“Hay que leer a los rusos”

El aquí admirado Juan Tallón ha hecho de esta frase, que le decía desde bien joven su papá, una especie de mantra que va sacando de la chistera allá donde le dejan escribir algo. Para explicar la excelsa temporada que disputó hace unos años su querido Atlético de Madrid recurrió a “los rusos” y mostró en su blog cómo el Cholo Simeone había puesto a sus hombres a leer a Tolstoi, Gógol, Dostoievski, Gorki o Pushkin. Ahí la clave del éxito.

Nos volvió a colar el mismo argumento en Babelia, cuando recordaba el despertar adolescente a la literatura, la lectura por placer, el descubrimiento de novelas más allá de las prescritas (como las medicinas) en el instituto, y que al llegar a casa se encontraba con la letanía paterna, que recalcaba que “hay que leer a los rusos”.

Y en una amena entrevista en Negratinta vuelve a acordarse de su padre, evoca esa obsesión por los rusos e intenta explicar papel jugaron Dostoievski o Tolstoi en su formación lectora, que dada su trayectoria, explica su estilo como escritor.

Me he acordado muchas veces de esta chanza de Tallón al devorar sin descanso un libro difícil de clasificar, escrito por una traductora (de quién si no de los rusos), ilustrado con las fotos en B/N que ha hecho su pareja, organizado como una guía de viaje por ciudades de medio mundo y que es, en definitiva, una especie de libro de memorias que se puede leer como una apología de la literatura rusa. El libro se titula “En la ciudad líquida”, lo editó con esmero hace pocos meses Caballo de Troya y lo ha escrito Marta Rebón, responsable de traducciones al catalán y al castellano de obras fundamentales de Vasili Grossman, Nikolai Gógol, Mijaíl Bulgákov, Vladimir Nabokov o Liudmila Ulítskaya.

en la ciuda liquida

Las páginas que van de las 373 a las 384, una bibliografía de los libros comentados en la obra aderezada con una serie de recursos que se pueden encontrar en bibliotecas o en la red, inducen a pedir un par de años sabáticos para estar leyendo a los rusos sin parar. Hasta llegar aquí, el libro va dejando caer migas de pan, para que sigamos el camino sin pérdida en pos de una literatura que a lo largo de los siglos ha ido legando obras y autores absolutamente canónicos.

Nunca me había fijado en que Marta Rebón firmaba las traducciones de Vida y destino, El maestro y Margarita o Las almas muertas. Son sus versiones las que hay por las estanterías de casa. Hace poco, en la revista Jot Down, la dejaron hablar sin prisas junto a otra traductora, Marilena de Chiara y mencionaron un par de veces estas memorias tan peculiares, hechas a base de evocar las ciudades en las que había vivido, “esas ciudades líquidas cuyos contornos se reflejan en las aguas de un río” pero también esos espacios interiores en los que “uno se sumerge cuando, en estado de suspensión, se lee, se traduce o se escribe”. Lo dice la contracubierta de este libro: “lo que hay dentro no se puede explicar”. Y no hace ninguna falta.

Quito, Moscú, San Petersburgo, Tánger, Oporto… son protagonistas principales en el libro de Marta Rebón pero hay ecos de medio mundo, mientras se suceden pequeñas historias que hablan de exilios, persecuciones, censuras, delirios imperiales, guerras devastadoras y empresas que, como no se sabía que eran imposibles, se hicieron realidad.

No encuentro una razón sola para recomendar este libro porque se me acumulan los argumentos para hacerlo: una prosa elegante, sencilla, con predilección por el dato colocado en su sitio, sin esa falsa erudición del que copia y pega de la Wikipedia; unas vivencias personales narradas con modestia, a pesar de que Rebón sea la artífice de que podamos leer a tantos autores capitales; un viaje por lugares que se antojan todavía más irresistibles en esta narración; un compendio de decenas de obras clave no solo para entender los tres últimos siglos sino también para comprender el alma humana y aprender a vivir.

En algún momento la autora dice que Pessoa no necesitó salir de Lisboa para llenar su baúl de vivencias. “Otros, sin embargo, necesitan ir al encuentro de nuevas ciudades para completar el rompecabezas de su geografía íntima”, añade. Quizá lo dice por ella, pero los lectores no podemos estar más de acuerdo.

Viajar así, sin levantarse del sillón, es un lujo.

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¿Quién mató a la agente?

Marcelo Chiriboga fue la aportación ecuatoriana al “boom”, un movimiento literario que cada vez tiene más detractores y en el que cada casi país de Latinoamérica tuvo su escritor: el colombiano García Márquez, el peruano Vargas llosa, el mexicano Carlos Fuentes, el chileno José Donoso… Chiriboga se enfrentó a los fantasmas de la historia de su país, en especial la guerra que sostuvieron sus paisanos con el Perú, en una novela titulada La línea imaginaria. Fue glosado por sus colegas Donoso y Fuentes, protagonizó el documental Un secreto en la caja (estrenado hace un par de años en Madrid) y ahora vuelve a estar de relativa actualidad porque aparece como secundario en otra novela, esta vez del peruano Jorge Eduardo Benavides.

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La obra, titulada “El asesinato de Laura Olivo” y publicada por Alianza, fue galardonada hace unos meses con el premio Fernando Quiñones y tiene el aliciente añadido (para los letraheridos) de que desarrolla su negra trama en el mundillo editorial, con el asesinato de una agente literaria. Entre tantos escritores y agentes no es extraño que encuentre su espacio el mencionado Chiriboga, o mejor dicho, su viuda.

Y eso que tiene algo más que mérito enviudar de alguien que no existió, salvo en la imaginación de un grupo de escritores que fueron haciendo la pelota más y más grande, hasta el punto de que hay libreros en Ecuador molestos con esta pantomima, cansados de que aparezcan lectores que les llegan pidiendo la obra canónica de Chiriboga. Esa broma que empezó hace unas décadas, con sendas novelas de los mencionados Donoso y Fuentes, no se quedó solo en el escritor. Hubo toda una galería de personajes ficticios, con rasgos fácilmente identificables en personas reales, que en algunos casos crecieron y habitaron en otras obras. Fue el caso de la agente Nuria Monclús, en la que se podía intuir como mínimo el aspecto físico de Carmen Balcells. De la historia que noveló José Donoso en “El jardín de al lado” saltó la agente del “Boom” a otra donde no salía muy bien parada. Se titulaba “Sudor”, era de Alberto Fuguet, otro chileno del que hablamos aquí, y también tenía como protagonistas a uno de esos popes de la literatura americana. En esta entrevista el propio Fuguet lo explica con pelos (y nunca mejor traído) y señales.

Como la ficción no tiene nada que envidiar a la realidad, la Monclús tuvo una hija, Clara, que también se acabaría convirtiendo en agente literaria y, por qué no, acabaría recalando en otra novela, la referida de Jorge Eduardo Benavides, la que cuenta una serie de asesinatos con el mundo literario como telón de fondo. En esta especie de juego de espejos que ya se antoja infinito la Monclús hija tiene un papel protagonista, en una obra coral con una treintena larga de personajes, que van descubriendo al público sus coartadas (o esconden las pruebas que les incriminan) de manera simultánea a que las conozca el Colorado Larrazábal, un personaje pintoresco: vasco de origen, peruano de nacionalidad, de piel negra (por eso lo de “colorado”, para más lío), afincado en Lavapiés y con verdaderos problemas para volver a su país, del que salió por patas, tras investigar a un político del régimen de Fujimori.

“El asesinato de Laura Olivo” es una novela entretenida, con una trama enrevesada que se va desplegando sin darle un respiro al lector. Hay una historia de amor que discurre a la par que avanzan las pesquisas de Larrazábal, con viajes de Madrid a Barcelona incluidos. Casi nadie es lo que dice ser y laten sentimientos de venganza, rencores profesionales, afán de protagonismo y un punto de esnobismo. Los guiños al mundillo literario habrán propiciado que más de uno busque las claves de una novela que esconde, seguro, algún dardo envenenado. El hecho de que el mencionado Chiriboga tenga cierto protagonismo, con cameos como el de Jorge Edwards o el de un escritor de best sellers al que cada uno le pondremos una cara y un apellido salpìmentan esta historia que seguro proporcionó al autor un montón de buenos ratos, intentando limar las aristas de algún escritor demasiado reconocible, deseando que alguna agente literaria se llevara un buen susto, quizá no tan drástico como el que se lleva Laura Olivo.

Louis se irá a Nueva York

“Oí un disco de Louis Armstrong titulado West End Blues. Y no dice ninguna palabra, y pensé, esto es maravilloso, y me gustaron los sentimientos que provocaba. A veces el disco puede ponerme tan triste que lloro con muchas ganas. A veces el mismo jodido disco me deja muy feliz”.

Lo dijo Billie Holiday hacia 1956, y la cita aparece en las últimas páginas de “El blues del hombre muerto”, justo antes del epílogo en el que Ray Celestine, el autor de la novela, descubre pequeños bocados de realidad que encierra esta ficción tan musical. Para entonces, las diversas tramas de esta obra tan coral se han desplegado a lo largo de medio millar de páginas que uno lee mientras suenan en su cabeza las muchas canciones que aparecen mencionadas en el relato.

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Hablábamos aquí el otro día de la ambiciosa apuesta de Celestine para montar una tetralogía repleta de música. El disco de Armstrong al que alude “la dama del jazz” se grabó en 1928 y es una de las cumbres de la música contemporánea. Al leer el epílogo de Celestine uno entiende los encabezamientos de los diversos capítulos, descubre nuevos sentidos a algunas fases de la historia y ve más claro lo que nos espera. Los dos títulos que todavía no han aparecido viajarán de costa a costa de Estados Unidos. Mientras nos mordemos las uñas hasta que Alianza Editorial anuncie su aparición, unos párrafos que parecen perdidos a mitad de la novela ofrecen las claves de lo que se nos avecina:

“Se decía entre los músicos de jazz que el jazz había nacido en Nueva Orleans y había crecido en Chicago. Ahora Louis se estaba preguntando si tenía que ir a Nueva York para adquirir madurez. Un sitio donde los clubes de jazz estaban impregnados de racismo. En los clubes nocturnos de Harlem, como el Cotton Club, a los únicos negros que dejaban entrar era a los que trabajaban allí. Era como hacer un viaje de vuelta a la época de la esclavitud. Hasta el nombre tenía ecos de ella.”

“Y en Broadway las cosas no estaban mejor. Todos habían oído a algunos intérpretes que volvían de tocar temporadas en musicales como Shuffle Along contar que los músicos tenían que aprenderse de memorias sus intervenciones y no usar sus partituras para que el público blanco pudiese así confirmar sus prejuicios sobre que los negros no eran capaces de leer música, que su musicalidad era primitiva, y no producto de años de disciplina y de trabajo”.

El bueno de Louis ya debe de tener las maletas preparadas para instalarse en la Gran Manzana.