Un taxista sandinista

“El séptimo vicio”, el espacio de cine de Radio 3, se emite una vez al mes desde Barcelona, en directo, en la sala grande de la Filmoteca de Catalunya. Es una ocasión óptima para poner cara a tantas voces y formar parte de un programa que parece hecho sin guión, a golpe de genialidad de sus invitados, que (a decir verdad) suelen estar bien elegidos. Hace ya unos meses que “els vicis de Filmoteca” (así se llama esta cita barcelonesa con el programa de Javier Tolentino) anunciaron que emitían una peli documental basada en las conversaciones que tuvieron Hitchcock y Truffaut, de las que salió un libro canónico de cine que Alianza reedita sin parar. En el programa previo a la proyección estaba prevista la participación del “enfant terrible” del cine catalán, Albert Serra, y de un escritor de novela negra llamado Carlos Zanón, que a mí me sonaba por las estupendas reseñas que firmaba de vez en cuando en Babelia.

Albert Serra gusta de epatar al respetable con sus opiniones rotundas y, en directo, acompaña sus declaraciones de un histrionismo que tiene algo de daliniano, inflexiones de voz incluidas. Repantingado en una butaca en el escenario, delante de un micrófono y con esos cascos enormes que usan en la radio, parecía encontrarse en su salsa. Si no hubiera asistido en directo a aquella emisión me hubiera perdido las caras de sorpresa de Carlos Zanón, que parecía aguantar con estoicismo semejantes salidas de tono. Él había sido entrevistado poco antes y había hecho gala de una sencillez que poco tenía que ver con su compañero de programa. Desde la invisibilidad de casa, si hubiera escuchado el programa mientras preparo la cena (como hago muchas tardes) no hubiera reparado en ese escritor que nada más terminar la charla, en los minutos previos a la proyección a la película que remata la jornada, despareció por el largo pasillo de la sala Segundo de Chomón, en un edificio de reciente creación en pleno Raval, un entorno urbano cargado de referencias cinematográficas y literarias.

Esta otra Barcelona, alejada de la ciudad de postal que atrae a millones de turistas con su palo-selfie, es la gran protagonista (precisamente) de la última novela de Carlos Zanón, “Taxi”, recién publicada por Salamandra y que ha suscitado el interés prácticamente unánime de los medios. Lo más curioso es que, al tratarse de una novela tan rica en detalles, cada reseñista ha encontrado algo interesante… y diferente del resto. Es una novela negra, es una historia ambientada en Barcelona (subgénero que no deja de enriquecerse), es una novela proletaria, es una road movie a caballo de un taxi, es una historia de amor, es un homenaje a los Clash…

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Kiko Amat, tan admirado en este blog, lo clava en un breve billete que escribió en el Culturas de La Vanguardia: “Taxi es un Zanón sin cinturón de seguridad, callejero, soñando con bohemia pero engrilletado a Horta”. Alguien que conozca mínimamente Barcelona disfrutará mucho más esta novela, y cuando pase con el bus por una cantonada del Eixample creerá ver en uno de los taxis aparcados a Sandino, el protagonista de esta historia que se va metiendo en problemas ya no se sabe si como consecuencia del destino o por su mala cabeza y su picha tan brava. No verá con los mismos ojos las obras que se están haciendo junto al hotel Vela, un icónico edificio que separa las playas de la Barceloneta de los muelles del puerto comercial. Si son ciertas las amenazas que se ciernen sobre Sandino a buen seguro que en los cimientos de esas obras descansa el cadáver de alguien que se pasó de listo. Y al pasar por debajo de Montjuïc, con esa sucesión de nichos con vistas a los muelles de contenedores, no podrá evitar pensar en las citas del taxista con su colega Sofía, compañera además de infortunios, víctima de una confusión en la que también quiso ser más lista que los malos.

“Taxi” es una novela oscura, más que negra, pegada a la actualidad. Todo ocurre en siete días del mes de octubre de 2016, y por eso aparecen la CUP y la Colau, el “procés”, o inmigrantes árabes que frecuentan compañías extrañas y hasta una mención a la parisina Bataclán. Quizá estos apuntes tan coyunturales la hagan envejecer demasiado deprisa, pero “Taxi” parece a veces un documental de esos grabados con cámara oculta para mostrar la ciudad allá donde pierde su nombre, donde baja la intensidad de las luces para ocultar más que iluminar.

Esta historia de amor repleta de corazones rotos y entrepiernas doloridas se convierte por momentos en un caos de subtramas levemente punteadas por versos de canciones que uno no sabe si informan de lo que viene a continuación (“Let’s go crazy”, “Police on my back”, “Career oportunities”) o meras maniobras de distracción (“Charlie don’t surf”, “Stop the world”).

El taxista proletario que aspira a follarse a una pija redomada para añadir otra muesca a su canana es el mismo que no se atreve a enfrentarse a su mujer, que le pide hablar con él. Entre tanto, “apatrullando la ciudad” con su Prius amarillo y negro, a Sandino la semana le cundirá como para echar algún polvo más rápido de lo deseado y rememorar tiempos de esplendor, cuando toreaba en grandes plazas. En una entrevista en el diario Ara, donde recuerdan que Zanón está escribiendo una novela que recupera a Pepe Carvalho y es él mismo comisario de BCNegra, el escritor dice que estas historias sentimentales o sexuales son “las cadenas que arrastra el protagonista, a las que se suman las de la familia y la lealtad a los amigos”. Es el punto de partida de “Taxi”, y también el de destino.

Una carrera para disfrutar por una ciudad que descubrir.

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