Nuestros ayeres (I)

Estaba escuchando la radio esta misma mañana mientras trajinaba por la cocina cuando alguien ha empezado a contar una historia que enseguida me ha resultado familiar. Estaba ubicada en un pueblo de Guadalajara, pero había leído episodios similares ambientados en el Pirineo aragonés, en la ciudad de Barcelona, en la Ribera navarra, en Zaragoza, en Badajoz, en pueblos del sur de Valencia… Personas asesinadas hace casi ochenta años que siguen sin ser localizadas, por un lado; personas todavía vivas que perseveran buscando a sus padres, porque creen que cuando sepan dónde yacen y los puedan trasladar a un sitio donde honrar su memoria todos descansarán, los vivos y los muertos.

Era en el programa A vivir que son dos días, de la Cadena SER, que presentaba hoy el tercer capítulo de una serie titulada Vidas enterradas. Los testimonios que se van sucediendo son durísimos, la congoja que acompaña a estas personas (familiares de rojos encarcelados y fusilados) se percibe en cada frase: todavía no entienden muchas veces por qué los mataron, no acaban de comprender que hayan pasado tantos años y sigan pidiendo, ya no justicia, sino un poco de apoyo humano, y se han agarrado a la acción de tribunales argentinos para señalar a aquellos que en España han gozado de la protección de las autoridades, sean del color que sean.

La llamada “memoria histórica” de la que tanto se ríen algunos intelectuales progresistas, (afeando esa redundancia que se da en el mismo enunciado), esa “memoria” a la que el presidente del gobierno se jacta de no haber dado ni un céntimo desde que está en el cargo, ese concepto diluido que ahora busca cadáveres en las cunetas, hace tiempo que se cultiva en diversas manifestaciones artísticas y culturales, en pos de sacar a la luz algunas de esas centenares de miles de vidas que fueron segadas sin ton ni son. Al escuchar esta mañana el programa en la radio me han venido imágenes de los varios cómics que voy acumulando en los últimos meses, documentándome para contar una de esas vidas que hay que rescatar del olvido, y buscando inspiración en viñetas a las que me gustaría homenajear.

No es la primera vez que escribimos aquí de cómic y Guerra Civil y lo seguiremos haciendo mientras vayan apareciendo obras de la calidad artística y el nivel documental que tienen por ejemplo Cuerda de presas (de Jorge García y Fidel Martínez) o ese ya clásico titulado La balada del norte, de Alfonso Zapico, del que se anuncia para 2019 un tercer volumen (todos están en Astiberri). Esa eclosión de las viñetas para explicar la guerra española y la durísima posguerra debe de tener algo que ver con la edad de los nietos de los protagonistas de aquella contienda. Si los hijos callaron, como sus padres, por el miedo instalado hasta el tuétano, cuando los nietos se desembarazaron de ese temor y empezaron a reivindicar la memoria de sus antepasados se encontraron con el cómic como una herramienta muy eficaz para conectar con el público y para recrear aquellas historias contadas a media voz, pero marcadas a fuego en el recuerdo de sus protagonistas.

Hace muchos años, a primeros de los noventa, me encontré con unas cuantas páginas de un cómic de trazo minucioso que transitaba por la vida de Antonio Beltrán, apodado El Esquinazáu. Un personaje que da para varias películas y muchas de ellas serían inverosímiles, aunque contaran con pelos y señales todo lo que vivió este hombre: nacido en el Pirineo aragonés, fue soldado americano en la Primera Guerra Mundial, se sublevó en favor de la República española y se salvó de ser fusilado, peleó en la guerra, se exilió, fue Oficial del Ejército Soviético… Ese cómic quedó inconcluso, a pesar de que había mucho que contar y los dibujos eran de una calidad notable.

Yo por entonces había leído a Carlos Giménez y poco más sabía de historias de la guerra en viñetas. En estos treinta años ha habido un boom que nos ha regalado horas y horas de satisfacción. La apoteosis de Alfonso Zapico narrando la revolución de Asturias es uno de los últimos jalones de este idilio entre historia y viñetas. Javier Pérez de Albéniz lo resume perfectamente en el prólogo al segundo volumen: “obra ambiciosa que huye del panfleto”, “episodios nacionales divididos en viñetas”, “Zapico convierte el odio en belleza”…

Es imposible decir nada nuevo ni mejor de una obra, La balada del norte, que ya está considerada una obra maestra de la historieta española. No sé cuántas veces he vuelto a mirar algunas páginas: por la calidad del trazo, por la originalidad en la composición, por el movimiento que confiere a algunos personajes o a algunos vehículos añadiendo una línea que parece imprecisa y es todo un prodigio de sutileza. Apolonio el minero, su hija Isolina, el novio de ella, Tristán, que es hijo del propietario de las minas, son personajes que pasan a formar parte de nuestras vidas. Quiero saber qué será de Isolina, ahora que la revolución ya está en marcha y este segundo volumen se cierra cuando las fuerzas represivas de Franco, López Ochoa y algún otro cafre estaban a las puertas de las ciudades principales.

La documentación para montar esta historia se intuye monumental, pero no cae el guion en una exhibición de musculatura en forma de datos menudos. La narración está sabiamente contextualizada, anécdotas que parecen menores van añadiendo aristas a los personajes, ya sea en forma de una talla de madera en forma de virgen que va de mano en mano de las beatas de Oviedo, ya sea en una descripción de cómo se entibaba una galería en la mina, antes de seguir excavando. Hay dobles páginas gloriosas que muestran de un vistazo la riqueza de la obra y las paradojas de la realidad narrada: la paz de unas vacas que pacen con la silueta de la catedral ovetense al fondo empieza a verse alterada con las letras de un acrónimo que se hizo célebre en aquella revuelta: UHP. En la página enfrentada, a toda plana, una mujer puño en alto grita vivas a la revolución social. Y así en bastantes ocasiones a lo largo de las 500 páginas que ocupan los dos volúmenes ya publicados.

Habrá que esperar un año para saber qué ha preparado Alfonso Zapico. Se nos van a hacer largos estos meses.

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Otra novela con muchas bufandas

Me queda medio centenar de páginas para acabar la última novela de Dan Brown. Lo de menos es cómo termine. Incluso si el profesor Robert Langdon  resuelve el follón que se monta cuando el eminente científico Edmond Kirsch se propone desvelar un descubrimiento que acabará con las religiones tal como las entendemos y que acabará, nunca mejor, dicho como el Rosario de la Aurora.

La cosa se tuerce, el científico no logra desvelar lo que quería decir al mundo, desde el museo Guggenheim de Bilbao, y vuela toda velocidad a Barcelona, paseando su peripecia por los edificios más emblemáticos de Gaudí, perseguido por la Casa Real española, que se conjura en una basílica excavada en el Valle de los Caídos. Origen se llama este best seller que hace honor a su nombre: lleva desde el mes de octubre en los primeros lugares de las listas de ventas que publican los suplementos literarios, sus voluminosos ejemplares se agolpan en los lugares más destacados de las librerías y Planeta (desde luego) pero también muchos libreros celebran que la última novela de Dan Brown esté ambientada en nuestro país, porque seguro que eso ha provocado muchas ventas, no sé si lecturas también.

Me estoy leyendo una novela de Dan Brown (a pesar de que quedé escamado con El Código Da Vinci) porque se lo prometí a mi hijo mayor, así de flojo es mi argumento para reincidir. Él está acostumbrado a que yo le vaya recomendando libros, los lee casi todos y me suele agradecer las sugerencias. Hasta ahora, dice, el mejor es este que comenté aquí. Las últimas navidades algún familiar le regaló Origen, porque a un adolescente es difícil encontrar algo regalable que no tenga ya. Devoró las 600 páginas en pocos días, y hasta se escondía para seguir leyendo cuando tenía la orden de apagar la luz y meterse en la cama. Le fascinó que la trama fuera por lugares que él conoce bien, el museo bilbaíno, la Sagrada Familia, la Casa Milà… y le encantó (me decía) que cada capítulo (muy breves, como secuencias de una peli de acción) lo dejara con el aliento entrecortado y a punto de dar un nuevo giro a la trama.

El caso es que acepté su recomendación, para que viera que sus opiniones son importantes para mí, aunque sea para rebatirlas más adelante. Nada más abrir el libro, en los dos primeros párrafos recuerdo que conté un montón de adjetivos. Me sumergía en una novela de esas llenas de bufandas, como decía un día Martínez de Pisón para explicar gráficamente qué son los adjetivos: bufandas que uno se pone. Una puede quedar elegante, y hasta cumplir con la función de abrigar un poco. Pero nadie (o casi nadie) sale a la calle con muchas bufandas anudadas en el cuello. Esta novela, como las de Ruiz Zafón, est engordadas con clembuterol adjetival. “Acantilado escarpado, viejo funicular, irregular cumbre, pendiente vertiginosa, enorme monasterio” y pude que alguno más caben en cuatro líneas escasas. Nada más comenzar. Y a partir de ahí no cesa el frenesí.

Los capítulos cortos antes mencionados están concebidos como secuencias de una película que posiblemente se ruede y seguro que protagoniza Tom Hanks. Hay descripciones que son en realidad propuestas para un movimiento de cámara frenético mientras suenan de fondo las aspas de un helicóptero y los protagonistas descienden por una sirga huyendo de los malos. En esta trama maniquea, en la que el príncipe Julián de España parece tener oscuras relaciones con un alto elemento de la Iglesia, conectado con el Opus Dei y emparentado con vestigios franquistas de la policía (tampoco es tan inverosímil), van apareciendo párrafos que parecen copiados de las notas documentales proporcionadas al escritor para darle ambiente al relato. Metidas con calzador, son brochazos que muestran la historia reciente de España con la sutileza de un ballenero en una tienda de Lladró. Peio H. Riaño, habitualmente más fino en sus análisis en El Español, entró a saco para criticar esa poca ponderación ambiental. Quizá no era para tantos aspavientos, porque Dan Brown no se dedica a escribir tratados de Historia, pero el relato deja un poso de descripciones publicitarias, más propias de una web turística, que chirría hasta para un lector como yo, nada devoto de la monarquía y abiertamente anticlerical.

No es una novela para recomendar, porque es imposible no encontrársela en cualquier punto de venta. Es una obra de esas que hacer sonreír a casi todos los implicados en la industria librera, especialmente a sus editores. Y sus muchas páginas de papel tan engordado como la trama se verán durante unos meses en los vagones del metro, en los buses o en la playa. En poco tiempo recordaremos como una anécdota aquella historia de persecuciones ambientada en la Pedrera.

¿Te acuerdas cómo se titulaba?

Nada es verdad…

Como de todo hace ya unos cuantos años, descubro ahora que se publicó en 2006 el artículo de Vila-Matas en el que supe un poco más de Vicente Rojo. Por razones profesionales, consultaba entonces de manera habitual prensa mexicana, buscaba información de personajes mexicanos y vivía pendiente de casi todo lo que ocurría en aquel enorme país. Por eso me sonaba el nombre de Vicente Rojo, y sabía de él que era un diseñador que había hecho cientos de cubiertas de libros y quizá entonces ya debía de conocer que la primera edición de Cien años de soledad había salido con un diseño suyo, que se ha convertido en mítico.

Vila-Matas explicaba una de esas coincidencias mágicas, o al menos él tiene la habilidad de que nos parezcan así, y daba la filiación de Vicente Rojo. No se pierdan el texto, porque entre otras cosas descubrirán que era un mexicano que había nacido en Barcelona y que desde el barrio de su infancia hay una vista curiosa de la ciudad, en las que no nos fijamos quienes pasamos por ahí con frecuencia, pendientes más de mirar el suelo que de otear el horizonte.

Hace pocas semanas una amiga me pasó una novela publicada por Acantilado que conectaba en parte con algunas de las cosas explicadas más arriba. Y además en el título llevaba el nombre del diseñador: El hombre que se creía Vicente Rojo. Como hay una serie de complicidades y trabazones que no viene a cuento explicar, la amiga que me dejó el libro no me quiso decir nada más. Y yo empecé a leer.

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Son 137 páginas avaladas por la sobriedad elegante de los libros de Acantilado. Es una novela escrita por Sònia Hernández, llamada a ser un referente de su generación según el vaticinio de la revista Granta. Una historia de eso que llaman autoficción, con ese punto intelectualista que empieza a tender cabos al lector, que puede o no saber a qué se agarra, pero que lee con satisfacción porque le hace creer más culto, le invita a jugar en algo que le hace sentir a gusto.

Lo de menos es el punto de partida, lo que parece la historia de una adolescente que está convencida de que a ella solo le ocurren cosas desagradables. Y eso es por ejemplo toparse con un pintor que quiere regalarle un cuadro enorme. Que ese pintor pueda ser Vicente Rojo a ella le importa un pimiento. Se va perfilando un juego de espejos donde empiezan a difuminarse las fronteras entre la ficción y la realidad. O en palabras del Rojo personaje: “yo no creo que exista la realidad, pero sí lo verdadero, por eso es importante indagar y trabajar para que cada uno llegue a su verdad, a la esencia del ser”.

En este artefacto literario donde la verdad y la mentira se convierten en eje de lo narrado no podía faltar precisamente Enrique Vila-Matas (que hizo de presentador en Barcelona de la novela, hace pocos meses) y uno se encuentra con la agradable sorpresa de que campa a sus anchas por estas páginas otro mexicano ilustre, Max Aub, si bien era hijo muchas tierras y, como él mismo decía, “español, por haber sido en España donde había hecho el bachillerato”. Aub es un liante de tomo y lomo, que llegó a escribir la biografía de un personaje inventado, y lo hizo tan bien que había pintores que decían haber tratado en París a Jusep Torres Campalans, de cuya vida absolutamente inventada hay varias ediciones ilustradas con numerosos cuadros suyos.

Aparece Max Aub precisamente por esa capacidad suya de fabular, pero también se menciona una obra suya que es desoladora, que encierra la tragedia de este país, que un día no impidió que muchos de sus mejores talentos se fueran y que, después, cuando algunos se tragaron su dignidad y volvieron a pisar la tierra mancillada por la dictadura, se encontraron con el desinterés de sus paisanos, que preferían vivir dormidos que soñar despiertos. Aub escribió sobre ese golpe terrible, ese encontronazo, una especie de diario que llamó “La gallina ciega”, publicado en la década de 1960, cuando él ya empezaba a estar mayor, aunque no fuera un anciano. El corazón que tantas pérdidas había lamentado empezaba a perder fuelle.

En esta curiosa novela de Sònia Hernández, con tantos guiños literarios (no en vano ella es crítica en diversas publicaciones), parece rendir homenaje a esas generaciones que se exiliaron, aunque sin hacerlo de manera vehemente. Con escuetas pinceladas esboza un retrato del periodismo cultural (con la madre de Berta entrevistando a Vicente Rojo para las páginas de Cultura de un diario local) y hasta traza sin estridencias un perfil de esa relación madre-hija en la que la primera no logra transmitir entusiasmo por nada a la segunda. O eso parece hasta el penúltimo párrafo, donde el círculo prácticamente se cierra, y la historia termina como empieza, por el título.

Una novela de esas que le acompañan a uno muchos días después de haber cerrado el libro.