Perdidos en Israel

La larga destilación del relato de nuestro último post se podría decir que nos lleva a “Una judía americana perdida en Israel”, este cómic de Sarah Glidden, que un día decide apuntarse al programa “derecho de nacimiento”, por el que todos los judíos del mundo tienen pagada una visita a Israel. El diario de Eva Heyman que glosábamos el otro día, las humillaciones sufridas, el elevadísimo precio a pagar, la tragedia colectiva que tuvo por escenario buena parte de Europa central y oriental tiene aquí un epílogo, en forma de cómic, elaborado por una autora desprejuiciada que en la cuarta viñeta dice estar “lista para ir allí y descubrir la verdad oculta tras todo este follón”.

Es un ejercicio interesante confrontar el título original de la obra con el que lleva versión española de Norma (2011): con el mismo dibujo en la cubierta, en inglés parece que ofrece una “Historia de Israel para dummies”, mientras la versión en castellano centra el tiro en la protagonista, en la situación de desamparo que por momentos parece sentir cuando visita la que pudo ser tierra de sus ancestros. Ya nos gustó mucho la visión que ofrecía Sarah Glidden de su visita a Iraq y Turquía, con ese cuestionamiento permanente, esas dudas difíciles de gobernar, ese escepticismo con el que miraba lo que ocurría a su alrededor. En esta visita a Israel, publicada previamente a las “Oscuridades programadas” que glosamos aquí, no tiene claro ni el motivo de su viaje ni lo que se va a encontrar. Teme a la propaganda, y parece que vaya siempre mirando detrás del decorado, tratando de descubrir si es simplemente cartón piedra.

Las acuarelas y los tonos suaves característicos de Glidden parecen sugerir un relato naif, pero nada más lejos de las corrientes que discurren por debajo de las viñetas. La narradora no deja de aludir al “conflicto” y empatiza rápidamente con los árabes “que estuvieron aquí durante mucho tiempo antes de que volviera el hebreo”. Viaja a Cisjordania, y su autobús discurre durante muchos kilómetros en paralelo al muro que separa ambas comunidades. Visita “la antigua Siria”, los Altos del Golán, donde pregunta sarcástica  qué interés tiene pelear por un espacio donde no se puede construir. El guía le recuerda que es territorio minado, uno de los lugares más calientes del planeta. Sigue su ruta, propagandística, por Tel Aviv, el desierto, el mar de Galilea y llega hasta Jerusalén. En el intento por comprender Israel nos lo va enseñando a los lectores, y nos muestra el Salón de los Nombres, con el que se rinde homenaje “a todos y cada uno de los judíos que fallecieron en el Holocausto”, o explica el mito fundacional de los Cielos y la Tierra, con una piedra que arrancó Dios de su trono, y que fue el pico donde el Rey David y su hijo Salomón construyeron el primer templo, allí donde está ahora la Cúpula de la Roca, cerca de ese Muro de las Lamentaciones que estamos cansados de ver en los telediarios, cuando se produce uno de eso follones que pretendía desentrañar Sarah Glidden al principio de su viaje.

Cuando apareció la obra en castellano, los responsables de Norma tuvieron el buen criterio de montar un minisite que ayuda a entender el proceso de creación de este cómic, con entrevista a la autora incluida. Al final de la obra, muy recomendable, la autora se dibuja ya en su país, reencontrándose con sus amigos estadounidenses. Uno de ellos le pregunta, a dos viñetas del final: “¿Qué demonios pasa en Israel?”.

La cara de ella es todo un poema.

 

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El libro de la bicicleta

Durante unas cuantas semanas fue “el libro de la bicicleta”, sin más. Mi hija se acordaba de que salía una en la cubierta. Yo había tenido un ejemplar en mis manos pero ni me había fijado en el título ni me sonaba de nada la autora. Aunque recordaba también que había una bicicleta. Preguntamos en varias librerías por un libro con una bicicleta en el título y algún librero nos miraba con una mezcla mal disimulada de sorna y estupor. Yo estaba convencido de que la bicicleta del dibujo era azul, y con esa premisa seguí buscando. Infructuosamente.

Una tarde, en una librería muy curiosa que hay en el Poblenou de Barcelona, llamada Nollegiu (No leáis) y ubicada en lo que antes era una tienda de ropa, estábamos esperando (también con mi hija) que llegara Ferran Adrià a presentar una novela negra de una autora peruana, ambientada en el mundo de la alta cocina. Casi nada. Llegó el pope de la cocina tecnoemocional y apareció después el peruano Gastón Acurio, jerarca de la renovación culinaria de su país. Durante la espera, sin pretenderlo, dimos con el libro de la bicicleta, en la versión en catalán publicada por NED Ediciones. El tema se las traía, para despertar el interés de una niña de once años. El título no era precisamente optimista. Y la autora no vivió más de 13 años, hasta que cayó en manos del siniestro Mengele, en el campo de Auschwitz, un día de octubre de 1944.

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Hace unos meses ya hablamos aquí de qué arduo es satisfacer el interés de un niño que quiere saber más sobre los nazis. Es difícil ocultar la siniestra realidad, como es complicado no caer en la sensiblería al intentar explicar a unos niños la magnitud de la maldad humana. Habitualmente se recurre al padre bienintencionado de “La vida es bella”, al niño del pijama de rayas o a una versión expurgada del diario de Anna Frank, pero no nos gusta a los mayores quebrar la inocencia infantil con narraciones más poderosas como “La lista de Schindler” o “Shoah”, los recuerdos de Primo Levi, Mariano Constante o Joaquim Amat-Piniella, las fotos de Francesc Boix ni siquiera el cómic de Spiegelman, por citar unos pocos.

Cuando le eché un vistazo a la contra y a las solapas del “libro de la bicicleta” empecé a dudar de si eso lo soportaría una niña de once años recién cumplidos, lectora voraz (eso sí) a la que casi ningún tema le resulta ajeno. Se empeñó y se lo leyó, a tragos cortos, sufriendo más de una vez no tanto por lo que se cuenta como por lo que se imaginaba. El libro ha sido considerado como una versión “húngara” del Diario de Anna Frank, no en vano en los dos casos las autoras son dos jóvenes que narran su cautiverio, una en Amsterdam, la otra en la actual Oradea (Rumania) en lo que entonces era Nagyvárad (Hungría). Las dos ven cómo el mundo se desmorona mientras ellas abren los ojos a una realidad que no pueden acabar de asimilar. Eva Heyman, la autora de “He viscut tan poc”, comienza a escribir el día de 13º cumpleaños, en febrero de 1944, y sus páginas no van más allá del mes de mayo, cuando es deportada a Polonia, para desaparecer en octubre, en un camión amarillo con dirección a los hornos.

La profundidad de algunas de sus reflexiones, sus lamentos ante lo que intuye que será una vida muy corta, su rebeldía precisamente ante la apatía con que sus paisanos asimilan todas las vejaciones que sufren, el dolor por la desaparición de Marta, su mejor amiga, la deliciosa relación que establece con su padre y su padrastro (que choca con el escepticismo con el que mira a su madre) son algunos de los muchos afectos y emociones que contienen estas cien páginas intensas, que uno imagina de caligrafía apretada. Un planteamiento tan redondo, por la fecha de inicio, por cómo se salvan los papeles, por la perfecta organización del tempo narrativo, con ese crescendo que no ahorra ningún sufrimiento al lector, lleva a sospechar a veces si no será todo una de esas narraciones documentales salpimentadas con un personaje infantil y un destino fatal. Una especie de manuscrito hallado en una maleta destinado a convertirse en un best-seller de la llamada “literatura del Holocausto”. Pero no.

En la edición catalana, el libro lleva un prólogo de Vicenç Villatoro así como un texto de Ágnes Zsolt, madre de Eva, que consiguió llegar a Suiza y salvarse. Allí explica cómo se conservó el diario. Y se cierra con un epílogo de Mihály Dés, que contextualiza la obra y remata su preciso texto con una frase que define certeramente lo que el lector todavía no acaba de asimilar, cuando pasa la última página: “el relato de su marcha hacia la muerte se convierte en una reivindicación triunfal de la vida”.

Una historia triste, a pesar de Amado

Cuando hace unos años mi padre estuvo ingresado en el hospital durante unas cuantas semanas, iba a verlo todos los sábados y siempre lamentaba, ya en el tren, haber olvidado otra vez llevarle un libro de Jorge Amado, para hacerle la convalecencia más entretenida y, sobre todo, más alegre.

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Hace poco, volvió a caer enfermo y esta vez no dudé: en el primer viaje metí en la maleta “Doña Flor y sus dos maridos”, en una edición de bolsillo de Alianza que casi hay que quebrar por el lomo para hacer menos esforzada la lectura. Durante una temporada febril me dediqué a leer sin pausa todos los títulos que había en esa colección mítica de Alianza: “Gabriela, clavo y canela”, “Cacao”, “Capitanes de la Arena”. Seguí con “Sudor” y “La tienda de los milagros” y aún se me debió de quedar alguno, menos conocido. Hay relatos que embrujan a uno sin saber muy bien por qué. Es imposible hablar de los libros de Jorge Amado sin apelar a la sensualidad, al vitalismo, a esos olores a comida que parecen emanar de las páginas, a la fragancia de las especias o de las flores, y al buen humor, sobre todo al buen humor. La crítica lo ha considerado habitualmente un autor menor y (creo que era en el especial que le dedicó la revista Turia) alguien dijo que con ese nombre y apellido parecía un señor de Cuenca y no el escritor brasileño que es, con las calles y las playas de Salvador de Bahía omnipresentes en casi toda su obra.

Durante muchos años le iba pasando libros a mi padre, lector ferviente desde muy joven a pesar de no haber podido frecuentar mucho la escuela ni haber tenido demasiado tiempo para leer, enfrascado como estaba en trabajar para sacar adelante una familia numerosa. Me decía una vez que le pilló el gusto a la lectura en esas novelas de vaqueros que se cambiaban (por no decir alquilaban) en los kioscos de los pueblos en los años sesenta. Luego accedió a las “Selecciones” del Reader’s Digest y ahí debió de descubrir que había muchos temas y muchas tramas por descubrir, y ya nunca dejó de picotear. Como yo soy un lector caótico empecé a hacerle partícipe de los libros que iban cayendo en mi zurrón, y tan pronto estaba con uno de Vargas Llosa como se adentraba en un estudio sobre la Guerra Civil o unos cuentos del Pirineo. En la mesilla de noche siempre había un libro. En los últimos años le he ido llevando de todo: “Los millones”, de Santiago Lorenzo (Blackie Books); las memorias de Tony Leblanc, las de Iñaki Anasagasti, algunas de las novelas policiacas de Andrea Camilleri (que devoró en un santiamén), el relato de las salvajadas que tuvieron que aguantar los habitantes de Jánovas, amenazados por un pantano que nunca llegó a llenarse; la epopeya de los obreros que hicieron posible la estación internacional de Canfranc, el “Victus” de Sánchez Piñol o el “Valor” de Clara Usón, que comentamos aquí en su día.

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Nada más leer “El balcón de invierno”, de Landero, también quise compartirlo con él. Y debí de dejarle algún otro en el mueble de la sala donde se ponía a pasar página tras página, cada vez más encorvado, pero siempre con el mismo gesto ensimismado durante la lectura, hasta que levantaba la cabeza, medio abstraído todavía, con el semblante serio y la mirada perdida, como si necesitara desconectar de la realidad en la que estaba inmerso para afrontar una pregunta de mi madre o un requerimiento de alguno de sus nietos. Jubilado como estaba, desde hace unos años los libros le duraban poco.

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Mi padre no se recuperó de la enfermedad que le llevó al hospital hace unos meses. Uno de mis hermanos se encargó de recoger las pertenencias que habían quedado en el armario de la habitación donde pasó sus últimos días. Ahí estaba el libro de Jorge Amado, no llegó a abrirlo. Al final, no le quedaban fuerzas ni para pasar las páginas del diario. Cuando terminó la ceremonia donde lo despedimos y nos volvimos al piso familiar las tres generaciones que tanto lo añoramos ahora, vi en una estantería unos cuantos volúmenes tumbados. Ahí estaba el inconfundible lomo verde y amarillo de “Doña Flor y sus maridos”. Había otros, y destacaba un novelón de esos de tapa dura y sobrecubierta. Había una marca entre sus páginas, una hoja de esos calendarios a los que cada día se le va quitando una capa, porque era así como le gustaba señalar dónde se quedaba.

“Es el que estaba leyendo papá”, me dijo uno de mis hermanos. Y entonces vi, de manera desgarradora, todo lo que había quedado a medias.