Esos ojos

Hace unos años me impactó la luz macilenta que desprendía una película documental de animación titulada “Vals con Bashir”. En aquella época seguía con interés el suplemento literario de Le Monde, que le dedicó su reportaje de apertura. Y coincidió con un viaje que hice a París, en el que me sorprendió la publicidad de este film en las marquesinas, tan abundante que parecía una superproducción americana.

Tardó un poco en llegar a nuestros cines y creo que pasó con rapidez por la cartelera. Yo la vi en casa y ya no pude olvidar ese tono amarillento que se adueñó de la pantalla desde casi el inicio, así como la dureza de la historia que contaba, el tono pesimista que emanaba del relato. El autor de semejante diatriba antiisraelí, todo un alegato pacifista, era un judío que había participado –siendo poco menos que un adolescente– en la matanza de Sabra y Chatila (18 de septiembre de 1982), donde todavía hoy no se sabe si murieron centenares o miles de refugiados palestinos. Creo que unas imágenes reales de ese campo después de la matanza, en unos planos que quitan el aliento, son las únicas que no están dibujadas en esta película de animación tan estimable. Una obra valiente, dirigida por Ari Folman y en la que participó como dibujante David Polonsky, que también fue director artístico del film.

El éxito (con Globo de Oro y candidatura al Oscar incluidos) hizo que les llovieran encargos, entre ellos convertir en película animación infantil el “Diario” de Anna Frank. No sé si el proyecto todavía está en marcha, que seguro necesitará de unos cuantos años de gestación, pero de momento podemos disfrutar (si es que es válido este verbo para semejantes circunstancias narradas) del cómic basado en ese diario, acaso el más famoso en la historia de la literatura. Lo publicó hace unos meses Penguin Random House (que curiosamente ni aparece en cubierta), en una edición cuidada, hermosa, con detalles como el de la página de cortesía, en el que una Anna Frank tumbada parece estar confensándose a su diario, en un dibujo elegante, precioso, conmovedor.

anne-frank-novela-grafica-2

El trazo preciso que recordaba de la película de hace unos años ha madurado en este cómic, que ofrece páginas de una belleza sobrecogedora: la doble plana que muestra la entrada de unos ladrones en el refugio de la familia (páginas 72-73), un sueño erótico de la propia Anna (página 97) o una metáfora del enamoramiento de ella y Peter durante su confinamiento en el desván son algunos de los ejemplos de estos dibujos en el que el tratamiento de la luz se muestra con especial maestría. Hay viñetas a toda página que parecen extraídas de eso que llaman cómic de línea clara (páginas 19 y 86) y el gusto por el detalle está presente en todo momento, con una imaginación desbordante.

El “Diario de Anna Frank”, ese cautiverio en la “casa de atrás”, se puede leer de muchas maneras a lo largo de una vida. Si de joven uno lo lee con la congoja de saber el final, a medida que va releyéndolo con los años contextualiza mejor lo que pasó en Ámsterdam durante la ocupación nazi, descubre que hubo muchas otras obras testimoniales escritas en circunstancias similares (aquí hablamos de otra con muchos paralelismos a la de Anna Frank) y hasta comprueba, desolado, que haya cafres que niegan la mayor y lo consideran pura ficción.

Este cómic ha llegado a mis manos después de que lo leyeran dos de los jóvenes que pululan por mi casa. Con 14 años, mi hijo se ha quedado fascinado por los dibujos, que le acercaban de una manera digerible una realidad tan atroz. Tres años más joven, su hermana (que ya había leído el mencionado “He viscut tan poc” y estaba leyendo la versión “sin dibujitos” del diario) miraba las páginas empatizando con esa joven que hablaba –o se confiaba– de manera tan desenvuelta acerca de sexo, manías personales, miedo a los bombardeos, horror ante la idea de una muerte cercana o hastío por tantos meses de “presidio”.

anna frank cubierta

Dicen en el epílogo Ari Folman y David Polonsky que condensar el diario en cómic, según sus cálculos, hubiera necesitado de 3.500 páginas y unos 10 años de trabajo. Han logrado destilar la obra y dejarla en poco más de 150 planas fabulosas, en las que prevalece esa mirada que todos reconocemos de las pocos fotos que se conservan de la protagonista. El brillo en los ojos de Anna que se ve en la cubierta es absolutamente hipnótico. Aparece casi en cada página del cómic, aportando matices, diciendo mucho más que un rosario de palabras.

Un cómic al que volver. De manera recurrente.

Anuncios

Nueva Orleans no se acaba nunca

Hacía mucho tiempo que no me pasaba, empatizar de tal manera con una ficción que parecía tan alejada de mi realidad cotidiana. Durante varias semanas he ido saboreando los episodios de una serie americana estrenada hace casi una década y ambientada en Nueva Orleans, en los meses siguientes al paso devastador del Katrina, en 2005. “Treme” se llama esta serie de 4 temporadas y 36 episodios, que no he querido todavía saber cómo acaba. La firman David Simon y Eric Overmeyer y es totalmente adictiva.

Los personajes desprenden tanta autenticidad que uno tiene la sensación de asomarse a la ventana de cualquier casa destartalada del barrio y ver lo que ocurre en las calles del Tremé, el barrio que da nombre a todo. La cuitas de Antoine Batiste, un trombonista con más picores que un adolescente; el activismo de la abogada Tony Bernette; los sacrificios de la chef Jeanette, dispuesta a enriquecer la sabrosa cocina local; los delirios musicales de Davis McAlary; el desclasamiento que padece LaDonna, una mujer de belleza inquietante y carácter volcánico; los esfuerzos del cachazudo poli Terry Colson, luchando por no ser engullido por el pozo de indolencia en el que chapotean sus compañeros; el apego a las tradiciones del Big Chief, que choca con el virtuosismo con la trompeta de su hijo, frecuentador del escenario del neoyorquino Blue Note…

Treme_Serie_de_TV-654554266-large

Semejante galería de personajes se ve enriquecida con las apariciones estelares de mitos como Fats Domino, Elvis Costello, Trombone Shorty, Steve Earle o Allen Toussaint, inmersos en el frenesí de una ciudad que intenta levantarse, que nunca acaba de caer, precisamente porque su orgullo se lo impide. Una ciudad que concentra los índices más altos de su país en materias tan dispares como asesinatos no resueltos, músicos por metro cuadrado o variedades gastronómicas.  En la ciudad más europea de América, en un lugar que sabe con certeza que algún día será derrotado por las fuerzas de la naturaleza, en la cuna de la música que consumimos en todo el mundo, siempre suceden cosas y, afortunadamente, hay gente con talento para contarlas.

No estoy seguro de querer saber qué ocurrirá a Annie, mi violinista callejera preferida. Por eso me demoro en conocer el desenlace, aun a sabiendas de que me estoy perdiendo unas cuantas interpretaciones musicales memorables. Porque no hay episodio donde no suenen enteras un par de piezas sin que el espectador llegue a sentir, ni por asomo, que entorpecen el devenir del episodio. Con “Treme” se detiene el tiempo. Y la banda sonora de la serie augura horas de deleite.

Alguien me habló hace poco de un libro de título sugerente (Jazz para el asesino del hacha) y cubierta no menos llamativa. Escrito por Ray Celestine y publicado por Alianza en 2015, fue traducido por Mariano Antolín Rato, en lo que se intuye un buen trabajo de traslación de esa prosa rítmica, sazonada con muchos nombres propios, mitos pioneros de ese estilo que nació en el Mississippi para viajar por todo el orbe. Esta novela intensa está ambientada en Nueva Orleans, hace un siglo, basada en la historia real de un asesino que amenazó con matar a alguien en cuya casa no sonara jazz en la madrugada de un martes de 1919.

LG00203201_jazz asesino hacha

Este asesino en serie estaba siendo acosado por investigadores más o menos hábiles, que en la novela descubren nuevos datos al mismo tiempo que lo hace el lector (todo un acierto de planteamiento). A todos ellos les amenaza un gran temporal, uno de esos que cada dos años y medio (como dice el alcalde en algún momento) tiene la mala costumbre de arrasar la ciudad.

Avanzaba por las páginas de esta novela trepidante y enseguida pensé que estaba asistiendo a la “precuela” de Treme. También aquí hay cameos de celebridades como King Oliver o Louis Armstrong, aquí sin ser todavía el trompetista legendario de voz ronca y carrillos hinchados.

“Jazz para el asesino del hacha” es una obra bien planteada, que se asienta sobre tres subtramas que avanzan en paralelo, y van tejiendo una especie de tapiz que bien podría acabar conformando un plano de la ciudad, con sus canales y sus calles de nombres franceses. Louis Armstrong e Ida Davis, detective de la Pinkerton; un expolicía recién salido de la prisión con buenas conexiones con la Mafia, y Michael Talbott, un policía en activo con un pasado borroso y un matrimonio singular. Estos son los tres ejes principales de una historia coral en la que se mencionan canciones que hoy son estándares de cualquier Big Band. Discurre por las calles del Barrio Francés, sale a las afueras, cerca de esos diques que tantas veces se han roto, se pierde en los tugurios que igual albergan putas que asesinos o tahúres, todos al servicio de la leyenda de la ciudad más canalla.

En esta novela de corte tradicional no hay personaje que quede colgado. Todos están al servicio de una trama que se desenvuelve a buen ritmo, llena de detalles que parecen fruto de una documentación concienzuda pero que en ningún momento parecen un decorado para crear ambiente. Tiene mucho de cinematográfico el planteamiento, con cambios permanentes de localización y diálogos que parecen estar concebidos como una sucesión de planos y contraplanos. La música que parece sonar de fondo enfatiza ese aire de narración audiovisual, que la conecta en mi fuero interno y de manera indefectible con “Treme”, una serie también coral, que discurre por las mismas calles, amenazada por la violencia que parece consustancial a la ciudad.

LG00234401_blues hombre muerto

Recientemente, Ray Celestine ha pasado por Barcelona para participar en BCNegra y presentar (para alegría de sus seguidores) la segunda entrega delo que ya se anuncia como una tetralogía. “El blues del hombre muerto” bebe de las mismas fuentes: hay música ya desde el mismo título, diversas historias discurren en paralelo mientras van eliminando capas de una cebolla que tiene que acabar descubriendo a otro asesino en serie. Algunos de los personajes de la primera novela han medrado, han viajado y siguen protagonizando la segunda entrega. El propio Armstrong, una estrella ya en ciernes (pues no en vano la novela está ambientada a finales de la década de 1920), se traslada a Chicago y ayuda a una vieja amiga (de él y delos lectores), Ida Davis, que ha progresado en la agencia de detectives Pinkerton. La Nueva Orleans amenazada por La Mano Negra aparece mencionada de vez en cuando, pero ahora la trama se desarrolla a orillas del lago Michigan, en la ciudad donde se enriqueció Al Capone vendiendo alcohol durante la Ley Seca.

Ray Celestine aprovecha esta veta y vuelve a levantar una historia coral, perfilada con detalle, en la que la intriga se va dosificando y los lectores se enteran de lo que ocurren casi al tiempo que los personajes. En el material promocional que ha preparado la editorial se anuncia que las dos historias que quedan por aparecer viajarán a Nueva York y Los Ángeles y que irán avanzando de década en década.

Intrigados por saber qué música deleitará al asesino en serie que ya debe de estar afilando sus armas, seguiremos buscando similitudes entre el cine, la televisión y las nuevas entregas de esta tetralogía tan negra y musical.

Nuestros ayeres (y II)

“Echar la vista atrás es bueno a veces”, decía una canción de esas con estribillo marcado a fuego en nuestros recuerdos. Era una frivolidad que a fuerza de repetirla perdía el significado y uno la tarareaba sin detenerse a pensar ya en lo que pudiera decir. Siempre hemos reivindicado aquí mirar atrás, y más en estos tiempos en los que se sospecha de aquellos que intentan entender qué nos pasa hoy a base de buscar razones en el ayer. En el prólogo a un cómic excepcional, Cuerda de presas (Astiberri, 2005 y 2017), el estudioso Felipe Hernández Cava aludía a un título de Natalia Ginzburg para hablar de “nuestros ayeres” y la reflexión moral que suponía esta colección de historias breves, protagonizadas por mujeres, ambientadas en la guerra civil y la posguerra.

cuerdadepresas.jpg

Con guión de Jorge García y dibujos de Fidel Martínez este escaso centenar de páginas es un puñetazo emocionante, una llamada de atención, un grito ahogado, la reivindicación de una memoria que se resiste a desaparecer porque hay todavía muchas personas que quieren contar, como sea, lo que otros prefieren que no se sepa, arguyendo eso tan manido de que es mejor no abrir heridas.

Cuerda de presas son 11 historias dibujadas en un portentoso blanco y negro. El trazo con el que está esculpida cada viñeta recuerda a un artista al admiramos con devoción, que también cayó víctima del fuego de los franquistas: Ramón Acín. El juego de sombras devastadoras y la composición de muchas páginas evocan los bocetos y hasta el resultado final del Guernica de Picasso. Los textos, complemento desolador a imágenes tan potentes, acaban por mostrar una realidad demoledora.

Poco se puede explicar de este cómic al que no nos atrevemos a llamar “necesario”. Lo es cualquier historia que muestre aquellos episodios que con tanto encono se han querido escamotear. Lo que hace muy recomendable a este libro tan bien editado es la factura impecable de sus páginas, de cada una de ellas. No hay ni una mala.