqué durante unas semanas y hace poco se cruzó en mi camino la reseña de otro libro del mismo escritor, recién llegado a las mesas de novedades: La biblioteca dels llibres rebutjats (Edicions 62). Era el momento.

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La lectura del primero enseguida me recordó a esas películas francesas que se ven con gusto, con media sonrisa dibujada en el rostro, hasta que un socavón inadvertido provoca que se acabe abruptamente el paseo y luego ya sea difícil remprender el camino sin perder la compostura. Una pareja que parece funcionar a las mil maravillas se rompe en un minuto por un capricho más que absurdo del azar. Todo puede parecer muy cotidiano, hasta la desgracia más dolorosa. La protagonista rehace su vida (no hay spoiler que valga, porque el texto de la contracubierta explica sin entrar en detalles que es el marido el que muere), también de una manera que puede parecer de lo más normal, con sus altibajos, los momentos de duda y ciertas situaciones que pueden dibujar esa media sonrisa de las películas francesas, no en vano Foenkinos adaptó esta novela a la pantalla grande con la ayuda de su hermano.

Un “tranche de vie”, por seguir en consonancia con la procedencia del autor, que puede parecer una historia ligera, con pequeñas dosis de humor y referencias más o menos culturetas: un diálogo de una film de Woody Allen, la posible discografía de John Lennon si no hubiera sido asesinado, una canción de Alain Souchon o una sucesión de refranes absurdos. Poco aportan a la historia y van más en la línea de ir montando un patchwork que contextualice esa historia de una pareja parisina que trabaja en una oficina mientras busca una segunda oportunidad en la vida. Si un día me encuentro con la película haciendo zapping la veré con gusto y me vendrán flashes de aquella historia de amor, como tantas otras, que leí con cierto interés y de la que apenas recuerdo el final.

En el otro libro Foenkinos caí de lleno gracias al sugerente título que Lluís-Anton Baulenas puso a su reseña en el suplemento literario Ara Llegim: “¿Quién quiere libros rechazados?”. La historia encierra muchas otras historias. Tiene más miga.

Pero será otro día cuando hable de ella.

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