Don Pío y sus circunstancias

Un académico de la Lengua que dejó de asistir a las sesiones de la RAE porque no quería romper la costumbre de pasar las tardes en casa, haciéndole compañía a su madre. Un pintor que para casarse con una mujer bastante más joven que él decidió malvender la tahona familiar que proporcionaba cierta tranquilidad económica ante las veleidades artísticas de sus miembros. Un escritor que lamentaba que las mujeres de su juventud “llevaban un corsé como la muralla de China o el baluarte de Verdún”. Un autor de éxito que iba acumulando en un cajón billetes de todos los valores mezclados con calderilla hasta acumular varios cientos de miles de pesetas, cuando eso era un dineral. Una familia donde la sombra de la madre se alargó durante décadas y cuyos integrantes han tenido un papel estelar en la cultura española del último siglo, ya sea en la pintura, la literatura, el periodismo o la antropología. Los Baroja: Pío, Ricardo, Julio Caro, Carmen Nessi…

No hace mucho, en una edición sencilla y elegante de Cátedra, apareció una “biografía del clan” que ha construido Francisco Fuster a partir de los relatos de la propia familia. Se titula “Aire de familia” y no llegan a doscientas las páginas de este libro sabroso y documentado, que incluye una selección de fotografías muy interesantes.

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Si todos estos episodios tan personales los engancha un programa de cotilleos y los empieza a desmenuzar y descontextualizar, hay material para entretener a esas almas ociosas que disfrutan mirando en la casa de los demás. Pero son también “historias íntimas” que arrojan luz sobre algunas de esas leyendas que acompañan a la familia: la mala suerte de Ricardo Baroja, la misantropía de don Pío, el bunker familiar que montaron para evitar injerencias externas… Pueden ser vistos como chismes de altos vuelos, adornados con un halo intelectual. Son, sin embargo, claves para entender mejor a un novelista (y por extensión su familia) del todos hemos leído alguna de sus novelas.

“El árbol de la ciencia” fue durante años lectura obligada del COU, y se explicaba que estaba influida por el pesimismo de Schopenhauer. Se decía de su autor que era un hombre misógino, esquivo, al que maldijeron simultáneamente la izquierda (por su falta de compromiso y su colaboración con medios periodísticos del régimen franquista) y la derecha (por su anticlericalismo furibundo, por ejemplo). Era, en feliz definición de Umbral, un “anarquista de derechas”, un hombre que dejó escrito que sería feliz en un país “sin frailes, moscas ni carabineros”.

Con el tiempo leí bastantes obras suyas, incluso una novela considerada menor titulada “El cabo de las tormentas” que estaba ambientada en la insurrección republicana de Jaca, un episodio que siempre me ha cautivado. Leí también sobre él, a Trapiello, a Mainer, a su sobrino Julio Caro Baroja… Dicen algunos que era desmañado en su prosa, otros se centran en la profusión de escritos, que le llevó a ser demasiado condescendiente con textos que no tendrían que haberse publicado. Se han recordado entrevistas míticas, como aquella en la que se extrañaba de que se vendieran más libros y cuando le decía el periodista que “ahora leen las mujeres”, Baroja respondía altanero: “Ah, si leen esas”.

Creo que se lee todavía a Baroja con bastante provecho. Y puede ser de mucho interés contextualizar su obra con esas historias de su vida que tanto él como su familia fueron dejando aquí y allá. La recopilación de Francisco Fuster es muy amena. Este “historiador de la cultura”, como lo considera Jordi Amat en una reseña en el Culturas de La Vanguardia, va centrándose en cada miembro de la familia al tiempo que pasea por el número 12 de la madrileña calle Ruiz de Alarcón, por la casa familiar de la calle Álvarez de Mendizábal, 34 (donde estuvo la tahona familiar) o  por el casón de Itzea, en Vera de Bidasoa.

Y ese retrato colectivo invita a leer con otros ojos a don Pío, y a descubrir a los demás miembros de la familia.

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Vivir en un relato

Creo que somos muchos los que, viviendo en Cataluña, tenemos la sensación de habitar una suerte de irrealidad fruto de una historia falsa hecha a base de pequeños fragmentos escogidos de relatos totalmente reales. Cada poco tiempo asistimos a un giro inesperado en la narración, o vemos, perplejos, que desde fuera de esta tierra nos explican cómo tendríamos que hacer las cosas para que cuadrara con lo que “debería ser”.

Vivimos momentos de esquizofrenia, con la sensación de que no entendemos lo que ocurre a nuestro alrededor, estupefactos ante opiniones que sin haber pisado nuestras calles se quedan tan tranquilas diciéndonos por dónde debemos girar. A los que tenemos la certeza de que el emperador, de aquí y de allá, va desnudo, nos llaman “equidistantes” y desde hace tiempo hay que considerarlo un insulto.

Uno llega a la conclusión de que está rodeado de majaderos, sometido a las decisiones de personas que hacen más caso a sus ensoñaciones que a un análisis mínimamente cuidadoso de la realidad. Van pasando los días, los meses, hasta los años, y casi nada nos sorprende. Desde hace un tiempo, como me gusta que la radio me acompañe, me he refugiado en emisoras que eluden la política: Betevé, Radio 3, Ràdio 4, Icat, hasta Rock FM… Me apetece saber cosas, descubrir qué hay de nuevo en el ancho mundo, no desconfiar de un autor por el mero hecho de que sea de una nacionalidad… u otra.

La semana pasada, en la versión en español de The New York Times, apareció un texto sobre Quim Torra firmado por Daniel Gascón, redactor de Letras libres. Cuando empecé a leerlo me chocó que en la primera línea hablara de la “Generalidad”. En este país usar determinados nombres castellanizados ya no deja duda sobre el sesgo que tendrá un texto. No defrauda las expectativas Gascón: en las siguientes líneas hace un preámbulo catastrofista de la situación en Cataluña que, visto desde la propia Cataluña, tiene mucho de cartón piedra: fuga de miles de empresas, políticos huidos, mala imagen para España y la propia Cataluña… Ni un ápice de empatía hacia los catalanes que se consideran más catalanes que españoles (que son más de dos millones), ni una mención a las “collejas” que desde hace tiempo prodigan en Europa a la justicia española ante lo que parece un ejercicio de sobreactuación legalista, nada sobre la represión policial el día 1 de octubre, cuando se llevaron hostias incluso los pocos que fueron a votar que no.

Un texto que denuncia los tuits desaforados de Quim Torra, con tantas agarraderas para denunciar ese “supremacismo”, está escrito sólo para convencidos y, del mismo modo, parece tomar por tontos a los que puedan albergar alguna duda sobre ese planteamiento maniqueo. Pero como la imbecilidad está muy extendida, al día siguiente de este texto tan poco elaborado, el antaño venerable diario La Vanguardia cuela en su edición digital esta noticia, posiblemente a la busca de clics que se puedan intercambiar por ingresos publicitarios. O quizá en busca de un enemigo exterior en los aragoneses para tener más prietas las filas.

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Torpeza tras torpeza. A Quim Torra lo tildaron de “supremacista”, “xenófobo”, “racista”, “excluyente” y no sé cuántas cosas más desde todos los lados. Un cafre con micrófono abogó por bombardear Barcelona, varios políticos dijeron muy circunspectos que había que intervenir ya TV3, la policía autonómica y la escuela mediante un ampliado artículo 155, y desde el PSOE pidieron adecuar la ley para poder hacer frente a la “rebelión”. La Vanguardia tuvo a bien destacar la procedencia aragonesa de un articulista que escribe en castellano para una web neoyorkina con vocación mundial.  Y este es el nivel de “frikismo” en el que nos desenvolvemos.

Ha habido mucha literatura sobre el “procés” (otro eufemismo) pero casi siempre pasa como con el artículo de Gascón, sólo se escribe para convencidos. Hace unos meses, sin embargo, apareció lo que el propio autor consideraba un “panfleto” y es en realidad mucho más que eso. Lo  publicó  Anagrama a finales de 2017 en catalán y castellano, lo firmaba un filólogo llamado Jordi Amat y tenía un título de lo más elocuente: “La confabulació dels irresponsables” / “La conjura de los irresponsables”. Cien páginas, ni una más, para intentar contextualizar de dónde viene todo esto que estamos viviendo, para mostrar que esta “nave de los locos” la han pilotado unos cuantos políticos que han ido inflamando su palabrería para ocultar sus miserias. Al desafío de unos (más retórico que tangible) han respondido los otros con la ley de su mano, que para eso es suya. La chulería de estos ha agudizado el ingenio de los primeros. Todos ellos han ido retorciendo las palabras, apelando a principios cada vez más elevados, arguyendo razones históricas para justificar sus tropelías, envolviéndonos en su palabrería, pidiéndonos que nos alistemos en sus filas sin tener muy claro qué horizonte prometernos.

conjura irresponsables

Creo que el libro de Jordi Amat es incomodo para los dos bandos en litigio, porque pone de manifiesto lo endeble del discurso que pregonan en Madrid y Barcelona. Dice Amat en la página 47: “el procés, essencialment, s’hauria d’explicar com l’assumpció progressiva pel corrent central de la ciutadania de Catalunya d’una mutació del catalanisme. (…) Així, per molts, la vivència normalitzada dels catalans com a ciutadans de l’Estat s’ha fet problemática o s’ha fet innecesària i fins i tot insuportable (…) Una part considerable de la societat catalana ha interioritzat que la pertinença a Espanya és una rèmora.” Y, ante la respuesta desarbolada de las autoridades españolas, Amat (que no se considera en absoluto soberanista) habla “de bons amics independentistas a qui la guerra bruta ha esbotzat l’horitzó. Avui, aconseguint votar, reconquereixent l’honor. No puc compartir la seva il·lusió perquè dubto que el nostre context possibiliti una independència postmoderna, però tampoc puc negar el dolor que s’ha sembrat”.

Un periodista de los que no rehúyen la polémica como Ignacio Sánchez-Cuenca recomendaba vivamente hace unos meses el libro de Jordi Amat. En el recomendable suplemento literario del diario en catalán Ara entrevistaban al propio Amat, i creo que hacían de tripas corazón para titular así: “El Procés ha de fugir del relat i tornar a la realitat”. Como este libro está en las dos lenguas inteligibles para casi todos los actores del “relato”, sería muy interesante que todos pudieran acercarse a él. Por menos de ocho euros, en un centenar de páginas, todo el mundo puede acceder a unas cuantas claves que explican por qué ha fracasado la política, por qué este lodazal de hoy empezó gestarse hace unos años, cuando los “irresponsables” del título empezaron a agitar las aguas, sin tener muy claro si pescarían algo.

Y siguen…

El hombre encelado

He visto un par de veces los cómics de Agustín Ferrer, y se lo tengo que agradecer en ambos casos a Jot Down, que los ha incluido en los packs de promoción cuando uno compra algún ejemplar de su cada vez más amplio catálogo de revistas y libros temáticos. Hace unos meses leí “Cazador de sonrisas” (Grafito editorial, 2015), el día a día de un dentista estadounidense en la década de 1960, esclavo de una serie de obsesiones que tiene un componente morboso de primer orden, por esa mezcla de pavor e incertidumbre que suelen provocar los odontólogos. Tienen a sus pacientes a su merced, anestesiados o medio atontados, trajinando en medio de unos ruidos infernales y ejerciendo unas fuerzas que parecen que van a desmontar el complejo Lego que albergamos en nuestras bocas. Aquí pueden verse algunas páginas interiores de este cómic de “línea clara e historias oscuras”

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Me llegó el otro día un nuevo cómic de Agustín Ferrer, de cubierta horrorosa y título que parece extraído de una peli porno de hacer treinta años: “Las apasionantes lecturas del Sr. Smith” (reedición en 2018 a cargo de West Indies Publishing Company). Y algo calenturiento hay al final de cada historieta, con esas erecciones que hacen feliz a la señora Smith, y que llevan en una ocasión al hijo de ambos a preguntarse atónito: “Mamá, ¿a papá le ha picado un bicho?” ante el abultamiento que muestra la entrepierna de su progenitor.

Apasionantes Lecturas

Este cómic es de formato pequeño, y su estridente cubierta de un verde subido (a tono con las historietas) no es justa con las páginas interiores, dibujadas con detalle y buen gusto, al servicio de un guion gamberro, que parece escrito por una cuadrilla de amigotes que van pidiendo rondas de cervezas a medida que ponen el colofón (erecto) a cada relato. Todo gira en torno al Sr. Smith del título, trabajador de Silverstone Books, que confía en su buen ojo a la hora de seleccionar títulos para su catálogo. Su trabajo consiste en leer originales y descubrir potenciales éxitos. Da igual el género: de novelas del Oeste a historias de marcianos, de cuentos infantiles a relatos de ciencia ficción. Siempre acaba con picores en la entrepierna que despiertan el deseo de su señora y parece que acaban satisfaciéndola.

Un humor simple que hace las delicias de lectores como yo…y como la madre del autor. Así lo hace constar en la dedicatoria: “A mi señora madre, que aún sigue riéndose de estas cosas”. Los títulos de los capítulos parecen sacados de un cómic irreverente de Mortadelo: “Orgullo y prepucio”, “Tras el culo de Asimov”, “Arquitectos contra la ley de la gravedad”… Y esos finales tronados, con ese punto adolescente “siempre pensando en lo único”, son simples pero efectivos.

En esta entrada del blog de cómic de TVE se puede averiguar quién es Agustín Ferrer, un arquitecto navarro que quería meterse en el mundo de las viñetas. Se mencionaban los dos cómics que hemos comentado aquí (de eso hace ya unos cuantos años). Y en el propio blog del autor se puede apreciar que ha seguido trabajando y que quizá ahora sus obras son menos gamberras.

Para nosotros ha sido un agradable descubrimiento.

Menudo bofetón

Con los años he dejado de venerar esa sensación de ser el primer lector de un libro y ahora disfruto pasando por páginas que ya habían sido holladas antes, y busco incluso el rastro de esos lectores previos, que me pueda dar pistas de cuáles han sido las frases que han llamado la atención de los que me han precedido.

Recurro con frecuencia a las bibliotecas, que en Barcelona son muchas y abundantes, y me dejo aconsejar. La etiqueta “La biblioteca recomana” me ha permitido descubrir un amplio ramillete de obras que me hubieran pasado desapercibidas y ahora suele ser la primera estantería que visito. Por esos algoritmos inexplicables de las redes sociales aparecen con bastante frecuencia en mis perfiles mensajes de una editorial minoritaria como Candaya, que apunta alto y se atreve con novelas que no son fáciles, en pos de un público curtido. Empezaron, creo recordar, con una serie de ensayos sobre escritores (Bolaño, Vila-Matas, Marsé…), que contenían abundante información y proporcionaban claves para hacer relecturas de los elegidos, o sencillamente para zambullirse en ellos.

Tiempo atrás, también de Candaya, comentamos aquí un libro duro, seco como un trallazo. “Campo rojo” se llamaba, era de un escritor zaragozano que explicaba lo que parecía su infancia en los arrabales de su ciudad. El reverso de esa nostalgia ñoña de la EGB tan de moda.

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Hace una semana escasa vi recomendado en una biblioteca otro libro de Candaya, del que me había encontrado diversos mensajes en las redes sociales en los últimos meses. Un título llamativo, “Nefando”, en una cubierta impactante, con una fotografía desasosegante cuando menos. Es una novela de Mónica Ojeda, escritora ecuatoriana de treinta años que -como decía Paula Corroto en El País– protagoniza ese nuevo boom latinoamericano, en el que mandan las mujeres. Antes de salir de la biblioteca con mi ejemplar ya empecé a elucubrar qué querrían destacar las abundantes marcas que había en sus páginas, en forma de esquinas dobladas: “Para leer bien hay que leer mal”, “Hay que leer lo que no quieren que leamos”, “La poesía que verdaderamente vale la pena es la que te deja caer”, “La única diferencia es que en el cibermundo todos nos atrevemos, al menos una vez, a ser criminales, o moralmente incorrectos”… Frases rotundas acompañadas de referencias a un cómic que me fascinó: Lost Girls, de Alan Moore y Melinda Gebbie, una continuación en clave erótica de las vidas de Dorothy, Alicia y Wendy, protagonistas de El mago de Oz, Alicia en el País de las maravillas y Peter Pan, y menciones de otros libros famosos por su alta carga sexual.

Le eché un vistazo a la reseña de la contra y se anunciaba una novela diferente, que se pasea por las habitaciones de seis compañeros de piso en Barcelona: “en cada una de ellas se gestan actividades tan inquietantes como la escritura de una novela pornográfica, el deseo frustrado de autocastración o el desarrollo de diseños para la demoscene”. En los cuatro días escasos en que he devorado sus intensas 200 páginas he tenido que levantar varias veces la vista de papel, como me ha ocurrido en alguna de las películas de Michael Haneke, cuando había que desviar la mirada hacia la oscuridad de la sala para no afrontar los “fuera de campo” que invitaba a intuir la pantalla.

Nefando no es una lectura fácil. En la web de Candaya hay una amplia selección de reseñas en las que se habla de “bomba”, “potente”, “perturbadora”, “demoledora”, “vertiginosa”, “incómoda”, “exploración de los límites”… Es todo eso y es un puñetazo al lector, que se asoma al abismo y, al tiempo que se cuestiona hasta dónde piensa llegar la narradora, necesita saber en qué terminará semejante sucesión de situaciones extremas. Resulta complicado hacer una sinopsis sin desbaratar las claves de la historia. Algunos de los protagonistas, esos compañeros de piso antes mencionados, están relacionados con un videojuego de los que corren en el deepweb, y que tuvo que ser escondido a causa del material sensible que mostraba. El pasado de algunos de estos jóvenes encierra escabrosos episodios de abusos sexuales y se cuela en el texto una novela corta pornográfica, de la que se ofrecen algunos pasajes, intercalados con esas historias pasadas y presentes que van conformando este puzle, de una notable pericia estructural.

Los variados registros que muestran los personajes, las abundantes referencias literarias, la osadía a la hora de ambientar una historia tan negra en los espacios abisales del cibermundo, la intensidad del relato son algunos de los puntos fuertes de esta novela dura, exigente, oscuramente atractiva.

En una entrevista publicada ya hace unos meses, coincidiendo con la salida de la novela en 2016, la periodista reunía en la pregunta final tres términos que parecen obligatorios al hablar de libros en la actualidad: “metaliteratura”, “posmodernidad” y “autorreferencial”. Mónica Ojeda toreaba con elegancia y creo que acertaba al responder: “He intentado trabajar con esas referencias en un plano que no resulte como una piedra en el camino para el lector, sino como un disparador hacia conexiones importantes”.

Objetivo conseguido.

Hibakusha

Una historia biográfica, familiar, luctuosa, vital, japonesa, estadounidense, bélica, dura, redentora, estremecedora, edificante, pacifista, sobrecogedora, cotidiana, tristísima, inmarcesible, dolorosa, inolvidable, universal…

Una narración memorialista, sincera, rotunda, fiel, breve, documental, detallista, cercana, amena, sencilla, precisa, empática, evocadora, descriptiva, personal, eficaz, desnuda, cálida, magnética, cómplice, delicada…

Una edición valiente, arriesgada, atractiva, sencilla, elegante, sobria, ilustrada, sucinta, documentada, asequible, necesaria…

Caben cientos de adjetivos para describir este libro, una obra fundamental para entender no solo la guerra sino el comportamiento humano. Esta reivindicación de la palabra, de contar lo ocurrido para evitar caer en los mismos errores, de escuchar al prójimo, de atender a los demás, de saber más. La historia de Sachiko, superviviente de la bomba de Nagasaki, la han publicado Editorial Milenio en castellano y Pagès Editors en catalán.

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Aquí somos admiradores de la labor que hacen estos sellos, especialmente en su colección Nandibú. Libros para adolescentes, con historias que hablan de ellos (ahora o en el pasado), que les interpelan como lectores inteligentes y, sobre todo, lecturas que les hacen preguntas. El racismo en EEUU cuando empezó a resquebrajarse, las desapariciones en la dictadura argentina, la inmigración ilegal de chavales hispanos hacia el norte gringo… son algunos de los títulos que nos han encandilado.

Igual que esta historia de una niña de seis años que pasó de jugar en la calle con sus amigos y hermanos a tener que enterrarlos. Un relato elaborado por la estadounidense Caren Stelson, que un día de 2005 escuchó a Sachiko Yasui contar su historia y necesitó saber más. En una de esas charlas a chavales americanos les dijo algo que puede parecer una obviedad: “Cada palabra es valiosa”. Y añadió algo más: “Una palabra puede proteger la paz mundial”.

El relato de la historia de esta hibakusha (superviviente de la bomba) ratifica el valor de la palabra. Son ciento y pocas páginas, no hace falta más.